
El contrato social de la Ilustración ya no sirve: hay que refundar la política con la Tierra y las máquinas dentro
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Durante tres siglos nos contaron una ficción conveniente: que la política era un asunto exclusivamente humano, que la naturaleza era un recurso y que las máquinas eran herramientas dóciles. Ese relato funcionó mientras el mundo parecía estable, predecible y antropocéntrico. Hoy es una ficción peligrosa: pretender gobernar el siglo XXI con ese pacto es como querer detener un huracán con un paraguas. No es que el viejo contrato haya fallado: es que el mundo cambió de forma irreversible y quienes se aferran a él defienden privilegios, no realidades.
Tres voces que probablemente nunca se escucharán juntas —el Papa León XIV, el Tribunal Internacional de Derechos de la Naturaleza y el físico José Ignacio Latorre— coinciden en lo esencial. Y dos filósofos, Michel Serres y Bruno Latour, llevan décadas gritándolo: el contrato social moderno está agotado. No es una discusión académica. Es una disputa por quién manda, quién queda fuera y quién paga la factura.
La dignidad humana ya no basta para sostener el pacto. La encíclica Magnifica humanitas parece hablar de inteligencia artificial, pero es un alegato político contra la reducción de la vida humana a un algoritmo de eficiencia. León XIV no habla como teólogo: habla como quien ve que la lógica del mercado quiere convertirnos en piezas reemplazables de una maquinaria global. Su advertencia es brutal: si la tecnología no sirve a la persona, la persona acabará sirviendo a la tecnología. La dignidad humana no es un adorno moral: es un campo de batalla político. Quien no lo entienda ya está entregando la soberanía.
La Tierra exige entrar en la conversación. El Tribunal Internacional de Derechos de la Naturaleza no dicta sentencias decorativas: acusa a un modelo civilizatorio que ha tratado al planeta como botín de guerra. Cuando declara ecocidio en Chile, Argentina o Brasil, o alerta sobre millones de especies en peligro, no hace activismo: afirma que la naturaleza ya no es objeto, sino sujeto político que exige reparación. Michel Serres lo vio antes que nadie: la Tierra dejó de ser escenario y se convirtió en actor. Su “Contrato Natural” no es una metáfora ecológica: es una propuesta radical. No se trata de proteger a la Tierra desde fuera; se trata de negociar con ella como contraparte política. Quien siga creyendo que la Tierra es solo un recurso no está gobernando: está saqueando y nos conduce a la extinción como especie.
Las máquinas ya no son herramientas: son interlocutores. José Ignacio Latorre no escribe ciencia ficción: escribe de política y ética. Su tesis es incómoda pero inevitable: las inteligencias artificiales deben entrar al nuevo contrato social. No porque sientan o piensen como nosotros, sino porque ya participan en decisiones que afectan vidas humanas. Bruno Latour lo anticipó: vivimos en una cosmopolítica donde humanos y no humanos —ríos, virus, satélites, algoritmos— forman redes de agencia que ningún parlamento tradicional puede representar. Latour no nos pide amar a Gaia; pide reconocerla como parte del juego político. Y quien niega esa realidad no la elimina: solo la deja en manos de corporaciones y tecnócratas.
Tres diagnósticos, un mismo terremoto. Lo que une a estas voces no es una ideología, sino una constatación: el contrato social moderno se construyó sobre una ficción, que solo los humanos importan. Esa ficción ya no sostiene nada. La Tierra responde. Las máquinas actúan. Y nosotros seguimos discutiendo como si viviéramos en 1789. La encíclica denuncia la subordinación de la vida humana a la economía. El Tribunal denuncia la subordinación de la Tierra al extractivismo. Latorre denuncia la subordinación de la política a la ingenuidad tecnológica. Serres denuncia la arrogancia de creer que la Tierra nos pertenece. Latour denuncia la ceguera de separar naturaleza y sociedad. Es la misma crítica en lenguajes distintos. Y es también la misma exigencia: ampliar la política o aceptar que la política se vuelva irrelevante.
El nuevo contrato social será ampliado o no será. La pregunta ya no es si lo necesitamos. La pregunta es quiénes deben firmarlo. La respuesta, aunque incomode, es clara: humanos, naturaleza y máquinas. No por romanticismo ecológico ni por entusiasmo tecnológico, sino porque la realidad ya funciona así. La política del siglo XXI no puede ser la administración de unos pocos humanos sobre el resto: debe ser negociación entre especies, sistemas y entidades que comparten un planeta finito. La dignidad humana seguirá siendo el centro, pero ya no será el único eje. La Tierra exigirá obligaciones. Las máquinas exigirán límites. Y nosotros exigiremos que la política vuelva a ser algo más que un trámite entre élites desconectadas.
El viejo contrato social nos dio ciudadanía. El nuevo deberá darnos coexistencia. Si no lo hacemos, no habrá contrato que nos salve: habrá ruina, tecnocracia o ambas. La disyuntiva no es cómoda, pero es real. O refundamos la política con la Tierra y las máquinas dentro, o el viejo contrato nos entierra con él.
Antonio Elizalde
