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¿Por qué los trabajadores abandonan a la Izquierda? ¿O es al revés?

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Desde hace un tiempo hay unas señales que a cualquier observador le llaman la atención; las más recientes han venido del Reino Unido, donde la semana anterior el laborismo (actualmente en el gobierno) sufrió una aplastante derrota en las elecciones locales y en las de las asambleas de Escocia y Gales. Dejemos de lado la cuestión de si el viejo Partido Laborista británico es o no de izquierda; en este análisis no es relevante. Lo que sí es relevante es el hecho de que en numerosas circunscripciones donde vive una mayoría de clase trabajadora, la votación se ha inclinado hacia el más reaccionario de los partidos británicos, el Reform UK, de Nigel Farage. Por cierto, no es un fenómeno nuevo: Marine Le Pen en Francia también goza de popularidad en áreas donde antes campeaba la izquierda. En Estados Unidos, vastos sectores de la clase obrera dieron su respaldo a Donald Trump. En Canadá, en las elecciones del año pasado el izquierdista Nuevo Partido Democrático fue prácticamente barrido y—una vez más—en condados predominantemente obreros, especialmente en Ontario, la provincia más industrializada del país, la votación favoreció al Partido Conservador. Si vemos el panorama electoral de los últimos tiempos en Chile y Argentina, este fenómeno de apoyo masivo a la extrema derecha y el consiguiente abandono de las alternativas progresistas o de izquierda también son muy evidentes.

Sin embargo, cabe preguntarse si lo que estamos viendo también puede plantearse desde el otro lado de la interrogante: por qué la izquierda parece haber abandonado a la clase trabajadora. A lo mejor, entonces, habrá que hablar de un abandono recíproco. Para la clase trabajadora, los partidos de la izquierda ya no parecen hablarle en un discurso que realmente la interprete y recoja sus inquietudes, aspiraciones y esperanzas.  La izquierda se habría convertido en un partido o conglomerado de partidos más, no muy diferente del resto. En algunos países sus dirigentes han incurrido incluso en las mismas prácticas que la izquierda históricamente denunció: el gusto por el poder y la corrupción.

Hay, por otro lado, un factor aún más persistente que se ha extendido en el discurso y la práctica de gran parte de la izquierda a nivel global: el traslado del foco desde la defensa de los intereses de la clase trabajadora a una serie de objetivos, muchos de ellos meritorios sin duda, pero que estarían diluyendo la razón de ser de la izquierda. Peor aún, en muchos casos la izquierda ha terminado asociada a esa modalidad de acción política conocida como el “wokismo” (del inglés woke, despierto), que ha fragmentado y distraído a la izquierda de su meta, llevándola, en cambio, hacia lo que Susan Neiman ha criticado como “tribalismo”.  En su libro La izquierda no es woke, ella ha señalado que el discurso del “wokismo” es confuso porque, si bien evoca emociones que cualquier persona progresista comparte —empatía con los marginados, indignación ante los actos de opresión—, esas emociones son “descarriladas por preceptos teóricos que, en última instancia, las socavan”.  La defensa de la libertad de expresión, una bandera tradicional de la izquierda y de los sectores progresistas, por ejemplo, se ha visto afectada por las políticas de “cancelación” que, en más de una ocasión, han apuntado a individuos de la propia izquierda que disienten de las posturas establecidas por una mayoría circunstancial.

Aunque en principio es correcto que la izquierda agregue a su radio de acción las causas que apuntan a eliminar situaciones de injusticia evidente, como la discriminación racial o la negación de derechos a las mujeres, o el despojo territorial de los pueblos originarios, por ejemplo, ello debe hacerse entendiendo que cada uno de esos fragmentos del tejido social trae consigo también sus propias peculiaridades y potenciales contradicciones.




