
¿Quién nos salva?
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Si usted expresa en forma reiterada obscenidades o palabras mal sonantes, sufre de coprolalia. Si lo acusan de ser un rabioso amante del lenguaje escatológico u obsceno, manifestará que, como observador imparcial, se ha convertido en una persona que no puede medir sus groseras expresiones y dichos populares. Que la caótica situación del país, unida a la desenfrenada corrupción, lo ha convertido en un sujeto amargado, entonces utiliza palabrotas. A calzón quitado. Que no quisiera herir a nadie, mientras opina, aunque alegue ser un defensor de la libertad de expresión. Como vivió parte de su juventud en dictadura, conoce al dedillo, lo que, en aquella nefanda época se podía expresar. Bueno, ahora puede decir lo que se le ocurra y despotricar, aunque nadie le haga caso. Sus rabietas lingüísticas, quizá a nadie interese, en un país donde la soledad se ha convertido en rectora de nuestra vida. Ser malhablado, entonces, debería ser un atributo, que convirtieron en arte, novelistas chilenos de la talla de Nicomedes Guzmán y Armando Méndez Carrasco. Ambos escritores, en sus visiones de la vida miserable del conventillo, se atrevieron a rescatar el lenguaje popular.
Usted, alegará entonces, que la incursión en la literatura, ajena a las buenas costumbres, se ha actualizado, aunque no sirva ni para conmover a nadie. Ni a quien le da de comer a las palomas. ¿Ingenuidad acaso? ¿Sabiduría popular? ¿Arte del escabullimiento? Si no lo cree, instálese en la plaza de su pueblo o ciudad y comience a insultar a los transeúntes. Despotrique hasta quedar ronco. Acuse de sinvergüenza desde el alcalde hasta el peluquero que mes a mes le corta la barba. Anímese en su afán de ser una persona libre. Quizá, alguien llame a los carabineros, aduciendo que usted está gagá o falluto y merece ser encerrado en el hospicio. Entonces, ¿de qué le vale la libertad de expresión, defendida por los filósofos de la antigua Grecia? Nada ha servido de nada, en medio de los actuales fuegos de artificio. Ahora, manifestará usted, que en aquella época se valoraba el pensamiento crítico. Siglos después, en el concilio de Trento, se discutió durante dos años el sexo de los ángeles. ¿O no lo sabía? Tarea por lo demás, plagada de trampas. Claro, y se llegó a la conclusión salomónica, que eran asexuados. ¿Y cuál sería el sexo de nuestros actuales angelitos que nos gobiernan? Lo ignoro y prefiero ubicarme en esa categoría.
Al final, sea usted un patipelado, gagá o un vendedor del elixir de la vida, nadie creerá en sus proezas lingüísticas, ni vaticinios. Entonces, en el colmo de su ingenuidad, alegará, que lo despojaron de su jubilación y la convirtieron en migajas. ¿O la volatilizaron en un pase de magia negra? Entonces, lo invito a meditar sobre el futuro de Chile, donde estamos involucrados y evitar, gemir sobre la leche derramada. Ejercicio, por lo demás necesario, mientras el agua nos llega hasta el cuello.
Ahora, si usted no puede expresarse utilizando un lenguaje ajustado a las buenas costumbres, debe recurrir a la coprolalia. Opinar sobre lo que jamás se atrevería a decir. Lanzar improperios a diestra y siniestra, como si fuese un ejercicio de saneamiento espiritual. Insultar en la calle a quien sea. Escribir grafitis donde se le ocurra, destinados a expresar su ira. Nada de remilgos en una época de saqueos a rajatabla. ¿O le encontraron cara de idiota? Bien se podría morder la lengua en este afán sanatorio. Atrévase a ser un héroe en la guerra de insultos a granel. ¿O juzga tener miedo en época de desencantos? Si no actúa ahora, mañana puede ser despojado de sus ahorros en el banco. ¿A dónde ir a reclamar en tiempos hostiles? Basta de llanteríos, queridos feligreses. Se lo advertimos.
Walter Garib
