
Una misma lucha en contexto de crisis: Movilizaciones estudiantiles simultáneas en Chile y Francia
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Las movilizaciones estudiantiles en Chile y Francia no son episodios aislados: son la expresión contemporánea de dos tradiciones de lucha que comparten raíces profundas y una memoria colectiva de dignidad rebelde.
En las calles de Chile y Francia los estudiantes y profesores se manifiestan casi al mismo tiempo, y no es casualidad. En ambos países, los estudiantes han vuelto a ser el termómetro de un malestar social que los gobiernos insisten en ignorar. Las movilizaciones de esta semana, con miles de personas en Santiago y cientos de liceos bloqueados en Francia, no son episodios aislados: son la expresión contemporánea de dos tradiciones de lucha que comparten raíces profundas y una memoria colectiva de dignidad rebelde.
En Chile, el detonante es el Presupuesto 2027 del gobierno de José Antonio Kast. La Confederación de Estudiantes de Chile (Confech) convocó un paro nacional bajo la consigna “Ni un peso menos para la educación”, rechazando recortes que consideran lesivos para el futuro del país. A la marcha se sumaron la CUT y el Colegio de Profesores, en lo que el presidente de la CUT calificó como “una alianza histórica”. La jornada terminó con más de 20 mil asistentes, gases lacrimógenos y 31 detenidos.
El contexto chileno es el de una crisis económica que se profundiza. El gobierno de Kast ha visto caer su aprobación a un 28%, y un 46,8% de los encuestados afirma que su situación económica empeoró en el último año. El Imacec cayó un 1% en agosto, acumulando seis meses de contracción en lo que va de 2026. La promesa de “emergencia” económica se ha convertido en estancamiento, y los estudiantes lo saben: no hay futuro sin educación pública financiada.
La tradición de lucha estudiantil chilena no nació ayer. Desde las protestas contra la dictadura en los años 80, pasando por la “Revolución Pingüina” de 2006 y las masivas movilizaciones de 2011, el movimiento estudiantil ha sido protagonista de cada ciclo de cambio político. Esa memoria está viva: los jóvenes que hoy marchan saben que sus antecesores conquistaron la gratuidad y que ningún gobierno, por autoritario que se pretenda, puede borrar esa herencia sin resistencia.
En Francia, el escenario es igualmente explosivo. Las protestas comenzaron en la región de París por la falta de profesores y las condiciones precarias de los centros, pero se extendieron a todo el país en una semana. Los estudiantes exigen mejoras educativas, reversión del recorte de becas y el fin de la supresión de puestos universitarios. El gobierno de E. Macron y del Primer ministro Sébastien Lecornu ha calificado las protestas como “violencia urbana” y ha desplegado una célula de crisis.
El contexto francés es el de un otoño social extremadamente complicado, atravesado por una campaña presidencial de altísima tensión. Lecornu pretende recortar 54.000 millones de euros en el presupuesto, en un clima de precampaña electoral y con el fantasma de los “chalecos amarillos” rondando de nuevo. La crisis energética ha disparado el precio del diésel, y la paciencia ciudadana se agota. El Banco de Francia ha rebajado sus previsiones de crecimiento, y la inestabilidad política se acumula desde la caída del gobierno de Bayrou.
Pero hay un elemento que ha incendiado aún más el ambiente: las revelaciones de Mediapart sobre el presidente del Rassemblement National, Jordan Bardella, el delfín de Marine Le Pen. El medio de investigación publicó mensajes antisemitas que Bardella habría escrito en 2013, cuando tenía 17 años, en los que afirmaba que “todos los bancos son propiedad de los judíos” y que estos quieren “dominar a los demás pueblos, aplastarlos y robarles”. Escritos que recuerdan los orígenes pro nazi del RN y revelan que su campaña de apoyo a Israel se inscribe en el apoyo a la extrema derecha que gobierna con Netanyahu. Episodio que revuelve el pasado francés y obliga a posicionarse políticamente a las fuerzas políticas ante el antisemitismo y la islamofobia, temas centrales de la política francesa actual.
Mediapart no solo publicó capturas de pantalla: autentificó los mensajes exportando datos personales de Messenger ante notario, confirmando que las conversaciones no habían sido modificadas desde 2013. Bardella denunció un intento de “asesinato político” y habló de “las premisas de una guerra total” contra su partido, mientras Le Pen amenazó “a los periodistas diciendo que “usaran chaleco antibalas”, lo que Mediapart calificó como “violencia terrible”. La campaña presidencial francesa, que tenía a Le Pen como favorita en todas las encuestas, ha entrado en una espiral de acusaciones cruzadas, ofensiva mediática de la derecha contra Mediapart —al que acusan de militancia izquierdista — y demandas por difamación que podrían reconfigurar el tablero electoral de la primavera 2027. Dirigentes políticos, diputados y alcaldes del partido LFI —cuyo candidato Jean-Luc Mélenchon es el rival de izquierda de Le Pen — han participado activamente en las manifestaciones provocando las críticas del Gobierno de Macron y de las derechas.
La tradición de lucha francesa es igualmente robusta. Desde Mayo del 68, cuando los liceanos se sumaron masivamente a las barricadas estudiantiles, el movimiento liceano ha sido una fuerza social recurrente. Cada generación ha aprendido que la calle es un espacio de disputa legítimo, y que los bloqueos de liceos son una herramienta de presión que ha doblegado gobiernos. No es romanticismo: es una práctica política sedimentada durante décadas.
Las similitudes entre ambas tradiciones son evidentes. En Chile y Francia, el movimiento estudiantil ha sido históricamente un actor de vanguardia: anticipa crisis, articula alianzas con sindicatos y organizaciones sociales, y obliga a los gobiernos a redefinir prioridades. En ambos casos, la educación pública aparece como el campo de batalla donde se dirime el modelo de sociedad. Y en ambos, la respuesta estatal ha sido la misma: criminalizar la protesta y desplegar la fuerza.
Lo que ocurre en Santiago y en París no son fenómenos separados. Son dos expresiones de una misma crisis y de antagonismo similares: la del modelo neoliberal que ha mercantilizado la educación y precarizado el futuro de las nuevas generaciones. Las tradiciones de lucha chilena y francesa se reconocen mutuamente porque hablan el mismo idioma: el de la dignidad. Y mientras los gobiernos sigan respondiendo con gases lacrimógenos, demandas por difamación y amenazas veladas a la prensa, la tensión social seguirá acumulándose en las calles de ambos países.
Leopoldo Lavín Mujica
