
El fabianismo de Hugo Herrera y el gobierno de Kast
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La última columna del académico Hugo Herrera de la UDP, “La izquierda chilena entre el fabianismo y la inflexión tercermundista”, intenta presentarse como una defensa del concertacionismo frente a la «deriva moralizante» del eje PC-FA, pero termina revelando una incoherencia mucho más profunda: exige un Estado desarrollador que su propia opción política niega. Herrera votó por José Antonio Kast. Y el gobierno de Kast es, en términos doctrinarios, la negación exacta de lo que él mismo dice desear en otras columnas. El de Kast es neoliberal y conservador. Más de Hayek y nada de Lord Beveridge. (Lea este documento sobre el proyecto de demolición neoliberal de Kast).
No obstante, Herrera reivindica la tradición «fabiana», es decir, aquella corriente reformista nacida en el Reino Unido de fines del siglo XIX con la Sociedad Fabiana, que defendía transformaciones graduales desde el Estado, mediante reformas institucionales, cuadros técnicos y expansión de derechos sociales, en lugar de la vía revolucionaria. Paciencia estratégica, administración pública robusta y modernización desde dentro: ese era su núcleo. Eso es justamente lo que Herrera rescata cuando habla de fortalecer educación, productividad y ordenamiento territorial; no de un Estado mínimo y pro neoliberal, sino de uno capaz de planificar, formar y conducir. Esta es, precisamente, la tradición que él asocia al mejor momento de la centroizquierda bajo Ricardo Lagos: un socialismo de Estado mixto, técnico y reformista. Hasta ahí, la tesis podría ser atendible, aunque algo bruta. El diagnóstico no es trivial.
Pero hay un problema central que la columna elude y que termina por desarmarlo. El mismo autor que reclama esa musculatura estatal legitima al gobierno de José Antonio Kast como espacio posible de «composición», afirmando que allí habría «signos de apertura» y que no estaríamos ante una derecha fanática ni cerrada a acuerdos. Aquí la columna de Herrera se desarma sola. Porque J. A. Kast y la coalición de derechas que conforman su gobierno no representan precisamente una tradición desarrollista, ni una apuesta por la expansión de la educación pública, ni una política robusta de formación técnico-profesional. Su matriz doctrinaria ha sido, históricamente, la defensa del Estado subsidiario, la desconfianza frente a la planificación pública y la preferencia por soluciones privadas. Es decir: exactamente el tipo de arquitectura neoliberal que debilita aquello que Herrera dice querer promover.
Entonces la pregunta no es menor: ¿de verdad cree H.H. que desde una actitud dialogante del centro-izquierda con el gobierno de Kast emergerá la reforma educativa y productiva que reclama? ¿Es ingenuidad política o una forma sofisticada de autoengaño? No se puede pedir formación técnica estatal seria y al mismo tiempo respaldar a quienes no tienen ningún interés estructural en fortalecer la educación pública sino, al contrario, destruirla. No se puede invocar al fabianismo como modelo y votar por Kast como solución. No se puede reclamar un Estado social y conductor mientras se acompaña a una derecha cuya racionalidad histórica ha sido impedirlo. Ahí la reivindicación del fabianismo se vuelve incoherente.
Herrera busca dividir a la izquierda
El académico acusa a la socialdemocracia de haber perdido espesor reformista, pero termina depositando la posibilidad de ese reformismo en una derecha neoliberal a ultranza. Pide seriedad institucional, pero la busca en un proyecto cuyo horizonte ha sido más bien la reducción de lo público. Eso no es realismo político. Es voluntarismo con citas a los clásicos.
Hay más: reprocha a la izquierda su moralización de la política, pero su propia indulgencia con Kast parece sostenida menos por un análisis de economía política que por una preferencia filosófica por el orden y por un anticomunismo primario (“Mejor muerto que rojo”). Las disquisiciones de Herrera parecen cargadas de pasiones negativas. Se le nota un propósito muy ideológico: una voluntad de disciplinar, dividir y someter a la izquierda usando el lenguaje del realismo, mientras se exime a la derecha de rendir cuentas sobre su incapacidad histórica para construir el Estado que él mismo considera indispensable.
En el fondo, Herrera dice querer fabianismo, pero lo que reivindica es una socialdemocracia neoliberalizada a la Ricardo Lagos: Estado fuerte en el discurso pero sin conflicto distributivo real, formación técnica sin fortalecimiento de lo público, modernización sin tocar los intereses oligárquicos que la bloquean —y buscando siempre hacerse amar por ellos—, negacionismo del ecocidio, privatizaciones y más mercado. Ese no fue un proyecto alternativo al neoliberalismo; fue su versión disfrazada, un concertacionismo que, replicado luego con Boric, le pavimentó el camino a la ultraderecha kastiana.
Leopoldo Lavín Mujica





