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Izquierdas versus derechas

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Si uno mira las historias de los movimientos políticos de derecha y los contrasta con los de izquierda, en todo el planeta Tierra, puede descubrir tendencias muy divergentes. 

Las izquierdas han venido migrando desde una postura totalistas o totalitarias, es decir si se consideran los movimientos terroristas que operaron desde la mitad del siglo XIX en Europa y Rusia, hasta la asonadas revolucionarias de la primera mitad del siglo XX en Rusia, Alemania, Francia, etc., hacia posturas que se evidencian con tendencias a borrar los rasgos más reñidos con las libertades formales de las democracias occidentales: los gobiernos socialistas que operan con formato socialdemócratas una vez que acceden al poder en la entreguerra. También la evolución de los partidos comunistas de Italia, Francia y España hacia la corriente socialdemócratas, en la postguerra. 

En América Latina los partidos de izquierda han sido débiles, de escasa incidencia en la historia contemporánea, con la excepción de Cuba y Chile. 

Brasil y el Partido de los Trabajadores representan otra vertiente más obrera que ideológicamente alineada con el ideario estricto de una izquierda tradicional. En Argentina, el Peronismo envolvió toda la masa obrera y, como se sabe, bajo un liderazgo personalista e ideológicamente bastante indefinido. 




En Chile, el Partido Comunista ha mantenido una vigencia histórica de largo plazo, con una resiliencia  enorme, lo que le ha permitido sobrevivir a brutales persecuciones y verdaderas racias. 

Sin embargo ha estado presente como actor importante en alianzas con varios gobiernos democráticos, manteniendo una identidad ideológica que no ofende al ejercicio de una democracia formal y de tinte reformista. 

Con todo, el Partido Comunista chileno viene evidenciando una tensión interna entre sectores de militantes que buscan aggiornarse ante un mundo político que exige una adaptación ante una realidad muy diferente a lo que fueron las luchas plenamente ideológicas del siglo XX; un mundo pragmático y re compuesto en su estructura social del trabajo y, por ende,  las relaciones sociales de producción, y un sector que permanece en una ortodoxia doctrinaria, pero cuyo relato se defiende de forma cada vez más complicada, ante los fracasos de sus propuestas tentativas o efectivas en la Región y el mundo. 

Esa tensión deberá resolverse en un quiebre interno o en un cambio consensuado de relato. El tiempo lo dirá. 

Existen salidas alternativas varias: un “comunismo capitalista” al estilo chino, en que se mantiene una autoridad política central dominada por el partido único, pero se liberan las relaciones económicas capitalistas, aunque reguladas de forma indicativa por el Estado.  

Una deriva hacia una socialdemocracia con fuerte incidencia del Estado en la planificación como en la ejecución de políticas de desarrollo económico social, como se ejemplifica en el modelo sueco del último tercio del siglo XX. 

Singapur es otro ejemplo, ya más distante de un país como Chile (dónde todo se ha privatizado), ya que esa nación  asiática conserva el 90% de la propiedad del suelo en manos del Estado, es decir de toda la sociedad, pero se concede para su uso sin derecho de herencia, en una fórmula bastante creativa de distribución social del derecho. 

Por otra parte, en muchos países capitalistas se da la presencia  preeminente de las cooperativas, como forma comunitaria de incidir al interior de una economía de libre mercado. Japón, Alemania, Francia, Holanda, etc. mantienen una fuerte presencia de economías cooperativas al interior de su aparato productivo, y eso contribuye fuertemente a la equidad distributiva, aún cuando alcancen dimensiones de grandes empresas. 

Las corrientes “ progresistas”, esas que buscan una mejor integración funcional dentro de las sociedades capitalistas, con la finalidad de una mayor justicia distributiva, que genere una perspectiva de viabilidad de largo plazo, la que es imposible obtener mediante la concentración sistemática de los ingresos, se vienen dando desde el pensamiento económico de un Keynes, luego del concepto de la “tercera vía” de Giddens que se fundamenta en la escuela económica “neokeynesiana”; y por fin tenemos la escuela económica “ postkeynesiana”, la que ya se atreve a saltar los amarres de la escuela neoliberal, que las dos anteriores no logran hacer. Puesto que el keynesianismo primero sólo entrega al capitalismo clásico una herramienta para eludir las crisis de consumo insuficiente para absorber la oferta y de alentar la inversión constante para un crecimiento sin crisis, al jalar o impulsar la economía desde la demanda. 

