
¿Para qué sirve el presupuesto?
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La inmensa mayoría de los gobiernos de los países desarrollados o en desarrollo presentan anualmente a sus ciudadanos un pre-supuesto para que presida los ingresos y gastos que se supone, previsiblemente, tendrán lugar en el año más cercano.
Ese presupuesto es una herramienta de política económica que tiene que usarse, como cualquier otra herramienta, de acuerdo con el objetivo que se quiere lograr con su uso. Y ese objetivo no es el mismo en todo tiempo y lugar. Las condiciones por las que atraviese un país y el objetivo que se persiga determinan las herramientas que se desplieguen para alcanzarlo, así como las características y la forma concreta en que se usará la herramienta elegida.
Así, por ejemplo, hay circunstancias en que la economía está atravesando por una situación de crisis o de deterioro de sus tasas de crecimiento —y se visualiza que es enteramente posible y deseable crecer a una tasa más elevada—, todo lo cual hace aconsejable una política fiscal reactivadora que incremente el gasto y la demanda. Por el contrario, hay circunstancias en que la economía está funcionando en niveles muy cercanos a sus posibilidades máximas socialmente aceptables, en términos de producción y de inflación, en las cuales puede ser conveniente una política fiscal y monetaria menos expansiva.
O bien hay momentos en que la política fiscal está encaminada a conseguir una mejor distribución de la riqueza y del ingreso en el contexto de esa sociedad. El presupuesto tiene, por lo tanto, que estar orientado a incrementar los aportes de los sectores más ricos y a canalizarlos hacia los sectores sociales más necesitados.
Hay otros objetivos que se pueden perseguir, como aumentar las exportaciones, disminuir el desempleo, generar condiciones para abrir paso a un nuevo modelo de desarrollo o generar infraestructura energética para abastecer al país, entre varios otros que sería largo abordar en el contexto de un artículo de prensa.
En cualquier caso, el pre-supuesto es siempre una suposición sobre lo que sucederá en el futuro cercano. No es posible una lectura absolutamente certera, pues el futuro no es previsible, ni en la economía ni en la vida de nadie.
Todo lo anterior es relevante para analizar el pre-supuesto que el gobierno ha presentado recientemente ante el parlamento como guía rectora de los ingresos y los gastos que llevará adelante en el año 2027. Dado que la economía está claramente en declive —medida por el PIB y por el IMACEC—, se esperaría un pre-supuesto reactivador. Pero no es así. En el mejor de los casos, la demanda y el gasto gubernamental aumentarían en promedio un 1,5 %, lo cual es absolutamente insuficiente como para dar origen a un salto hacia adelante en el PIB.
Aumentar el empleo tampoco parece ser un objetivo del presupuesto presentado. Si bien aumenta el gasto posible del Ministerio de Obras Públicas, se rebajan los fondos disponibles de las gobernaciones regionales y de múltiples otras dependencias estatales, con lo cual la inversión y el empleo se verán afectados.
En materia de concentración del ingreso, los menores fondos disponibles para varios programas de salud y la reducción de ingresos para las universidades públicas y los liceos bicentenario generarán mayores espacios para la mercantilización y la privatización de esos servicios, con las consiguientes ganancias de los más ricos y los mayores costos para los sectores más necesitados. Además, se supone que en el 2027 entrará en vigencia la ley que rebaja impuestos a las grandes empresas.
En síntesis, ¿qué objetivos se persiguen con la presentación realizada de la herramienta presupuestaria? Desgraciadamente, todo parece indicar que no se persigue nada bueno.
Sergio Arancibia
