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La ruleta rusa del capitalismo algorítmico

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Hay periodos que no se delatan por sus gestos grandilocuentes, sino por sus trampas menudas. El nuestro, por ejemplo, eligió la inteligencia artificial como credo, fetiche y coartada para seguir acelerando sin mirar el abismo. Así estamos: festejando pactos sin obligaciones, ovacionando números rojos disfrazados de apuestas visionarias y suponiendo que una estafa piramidal aguanta para siempre si la devoción al crecimiento no flaquea, como si fuera un rito sagrado.

La IA sirve, desde luego. Pero el espejismo también. Y el capitalismo, prestidigitador de oficio, halló en ella su número final: transformar la angustia en relato de avance. Tras lo ocurrido en 2008, el sistema requería otra fábrica de prodigios, y la ubicó en los chips, los algoritmos y las notas internas que prometen el paraíso sin firmar garantía alguna. Es el viejo ardid del mago agotado: cegar al público con reflectores mientras oculta la mano que tiembla.

A la vez, el imperio estadounidense —ese veterano actor que ya olvidó su libreto, pero se niega a abandonar las tablas— apuesta a que la IA lo mantendrá a flote. Si su hegemonía se agrieta, qué mejor que una competencia tecnológica para simular que el porvenir sigue siendo propiedad suya. China, con más paciencia y menos dramatismo, teje su propio entramado internacional. Sin embargo, sería necio creer que eso nos libera de responsabilidad: el antiimperialismo no se subcontrata, tampoco a Pekín. Si la burbuja revienta, no solo quebrarán compañías; también se abrirá la puerta a los autoritarismos que aguardan entre bambalinas.

Y ahí aparece el lenguaje, viejo socio del engaño. Habitamos una era en que las palabras son hologramas. “Seguridad” permite recolectar miles de millones y obtener votos mientras se desarrollan herramientas que hasta sus creadores juzgan riesgosas. “Libertad de expresión” se esgrime para acosar a quienes denuncian los genocidios. “Democracia” se pronuncia para bendecir golpes, fraudes y demás piruetas morales. Es un lenguaje tan miope que, de poder hacerlo, tropezaría también con los muebles.




La izquierda, entretanto, cultivó una destreza envidiable: debatir sus grietas internas con el mismo ardor con que el capitalismo debate cómo acumular más. Es un don, sin duda, pero poco provechoso cuando el planeta arde. Mientras, los poderosos, los dueños del mundo y sus administradores, contemplan el giro fascista con la calma de quien mira caer la lluvia otoñal: sin asombro, sin alarma, sin remordimiento. Y las grandes mayorías hacen oídos sordos a las señales climáticas, al genocidio sistemático en Gaza y a la locura desatada de algunos gobernantes, prisioneros de la irreflexión y obediencia ciega a los que ejercen el poder (léase banalidad del mal). Esa ausencia de asombro y la indiferencia mayoritaria constituyen el auténtico escándalo. Revela que la democracia liberal y el fascismo no son rivales a muerte, sino parientes que se saludan en Navidad.

Ante semejante paisaje, la denuncia moral es un lujo que ya no nos podemos pagar. Hessel nos convocó a indignarnos. Sabato nos pidió resistir. Francisco propuso la fraternidad como respuesta. Nadie se salva solo. La historia nos enseña que la organización es el único modo de que la teoría deje de ser un ejercicio de autoayuda. Sin una estructura colectiva, la crítica se convierte en deporte de riesgo: mucha adrenalina y ningún resultado. La fragmentación identitaria, tan festejada en ciertos ambientes progresistas, equivale políticamente a acomodar los muebles mientras la casa se quema.

El capitalismo hace girar varias ruletas rusas al mismo tiempo: la deuda tecnológica, la guerra, el colapso ecológico, la fabricación de palabras. La cuestión no es si el revólver tiene balas; es quién tendrá el valor —o la sensatez— de parar el juego antes de que alguien apriete el gatillo.

No alcanza con desenmascarar el lenguaje que no ve. Hay que crear el lenguaje de la emancipación. No alcanza con diseccionar la burbuja. Hay que prepararse para que su explosión no nos reduzca a una nota al pie en un informe financiero.

 

Antonio Elizalde

 

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