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Reconfiguración chicago-gremialista en Chile (Kast es más de lo mismo)

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El nuevo gobierno de José Antonio Kast ha asumido el 11 de marzo en Chile, inaugurando un escenario que sugiere la reconfiguración de un orden sustentado en matrices ideológicas de raigambre chicago-gremialista. Dicho orden se articula en torno a la noción de “gobierno de emergencia” como condiciones para la expansión económica, acompañadas de una disminución impositiva orientada hacia los grandes conglomerados empresariales, bajo el supuesto de que ello dinamiza la generación de empleo.

No obstante, para viabilizar este horizonte de crecimiento, el gobierno ha propuesto un ajuste fiscal del 3%, cuyo correlato implica una contracción significativa en áreas estructurales como educación, vivienda y salud, ámbitos que constituyen pilares del entramado social chileno. Este lineamiento no resulta inesperado si se considera que la actual administración ha esgrimido la tesis de un “gobierno de emergencia”, categoría de contornos difusos, en tanto la noción de emergencia se desplaza entre problemáticas migratorias, seguridad y económicas, sin una delimitación analítica precisa.

En consecuencia, se advierte una carencia de proyecto articulado, donde el crecimiento económico se concibe primordialmente desde la lógica del ajuste fiscal, sin una estrategia explícita de industrialización, noción que permanece prácticamente ausente. Este enfoque torna altamente probable la emergencia de conflictividad social, en la medida en que se privilegia la ampliación de utilidades empresariales, la reducción de beneficios sociales y la minimización de regulaciones, particularmente en materia medioambiental. Tal orientación da cuenta de una derecha que, con el transcurso del tiempo, ha consolidado una impronta doctrinaria de carácter ortodoxo en su concepción de la economía.

Otro elemento susceptible de generar desafección en su electorado refiere al tratamiento de la cuestión migratoria. Durante la campaña, Kast sostuvo que expulsaría a 300.000 inmigrantes, algo que posteriormente ha sido relativizado en espacios mediáticos como el programa de Don Francisco. En ese mismo programa ni siquiera pudo defender su tesis de campaña: “Chile se cae a pedazos”. A ello se suma el gesto del alcalde de Renovación Nacional, Mario Desbordes, quien otorgó simbólicamente las llaves de la ciudad de Santiago a María Corina Machado, figura cuya legitimidad internacional ha sido objeto de controversia, especialmente en contraste con el reconocimiento otorgado por Donald Trump a la actual “presidenta” de Venezuela, Delcy Rodríguez.




De este modo, se articula una disonancia entre la retórica programática de campaña y la ejecución gubernamental efectiva, lo cual intensifica la incertidumbre y sitúa al poder ejecutivo como un eventual vector de desestabilización sistémica. La orientación adoptada por José Antonio Kast podría, en consecuencia, tensionar internamente la coherencia de su propio proyecto político, en parte debido a la existencia de un electorado que respaldó su candidatura bajo la expectativa de medidas drásticas en materia migratoria, expectativas que, hasta ahora, no han sido satisfechas. Aunque el período en el gobierno ha sido acotado, propuestas de la “zanja” en el Norte resultan insuficientes frente a la demanda de quienes aspiran a la expulsión de migrantes ya residentes en Chile, generándose así una brecha entre expectativas y resultados. En este contexto, se abre una bifurcación posible en el comportamiento de dicho electorado, ya sea mediante una radicalización que derive en el apoyo a figuras más extremas como Johannes Kaiser, o bien a través de una desafección política que los reubique en posiciones opositoras al propio Kast. Este escenario debe ser considerado analíticamente, sobre todo si se atiende a la posibilidad de que el discurso gubernamental, al sobredimensionar una supuesta situación de crisis inexistente en el país, incurra en un diagnóstico erróneo cuyas consecuencias podrían traducirse en efectos profundamente disruptivos para la estabilidad institucional.

Por último, creo que es importante desmontar el extendido imaginario del apoliticismo en el sentido común en Chile. Esto es algo insostenible a estas alturas. Se ha tendido a suponer la existencia de actores neutrales o desvinculados de la política, particularmente en sectores de derecha que se autodefinen como independientes. Sin embargo, dicha neutralidad constituye más bien una construcción ideológica. Durante la dictadura encabezada por Augusto Pinochet, se desplegó una retórica contraria a la “politiquería”, pese a que el propio régimen ejercía una praxis política sistemática.

En la actualidad, esta lógica se reproduce en el ámbito empresarial, donde la presidenta de la Confederación de la Producción y del Comercio, Susana Jiménez, ha propuesto eliminar los feriados irrenunciables bajo el argumento de que estos obstaculizan la inversión y el emprendimiento, planteamiento que, lejos de constituir una formulación neutra, se inscribe en una racionalidad política específica. En efecto, en más de una ocasión la propia Confederación ha calificado como ideológicas aquellas iniciativas que contravienen sus intereses, lo que revela una operación discursiva asimétrica, dado que, al emitir declaraciones como las de su actual presidenta, no solo interviene en el espacio público, sino que despliega una praxis eminentemente política y vehiculiza una matriz ideológica definida, asociable a una tradición chicago-gremialista y a posicionamientos de derecha. En consecuencia, la autodefinición de estos actores como apolíticos o independientes no resiste un análisis riguroso, pues encubre una toma de posición normativa que, en rigor, constituye una afirmación ideológica explícita.

Soy consciente de que no formulo nada particularmente novedoso; sin embargo, estimo que, al menos en el plano de la opinión pública, se vuelve imperativo deconstruir el mito del apoliticismo, toda vez que ni los medios de comunicación, ni las corporaciones empresariales, ni las organizaciones gremiales operan desde una supuesta exterioridad ideológica, participando activamente en la configuración del campo político. Desde esta perspectiva, se vislumbran vectores que podrían articular una ofensiva significativa, entre los cuales destaca, en primer término, la concentración de los medios de comunicación, entendida como un nicho estratégico susceptible de ser problematizado y eventualmente capitalizado por la izquierda como eje de interpelación pública; en segundo lugar, la defensa de los derechos sociales conquistados, frente a intentos de regresión que amenazan con erosionarlos; en tercer término, la disputa por los símbolos nacionales, particularmente la bandera, cuyo progresivo abandono por parte de la izquierda ha facilitado su apropiación por sectores de derecha, pese a su alto poder de identificación, especialmente en contextos regionales; y, finalmente, la problematización de los dispositivos intelectuales y actores que operan tras el proyecto político de José Antonio Kast, incluyendo figuras como Cristian Valenzuela (segundo piso en La Moneda), así como centros de pensamiento, redes mediáticas y agentes comunicacionales que contribuyen a la elaboración y difusión de su matriz ideológica, fuertemente anclada en una tradición gremialista que busca reactivar los aspectos más doctrinarios del legado de Jaime Guzmán.

 

Fabián Bustamante Olguín.

Académico del Departamento de Teología, Universidad Católica del Norte, Coquimbo.



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Fabián Bustamante Olguín

Doctor en Sociología, Universidad Alberto Hurtado Magíster en Historia, Universidad de Santiago Académico Asistente del Instituto Ciencias Religiosas y Filosofía Universidad Católica del Norte, Sede Coquimbo

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