
Boric y Vallejo en la Cumbre Progresista: El ocaso de los exlíderes estudiantiles
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Con sabor amargo. La cumbre progresista de Barcelona dejó una imagen nítida, casi incómoda: los protagonistas fueron presidentes en ejercicio, con poder real, con aparato estatal, con capacidad de decisión. Allí estaban quienes hoy gobiernan —y, por tanto, pueden transformar—, no quienes ya pasaron por el poder sin alterar de manera sustantiva las estructuras que ahora critican.
En ese contraste, la figura de Gabriel Boric apareció inevitablemente desplazada. Ajada pese a su juventud. Por irrelevancia y por estatuto. Tampoco como actor decisor, sino solo como comentarista de un ciclo que él mismo y su gobierno de coalición (FA, PS, PPD, PC) protagonizaron. Y eso cambia todo. Porque cuando se habla de democracia, de política de medios, de desafección ciudadana y de poder, la pregunta no es solo qué se dice, sino qué se hizo cuando se podía hacer.
Chile es, en este punto, un caso especialmente elocuente. Durante el gobierno de Gabriel Boric existió una oportunidad —quizás la más clara en décadas— para intervenir el sistema mediático: abrirlo, diversificarlo, limitar su concentración histórica. No era una tarea sencilla, pero sí políticamente habilitada. Había legitimidad de origen, respaldo social inicial y un diagnóstico compartido sobre el peso de los grandes conglomerados en la formación de la opinión pública.
Sin embargo, esa política nunca llegó. Así, en la Cumbre Progresista, mientras Boric pontificaba sobre la necesidad de la unidad de los progresistas en tiempos convulsos, Vallejo daba cátedra sobre la desinformación.
Sin embargo, cuando tuvieron el poder, no hubo ni voluntad ni una estrategia consistente para enfrentar la concentración de los medios tradicionales. No se impulsaron reformas estructurales relevantes. Ni siquiera hubo un intento sostenido por modificar el equilibrio entre lo público y lo privado en la producción de información. El resultado fue el de siempre: un ecosistema mediático que continuó operando bajo las mismas lógicas, con los mismos actores dominantes y las mismas asimetrías.
Y bien sabemos que el sistema mediático chileno se caracteriza por una concentración particularmente alta del poder informativo en pocos conglomerados privados, lo que reduce la diversidad efectiva de voces pese a una apariencia de pluralismo. En la prensa escrita dominan históricamente dos grupos —El Mercurio y Copesa— que estructuran gran parte de la agenda pública, mientras que en televisión abierta conviven grandes operadores privados como Mega, Chilevisión y Canal 13, junto a un canal público como TVN que opera con restricciones financieras que limitan su competitividad. A ello se suma la creciente presencia de capital extranjero en la radio, como el Grupo Prisa, y una esfera digital más fragmentada pero económicamente débil. El resultado es un ecosistema donde la concentración económica y publicitaria condiciona fuertemente la producción de sentido público, dificultando reformas profundas incluso cuando existe voluntad política declarada.
Por eso, cuando en Barcelona Camila Vallejo habla de algoritmos, de plataformas no neutrales y de desinformación como amenaza sistémica, el diagnóstico puede ser correcto —y en buena medida lo es—, pero aparece desprovisto de una dimensión esencial: la responsabilidad política propia. Boric, fue un fiel seguidor de Eugenio Tironi en política de medios. Camila Vallejo pareciera ignorar que el sociólogo-empresario siempre ha sostenido la tesis de que la mejor política comunicacional es no tenerla.
Además, el problema no es solo que las plataformas no sean neutrales. Es que, cuando se tuvo el poder del Estado, no se construyó una política capaz de equilibrar ese poder. No se trata de desconocer la complejidad del fenómeno digital, sino de recordar que la política también consiste en anticipar, regular y disputar esos espacios.
Lo que se escucha entonces no es solo una advertencia, sino también un desplazamiento de la responsabilidad. Una forma —quizás involuntaria— de atribuir la derrota al entorno, al “empedrado”, a las condiciones externas, antes que a las limitaciones, vacilaciones o errores propios.
Y ahí es donde las figuras pierden fuerza. Porque se sabe…
Porque la crítica estructural, para ser creíble, requiere autocrítica. De lo contrario, corre el riesgo de transformarse en coartada. En una explicación sofisticada de por qué no se pudo, en lugar de una reflexión honesta sobre por qué no se hizo.
La cumbre de Barcelona, en ese sentido, no solo reunió a líderes progresistas: expuso una línea divisoria más profunda. De un lado, quienes hoy gobiernan y deben responder por lo que hagan. Del otro, quienes ya gobernaron y deben responder por lo que no hicieron.
Chile, lamentablemente, pertenece a este segundo grupo.
Leopoldo Lavín Mujica