El reconocimiento del feminismo como una fuerza de cambio social es importante, pero no debe llevar a la ilusión de que no pueda presentar contradicciones con otros grupos que también se alinearían en el campo progresista. La reciente decisión del Comité Olímpico a nivel mundial de no permitir que mujeres transgénero participen en competencias femeninas fue apoyada y aplaudida por la mayoría de las feministas, pero ha sido rechazada —como era de esperar— por los colectivos de mujeres transgénero. (Las mujeres transgénero son las nacidas hombres, cuya identidad psicológica ha sido reconocida como femenina; las transexuales son las que además han hecho su transición completa, habiéndose sometido a la remoción quirúrgica de sus genitales masculinos; aquellas que no han hecho esa transición aún seguirían secretando hormonas masculinas, las que tendrían un efecto que las favorecería en competencias deportivas donde se requiriera velocidad o fuerza—Ese fue el razonamiento para la decisión olímpica, todavía objeto de debate).

El apoyo a la causa de los pueblos originarios—por ejemplo, en Chile, donde a menudo ocurren incidentes de violencia—puede entrar en contradicción con los intereses de los trabajadores del sector forestal que operan en el territorio mapuche. En los hechos, ha habido obreros forestales que han resultado heridos o han perdido sus empleos debido a la situación en la región. Por cierto, la causa de esta situación no radica en las acciones de los mapuches ni en que haya trabajadores que dependan del pago de esas empresas, sino en las políticas implementadas históricamente por sucesivos gobiernos en esa región. A la izquierda, esto le plantea un problema: apoyar la causa mapuche y, al mismo tiempo, proteger los derechos laborales de los obreros madereros, muchos de ellos mapuches también. El gobierno progresista anterior se comportó de un modo muy indeciso, cuando no ambiguo, ante este dilema.

Los derechos de las minorías sexuales, otra causa que la izquierda ha asumido, también han tenido efectos perjudiciales cuando se los ha abordado con el criterio “woke”. Un profesor de psicología en una universidad de Ontario terminó haciéndose famoso por estar en el centro de una polémica por negarse a usar los pronombres que algunos de sus alumnos/as preferían. Una polémica al final trivial terminó en la cancelación del profesor (que desde entonces tampoco se vio muy afectado; ahora gana más dinero dando conferencias y escribiendo libros valiéndose de una condición de víctima de la “izquierda woke”). En realidad, fue más bien blanco de una minoría empeñada en alterar el uso del idioma inglés.

Hablando de lenguaje, nuestro idioma tampoco ha estado exento de las incursiones de algunos fanáticos del “wokismo” que, en realidad, no tienen nada que ver con la izquierda; más bien en este caso la ponen en una situación ridícula en particular cuando en la década pasada surgió la moda de inventar términos aparentemente neutrales para ser inclusivos con aquella minoría de personas que no se identifican ni como hombres ni mujeres (los no-binarios). Así, algunos empezaron a hablar de “compañeres” en una suerte de juego de letras, más parecido a esa canción en la que el estribillo se repetía con cada vocal, “le mer estebe serene…” que a cualquier enfoque político serio sobre el tema. Otros escribían “compañerxs” volviendo locos a los correctores de texto. Afortunadamente, tengo la impresión de que toda esa moda de meter la letra “e” o la pobre “x” a la fuerza, inventando términos que no existen, ha quedado atrás, excepto por aquellos que, sin muchas luces ni mayor educación política o de la otra, siguen gustando de esas modas retro.

El medio ambiente, otra noble causa sin duda, también ha generado más de alguna contradicción para la izquierda, en particular la puesta en marcha de proyectos que generan empleos, especialmente cuando se trata de obras de alta intensidad laboral como la extracción y el procesamiento de recursos naturales, pero que, como contrapartida, pueden tener un fuerte impacto ecológico. Las recientes políticas impulsadas por Donald Trump (Drill, baby, drill!) han estimulado la producción petrolera no solo en Estados Unidos, sino también en Canadá, y seguramente se expandirá en Venezuela, bajo el control virtual de Washington. ¿Dónde situarse aquí? En Canadá y Estados Unidos, los sindicatos apoyan la producción petrolera. Los pueblos originarios están divididos sobre el tema, algunos se oponen por la expansión de oleoductos en tierras indígenas, pero al menos en Canadá, hay naciones indígenas que dan la bienvenida a esas instalaciones porque les proveen empleos y, en algunos casos, beneficios económicos por el pago de royalties por pasar por sus tierras. En Canadá hay al menos un oleoducto que una nación indígena está interesada en adquirir. En Chile, también podría darse esa colisión entre proyectos que generan empleo y los derechos ancestrales de los pueblos originarios.

