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Tironi, el superviviente del ajuste perpetuo o la crónica de un bufón sin reino

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Eugenio Tironi pertenece a esa estirpe de la supervivencia mediática al que se ha querido pintar como un intelectual orgánico, un sociólogo de fuste o el demiurgo de la modernización capitalista con sotana progresista.

 

Hay personajes en la política reciente de Chile que no se explican por sus ideas, sino por su talento gravitacional. No construyen puentes; los cruzan justo antes de que los dinamiten y, de algún modo, siempre caen de pie sobre la alfombra más cara del poder. Eugenio Tironi pertenece a esa estirpe de la supervivencia mediática. No es un estratega en el sentido clásico de quien anticipa el porvenir, sino un veleta sofisticado que confunde la conveniencia con la clarividencia. Se le ha querido pintar como un intelectual orgánico, un sociólogo de fuste o el demiurgo de la modernización capitalista con sotana progresista. La verdad, sin embargo, es más prosaica y provinciana: Tironi es el perfecto cortesano de una democracia tutelada, el hombre que nunca le ha achuntado a un pronóstico estructural, pero que siempre ha cobrado la entrada a la función.

Su biografía política arranca en un malentendido de cuna. A fines de los años sesenta, proveniente de una familia de estirpe democratacristiana, se subió al carro de la izquierda casi por inercia generacional, siguiendo el cómodo y predecible comportamiento de manada de las capas medias acomodadas que querían coquetear con la revolución sin perder el apellido. Durante la dictadura militar, su paso por la dirección clandestina del MAPU estuvo marcado por el sectarismo de sobremesa: se dedicó a viajar por el país, expulsando a la dirección exterior bajo el latiguillo de «reformistas», un ejercicio de purismo verbal que encubría la incapacidad de leer el drama real que vivían los chilenos bajo la bota forrada. La épica revolucionaria de Tironi siempre fue de baja intensidad y alta retórica.




La gran impostura del NO y el falso adiós a la transición

Concluida la noche oscura, Tironi protagonizó una de las operaciones de prestidigitación simbólica más eficaces de la transición: se autoerigió como la figura central y casi monocrática de la campaña comunicacional del NO, un mito que él mismo se encargó de esculpir en sus memorias y columnas, desvaneciendo el esfuerzo coral de miles de anónimos que hicieron posible esa hazaña cívica.

Pero el olfato del sociólogo ya apuntaba hacia otro norte. A fines de los años ochenta, en la intimidad de sus confianzas, había confesado sin rubor su viraje hacia «ideas conservadoras». Ya no le seducía la transformación social; le seducía el orden, la tecnocracia y la comodidad de los despachos alfombrados.

Instalado en la Secretaría de Comunicación y Cultura del gobierno de Patricio Aylwin a comienzos de los noventa, cuando el país aún respiraba el plomo y el miedo de la dictadura y la figura de Pinochet operaba como una sombra ominosa en el Ejército, Tironi lanzó una de sus mayores extravagancias analíticas: declaró públicamente que «la transición se había acabado». Era una falsedad a todas luces, un despropósito político que intentaba clausurar los dolores abiertos para complacer a los poderes fácticos. Años más tarde, con la desfachatez que da la impunidad mediática, reconoció que lo dijo simplemente para salir de un momento difícil de ese gobierno. Es decir: el diagnóstico político como mero recurso de relaciones públicas.

La derrota cultural y el asalto al palacio

La consecuencia de esa miopía ideológica estalló a fuego lento. Tironi fue uno de los arquitectos principales del relato autocomplaciente de la Concertación, conduciendo al bloque oficialista a una debacle comunicacional e ideológica que se cristalizó trágicamente en 2009. Su visión elitista de la política, en la que los ciudadanos eran meros consumidores a los que había que administrar mediante focus groups y marketing publicitario, divorció a la centroizquierda de la calle. Junto a Esteban Valenzuela, retratamos con precisión quirúrgica aquel fracaso en una columna publicada en El Mostrador bajo un título lapidario: «Tironi y la jubilación del tiempo del orden».

Sin embargo, en el universo de la élite chilena, el fracaso intelectual no se castiga; se premia con tribunas dominicales. Pese a errar sistemáticamente en cada diagnóstico histórico, Tironi siempre se las arregló —con la complicidad entusiasta de los medios conservadores que lo adulan porque valida su statu quo— para mantenerse en el centro de la escena.

Tras descalificar con desdén a la generación emergente que más tarde constituiría el Frente Amplio, el camaleónico sociólogo protagonizó su voltereta más audaz: se convirtió en el «orejero» áulico de Gabriel Boric durante su tránsito hacia la moderación presidencial. Al punto de que el propio mandatario, en un gesto que retrata la desorientación ideológica de su administración, presentó hace poco su último libro, donde Tironi vuelve a machacar sobre sus incombustibles ideas conservadoras, esas mismas que predominan en el ADN del establishment chileno. El problema, desde luego, ya no es de Tironi —que hace rato mercantilizó su biografía—, sino de un liderazgo político que busca profundidad en las arenas movedizas del oportunismo.

Epílogo: el negocio de la carroza

Visto en perspectiva, Eugenio Tironi se parece mucho más a un bufón de la corte que a un pensador político. Su función no es iluminar los dilemas de la república, sino entretener a los poderosos con la coartada de la modernidad y asegurar que el relato oficial beneficie a los dueños de siempre. En las últimas tres décadas, su único propósito ha sido promocionarse a sí mismo en el único giro que realmente le importa: su propio negocio. Pretender hoy que Tironi forma parte de la ola neoconservadora que supuestamente sacude a la izquierda chilena es un error conceptual de proporciones. Tironi nunca fue de izquierda; fue, simplemente, un pasajero de primera clase que se subió al tren de la historia cuando convenía, se bajó cuando asomó el peligro y hoy cobra peaje en la aduana del conservadurismo mediático, riéndose desde la atalaya de cristal de un país que insiste en aplaudir al bufón que lo condujo al precipicio.

 

Edison Ortiz

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