El “neokeynesianismo” o la “tercera vía”, represente un morigerador impotente de las tendencias extremas de la economía neoliberal ( laborismo ingles y demócratas en EE.UU.). 

Contrario a la escuela “poskeynesiana” que representa una salida franca de la órbita centrípeta del agujero negro neoliberal. Transfiriendo el poder de decisión a la sociedad y  enajenarlo del poder excluyentes del capital. 

Dejaremos para otro artículo la exposición sobre esta teoría,  pues requiere de más páginas. 

Por tanto, las alternativas son muchas dentro de un movimiento progresista de izquierda, pero las izquierdas no las asumen ni siquiera como inquietud teórica, y ese es su drama y su decadencia en este tiempo. La falta de inquietud intelectual y, peor, de voluntad de superación. 

LA CONTRA TENDENCIA DE LA DERECHA MUNDIAL. 

La derecha clásica, liberal- conservadora, ha migrado desde una clara vocación democrática (claro que una democracia fuertemente discriminatoria) durante buena parte del siglo XX, a otra francamente autoritaria y ultramontana. En la doctrina económica se traslada de una ortodoxia clásica a una escuela neoclásica y, luego a una neoliberal, concluyendo en una especie de anarcocapitalismo, al estilo Milei. 

Como nos interesa la escuela neoliberal, debemos señalar que surge de la  academia dirigida por Milton Friedman, en medio de un ambiente mundial de globalización, facilitada por la revolución tecnológica de las comunicaciones. Y en medio de la crisis del capitalismo industrial, conducido hasta entonces por la teoría keynesiana. 

La propuesta neoliberal se diferencia del liberalismo clásico, en proponer un Estado fuerte en cuanto a toma de decisiones, pero destinado a usar ese poder por el liderazgo empresarial, para privatizar el aparato productivo y de servicios que permanecía en manos del sector público. Es decir, busca apropiarse del Estado pero con la finalidad de deshuesarlo. Para eso se requiere un poder autoritario en la toma de decisiones del Estado, sea por medio de dictaduras o por imponer mayorías electorales de corte populistas, pero con dominio efectivo de las élites. 

Esta trayectoria impone reducir el espacio democrático donde se debe compartir poder, y se transita hacia la dominación cultural y política, polarizando y marginando a sus contendores, hasta alcanzar su neutralización. 

Obviamente, como lo vemos en varios países donde avanza la estrategia neoliberal, la democracia se debilita, se tensiona y muchas veces la deja tan impotente y castrada que su pertinencia se hace prescindible y poco añorada. 

Los líderes neoliberales se extreman y militan en  movimientos que atentan no solo contra el Estado, sino que arremeten contra la democracia con asonadas terroristas y golpistas ( Trump, Bolsonaro, Bolivia, Perú, Chile, Argentina, Uruguay). 

NUNCA MÁS.  

Esa derecha, que en el caso de Chile, se acomodaba a las reglas democráticas hasta los años 60 del siglo XX.,luego de los procesos de reforma agraria y de la incursión del Estado en las diversas áreas de la economía, como productor modernizador, esa derecha se siente amenazada, a tal grado, que comienza a desafectarse de la fidelidad democrática y mira con buenos ojos las posibilidades de tirar el mantel e imponer un nuevo trato social. 

En América Latina se concretó mediante regímenes militares, y luego de superada esa fase, se deja como herencia un modelo económico social que restringe, condiciona y boicotea la expresión social auténticamente popular, quedando la pura formalidad democrática electoral, pero sin poder para avanzar programas que desborden los intereses consolidados nacional e internacionalmente por las dictaduras. 

Conclusión: mientras las corrientes diversas de pensamiento de “ izquierda” transitan hacia el ejercicio de mayor afincamiento democrático, las corrientes “derechistas” vienen recorriendo el camino contrario: autoritarismo despótico, populismo fascistoide y corporativismo centrípeto. 

 

Hugo Latorre Fuenzalida

 

 

 

 



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Hugo Latorre Fuenzalida

Cientista social

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