
Declive hegemónico, ascenso del Sur global ¿Descolonización?
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En el siglo XX, la crisis de 1929 y la Segunda Guerra Mundial debilitaron a las viejas potencias europeas, lo que permitió la independencia formal de países de Asia, África y el Caribe. Parecía darse por hecho que independencia era igual a descolonización, pero el colonialismo se amplió a través de la consolidación de la dependencia, la deuda, el comercio desigual, el control tecnológico y una profunda subordinación, sobre todo a los organismos internacionales creados al término de la guerra.
La hegemonía inglesa entró en declive, tomó su lugar Estados Unidos y el colonialismo continuó. Las potencias coloniales crearon fronteras y dividieron a los países manteniendo en su interior grupos étnicos distintos que, enfrentados entre ellos, les permitía a esas potencias imponer líderes y caciques que actuaron en favor del colonizador.
Si algún líder buscaba la superación de esas condiciones era, en muchas ocasiones, asesinado, como fue el caso de Thomas Sankara en 1987, presidente del llamado Alto Volta, nombre que él mismo cambió a Burkina Faso en 1984. En relación con América Latina, el efecto emancipador de los teóricos latinoamericanos fue cercenado por las brutales dictaduras para impedir que la región superara dependencia y subordinación.
Hay que resaltar que veintinueve países asiáticos y africanos recién independizados decidieron, frente a la bipolaridad de la Guerra Fría, reunirse en Bandung (Indonesia) en la Conferencia Afroasiática en 1955.
Se reunieron “no para pedir un lugar en la mesa del poder mundial, sino para construir otra mesa”, y lanzaron un conjunto de principios para la coexistencia pacífica que hoy suenan actuales (Javier Vadell). Sin embargo, como señala el autor, la globalización neoliberal en los años 90 y la implosión de la Unión Soviética fragmentaron al Sur global y “el espíritu de Bandung se declaró obsoleto”.
En el siglo XXI ocurre algo comparable, pero en otro nivel. La crisis de 2008 mostró los límites del capitalismo financiero occidental y se aceleró el cuestionamiento del orden unipolar construido tras la Guerra Fría.
Estados Unidos está en un declive hegemónico que se expresa en parte por un desplazamiento estructural del centro económico eurooccidental mundial hacia el sudeste asiático, dentro del cual China representa el caso más sobresaliente no sólo porque resistió la subordinación colonial, sino que logró industrializarse, desarrolló tecnología a niveles extraordinarios, sacó de la pobreza a 800 millones de personas y ha mostrado una sustancial disciplina económica con el cumplimiento de los llamados planes quinquenales.
China está dispuesta a relacionarse con otros países no a través de amenazas, sino de la cooperación. Por eso resultan de enorme interés proyectos como la iniciativa de la franja y la Ruta de la Seda, que se han convertido en un centro de articulación económica para Asia, África y partes de América Latina. No obstante, China enfrenta problemas demográficos: por un lado, el envejecimiento de la población, además de la caída de los índices de natalidad.
Estas son consecuencias de las políticas demográficas impuestas a partir de 1979 que obligaba a las parejas a tener sólo un hijo, de lo contrario eran seriamente penalizados, sobre todo laboralmente. Ahora esa política se ha flexibilizado; sin embargo, hay una enorme resistencia por parte de las parejas no solo acostumbradas a familias con un sólo hijo, sino al elevado costo que supone.
Pero, por otro lado, lo que muestran los datos de su modelo económico actual es que China ya no sólo retiene población que es absorbida en sectores industriales, tecnológicos y urbanos, sino que comienza a atraer migración, mostrando una transformación histórica del sistema mundial y confirmando así algunos supuestos que hemos ido planteando.
En primer lugar, que procesos de desarrollo absorben a la población nativa, se elimina prácticamente la emigración forzada y se hace efectivo el derecho a no migrar. Por eso, las ciudades chinas empiezan a atraer estudiantes, trabajadores especializados, comerciantes y empresarios extranjeros, especialmente del Sur global.
Es importante recordar que hace pocos años realizamos un estudio en el que claramente se observaba que en Estados Unidos, la migración proveniente de China alcanzaba niveles superiores a los migrantes procedentes de México, lo que sucedía por primera vez. Ahora la situación ha dado un vuelco.
La migración se vuelve un indicador esclarecedor, es decir, las potencias en ascenso suelen integrar fuerza de trabajo, y las potencias en declive tienden a securitizar fronteras y administrar la crisis mediante exclusión. Por eso Estados Unidos endurece sus políticas migratorias, criminaliza a los migrantes y busca cerrar fronteras, construir muros, aumentar las inhumanas deportaciones y fortalecer el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas, todo lo cual refleja no sólo racismo estructural sino debilitamiento económico y social interno. China y otras economías asiáticas, por el contrario, avanzan en un proceso distinto: absorben a su población, amplían mercados internos, desarrollan infraestructura y, progresivamente atraen migración.
Por otro lado, la resistencia al orden hegemónico estadunidense no proviene de un único bloque ideológico, sino que es heterogéneo lo que podría explicar tanto la conformación de organismos tales como el BRICS+ y por qué es el Sur global el que busca alcanzar un orden mundial multipolar y la autonomía estratégica para Asia, África, América Latina y Medio Oriente.
Ana María Aragonés
“Alianzas sin subordinación, solidaridad sin amenazas” Aime Césaire
Fuente: La Jornada





