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Por la boca muere el pez

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En la economía no solo importa lo que está sucediendo día a día, es decir, los datos duros sobre el presente, sino que también importan mucho las visiones o expectativas que se tengan sobre los meses y años venideros. La explicación es muy simple: las decisiones que se toman hoy en día sobre consumo, inversión, exportaciones, importaciones, créditos, etc., están altamente determinadas por la visión que se tenga sobre lo que va a pasar con la economía en el futuro cercano e incluso en el futuro lejano. Esto sucede aun cuando las visiones sobre el porvenir sean o no acertadas; eso no se sabe sino hasta cuando ese futuro llega.

Así puede suceder, por ejemplo, si el gobierno declara a viva voz que para el próximo año el presupuesto de la nación va a descender en 6 mil millones de dólares. Si los empresarios y los consumidores creen aquello —y más aún si lo dice nada menos que el presidente de la República—, entonces nadie se apresura a invertir, pues se asume que mucho de lo que se produzca no tendrá mercado, no se podrá vender, habrá una baja de la demanda, tanto pública como privada – y, por lo tanto, cualquier aumento de producción es, casi suicida. Si se dice que se va a reducir el gasto público, eso es una invitación a que todo el que pretendía invertir dé un paso atrás, o se mantenga a la espera para ver cómo se dan la cosas.

Lo mismo sucede si se publica que todo el gasto público, en lo que resta del año en curso, se verá reducido por orden ejecutiva en un 3 %, o si se dice que la economía chilena es un solo y gran desastre. Nadie quiere invertir en una economía desastrosa, ni los eventuales inversionistas nacionales ni los extranjeros. Unos y otros tienen cientos de oportunidades en el mercado financiero internacional como para hacer colocaciones que les parezcan prometedoras o exitosas.

Pero la difusión de impresiones negativas sobre el presente o el porvenir del país no solo detiene los eventos positivos que pudieran estar en proceso, por otras causales, sino que potencian la presencia de los eventos negativos que esas declaraciones catastrofistas pregonan. Si se dice que la inversión va a descender, los empresarios dejan efectivamente de invertir y lo que era una posibilidad se convierte en una realidad. Se genera lo que se denomina una profecía autocumplida.

Ese tipo de profecía catastrofista es la que ha inducido —junto a otras variables— a que la producción se visualice creciendo el año 2026 en un nivel próximo al 0 %, que la inflación sea cercana al 5 % y la desocupación esté en un 9,8 %. Ese rosario de eventos negativos no se produce por una maldición divina ni por un imperio de la naturaleza, sino que es, en no pequeña medida, la consecuencia de lo que los gobernantes han dicho y han hecho a lo largo de su mandato. Es de esperar que para el año que viene el discurso oficial incluya un poco más de optimismo —de un optimismo creíble— porque en economía, lo que se dice pasa a tener una existencia y una consistencia de cosa dura y a ser una variable determinante de lo que sucederá en el futuro cercano.  Por ello, hay que ser muy cuidadoso con lo que se dice, sobre todo cuando se tienen responsabilidades gubernamentales.

 

Sergio Arancibia

 

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