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Kast, el gobierno del orden que desordena el Estado

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En siete meses, una ultraderecha que prometió mano firme acumula ministros caídos, versiones contradictorias y decretos que liberan a abusadores de niños. El desorden no es un accidente: es su manera de gobernar.

El viernes 30 de octubre, el Presidente José Antonio Kast aceptó la renuncia del subsecretario de Justicia, Luis Silva. En un video no autorizado, Silva atribuyó sus firmas al criterio del ministro Fernando Rabat. Fue el último episodio de la crisis por los decretos que rebajaron penas a 56 abusadores de niños, revelados por el medio digital Interferencia, y también a un narcotraficante italiano y a un homicida neonazi. El gobierno que prometió orden exhibe su contrario.

La promesa tenía historia. Desde el «peso de la noche» de Diego Portales hasta la dictadura de Pinochet, la derecha chilena ha hecho del orden su bandera y su coartada. Kast asumió el 11 de marzo de 2026 anunciando un «gobierno de emergencia» contra el delito y el caos. Siete meses después, el caos está dentro de La Moneda.

El inventario es largo. En mayo, Kast removió a la ministra de Seguridad, Trinidad Steinert, y a la vocera, Mara Sedini: el ajuste de gabinete más rápido desde 1990. En septiembre, el ministro de Defensa, Fernando Barros, abrió un flanco con Argentina al opinar sobre las Malvinas en vísperas de la interpelación del canciller. Y el presidente republicano, Arturo Squella, usó a Paul Schäfer contra un exministro de su propio sector.




La política exterior, que fue por décadas política de Estado, tampoco escapa al desorden. El 28 de octubre, por primera vez en 33 años, Chile se abstuvo en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ante la resolución que condena el embargo estadounidense a Cuba. Todos los gobiernos desde Aylwin, incluidos los de Piñera, la habían apoyado. Kast rompe así un consenso de Estado para acercarse a Washington.

No es falta de oficio, como repite la prensa capitalina. Es coherencia. Una ultraderecha que desconfía del Estado lo gobierna como un estorbo: ordenó recortar un 3% el presupuesto de todos los ministerios, armó un gabinete de origen empresarial y proclama, por boca de Kast, que «el empleo no lo crea el Estado». Quien desprecia la institución no sabe conducirla.

Por eso confunde orden con mando. Ante cada falla, la respuesta es disciplina: callar a los ministros, sacrificar al subsecretario y blindar al ministro que fijó el criterio. «Esto no es un regimiento», tuvo que aclarar el vocero Gonzalo Arenas. Pero el orden democrático no es obediencia: es coordinación, deliberación y rendición de cuentas, justo lo que este gobierno no practica.

El desorden no se queda en los pasillos de La Moneda. Según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), el desempleo llegó a 9,8% entre julio y septiembre, 1,3 puntos más que un año antes, y a 10,4% en la Región Metropolitana. El 29 de octubre, los camioneros paralizaron San Antonio por el alza del diésel. Ante el Encuentro Nacional de la Empresa (Enade), Kast se limitó a pedir: «Contraten».

El gobierno responde con sus cifras: rebaja de impuestos, permisos agilizados y un «Chile está de vuelta» proclamado en la ONU. Pero la ciudadanía no lo compra: según Cadem, la aprobación de Kast cayó de 57% a 29%, y el 64% rechaza que mantenga a Rabat. Hasta sus aliados toman distancia. «El problema ahora ya es del Presidente», advirtió Evelyn Matthei.

El desorden es, así, una forma de gobernar. Una ultraderecha que concibe el Estado como obstáculo termina usándolo como trinchera: se escuda en la letra de la ley, castiga al subordinado y culpa al Congreso, a los jueces o al gobierno anterior. Prometió restaurar el orden; lo que restaura es la vieja idea de que el poder no rinde cuentas.

 

Leopoldo Lavín Mujica

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