Para una izquierda que intente satisfacer a distintos fragmentos de su membresía o de su periferia, resulta difícil definir una posición clara sobre todos estos temas, en los que persisten contradicciones. En el ámbito energético, se esgrime a menudo el énfasis en las nuevas tecnologías limpias o verdes para producir electricidad, pero la puesta en marcha de esos proyectos aún toma tiempo, mientras el petróleo y el gas natural están allí, mucho más al alcance de la mano (relativamente hablando, por cierto).  Los derechos de las minorías sexuales son crecientemente reconocidos, aunque episodios de discriminación todavía ocurren. La izquierda debe apoyarlos, pero sin caer en el fanatismo de lenguaje ya explicado. No agrega nada a la conversación, se puede decir.

El foco central, sin embargo, debe seguir centrado en la defensa de los intereses de los trabajadores. Sobre esto, por cierto, debe entenderse que, en general, en muchos países hoy esa clase trabajadora ha cambiado mucho. El término “clase obrera”, por ejemplo, traía a la mente imágenes de trabajadores en usinas, involucrados en trabajo en línea, un poco al estilo del que Chaplin parodia genialmente en su film Tiempos Modernos. Sin embargo, esa imagen ha cambiado en gran medida, pero las demandas e intereses de clase de los trabajadores siguen siendo los mismos, independientemente de que ahora se trate de gente empleada para asear centros comerciales, hacer delivery en motocicletas, conducir buses o trabajar como guardias de seguridad en supermercados. Trabajos que, por su naturaleza, no se ejercen en el mismo ambiente de “socialización productiva” de la industria manufacturera, lo cual, sin duda, incide en que el desarrollo de su nivel de conciencia de clase sea más tortuoso. A ellos hay que agregar la creciente masa de profesionales empleados, ya sea del Estado —como profesores, asistentes sociales o personal médico— o de empresas privadas —como periodistas, ingenieros o contadores—, que también califican como trabajadores, aunque algunos no siempre se vean en tal categoría.

Sí, hay que admitirlo, en su afán de incluir una variedad de sectores y temas programáticos, la izquierda—no sólo en Chile, sino a nivel casi mundial—ha descuidado el segmento social fundamental para su programa a largo plazo: una sociedad socialista. Otros segmentos pueden sumarse de buena fe y en buena onda a ese objetivo (el capitalismo es el mayor destructor de la naturaleza, y eso los medioambientalistas deben entenderlo); otros pueden ser más indiferentes a la meta del socialismo (¿Cómo ha sido el trato a las minorías sexuales en los proyectos socialistas que existen o han existido? Quizás la respuesta no satisfaga mucho a ese segmento).  En todo caso, la estridencia del “wokismo” no le ha hecho gran favor a la izquierda. Hasta se podría decir que el “wokismo” es a la izquierda lo que el grotesco personaje Bizarro es a Superman: un fallido intento de duplicación.  En ese sentido, en más de una ocasión, este accionar “woke” ha hecho que las propuestas serias de la izquierda sean objeto de ridículo y que la clase trabajadora, el sector que naturalmente debería apoyar a la izquierda se sienta abandonada por una fuerza política que, en algunos países, hace de sus programas políticos una suerte de bazar donde se ofrece de todo a todos, sin advertir las contradicciones que pueden surgir entre los receptores del mensaje, y al final, sin responder a las necesidades de quienes debieran ser su principal foco de atención.

 

Sergio Martínez

(desde Montreal, Canadá)

 

 

 

 

 



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