
Nancy Fraser: “El proyecto de socialismo democrático representa la verdadera transformación del capitalismo: la toma de control democrático del excedente social»
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Reproduzco una entrevista de la estadounidense Nancy Fraser con Le Monde, publicada el 29 de mayo y realizada por Pascal Riché, en la que analiza el derrumbe de los partidos del centro y el ascenso de la extrema derecha como “la consecuencia de las políticas económicas aplicadas desde hace décadas”. Sostiene la idea de una interacción entre lo que llama el “populismo progresista” y el socialismo democrático: “yo no soy una “populista”, sino una “socialista democrática”. En cambio, pienso que el populismo progresista puede ser el punto de entrada para que las clases populares y medias retomen el control de su destino. Mi esperanza es que la gente que está enojada con las élites se sienta atraída hacia ese punto de entrada, en vez de hacia el populismo de derecha, y que luego adhiera al proyecto de socialismo democrático. Porque este último representa la verdadera transformación del capitalismo: la toma de control democrático del excedente social actualmente capturado por personas como Elon Musk [Tesla, SpaceX, X…], Jeff Bezos [Amazon] u otros multimillonarios. Como controlan ese excedente —creado por el trabajo de la gente—, controlan también el futuro de la sociedad. Eso es lo que hay que cambiar. Retomando el control del excedente, el socialismo democrático podrá invertir en lo que es indispensable para la sociedad: la ecología, la salud, la reducción del tiempo de trabajo, la rebaja de la edad de jubilación…”.
Figura mayor de la teoría crítica, Nancy Fraser (1947) es profesora de filosofía y de ciencia política en la New School for Social Research, en Nueva York. Sostiene que la justicia social no puede reducirse ni a la igualdad económica ni al reconocimiento cultural sino que debe articular ambas dimensiones: “la justicia hoy requiere tanto redistribución como reconocimiento”, criticando los movimientos que excluyen una u otra. Argumenta a favor de la “paridad participativa” y sostiene que una sociedad justa es aquella en que todas las personas pueden participar como pares en la vida social, para lo que se requiere condiciones económicas, culturales y políticas adecuadas. Fraser ha criticado lo que llama el “neoliberalismo progresista”, es decir la alianza entre políticas económicas neoliberales y discursos de diversidad, mérito e inclusión que no alteran las estructuras de clase y poder.
Entre sus libros más influyentes están Justice Interruptus (1997), Redistribution or Recognition? con Axel Honneth (2003), Fortunes of Feminism (2013), Capitalism: A Conversation in Critical Theory con Rahel Jaeggi (2018) y Cannibal Capitalism (2022).. En obras recientes argumenta que el feminismo “de segunda ola” fue cooptado por el neoliberalismo, sirviendo inadvertidamente como legitimación ideológica del capitalismo financiero global. En este último libro sostiene que el capitalismo devora las condiciones que lo hacen posible: la naturaleza, el trabajo de cuidado, el poder público y la propia democracia.
Gonzalo Martner
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Entrevista a Nancy Fraser
– ¿La progresión de los “ecopopulistas” del Green Party en el Reino Unido en las elecciones locales del 7 de mayo y la conquista de la alcaldía de Nueva York por el socialista Zohran Mamdani el 4 de noviembre de 2025 validan la estrategia del “populismo progresista” que usted defiende?
Nancy Fraser: Lo que confirman estas elecciones es, ante todo, el derrumbe de los partidos que han ocupado el poder desde hace mucho tiempo. En Estados Unidos, los partidos Republicano y Demócrata están ambos en crisis. Del lado republicano, Donald Trump ha logrado tomar el control del movimiento, imponiendo orientaciones muy alejadas de las posiciones tradicionales. Pero su base MAGA (Make America Great Again) se desgarra actualmente sobre la cuestión de la guerra. Aunque controla todos los resortes del gobierno, su partido atraviesa una crisis profunda. Del lado demócrata, hemos asistido a una serie de desastres electorales. La responsabilidad recae en el ala centrista del partido, en la línea de Bill Clinton y Barack Obama. En cada elección, intentan desesperadamente marginar al ala izquierda encarnada por el senador Bernie Sanders o la representante Alexandria Ocasio-Cortez. Y, sin embargo, esa corriente sigue creciendo. El ala centrista, en cambio, atraviesa una crisis de identidad. Sus dirigentes son incapaces de hacer la autopsia de sus fracasos, el de 2024, pero también los anteriores.
– ¿No estamos viendo la misma evolución en Europa?
Nancy Fraser: Sí, se observan transformaciones muy similares del paisaje político. Los partidos de centro se hunden, la extrema derecha sube, la izquierda radical avanza. Es el caso del Reino Unido, Alemania o Francia. En el Reino Unido, asistimos al derrumbe del Partido Laborista, en el contexto de la lucha entre un ala izquierda del partido, durante mucho tiempo encarnada por Jeremy Corbyn, y un campo blairista conducido por el debilitado primer ministro Keir Starmer. Y el Green Party ocupa ese vacío. El Partido Conservador, por su parte, retrocede en beneficio del partido de extrema derecha de Nigel Farage, Reform UK. En Francia, un fenómeno similar está en marcha desde hace años, con el desdibujamiento del Partido Socialista, disputado por la izquierda por La France insoumise y, por la derecha, por el arraigo del Rassemblement national. En Alemania, lo mismo: el Partido Socialdemócrata (SPD) está en crisis y, por la derecha, avanza el partido radical Alternativa para Alemania (AfD). Es, pues, una historia muy parecida la que se está desarrollando en todas partes. El centro ya no se sostiene.
– ¿Quiere decir que los éxitos de Zohran Mamdani en Nueva York y de Zack Polanski en el Reino Unido se deben menos a su posicionamiento y a su estrategia que al derrumbe de la izquierda centrista?
Nancy Fraser: Sí, aunque sus estrategias tienen méritos. En el caso de Nueva York, una ciudad profundamente demócrata, Mamdani tenía enfrente a dos candidatos demócratas comprometidos: el exalcalde Eric Adams, implicado en un caso de corrupción, y el exgobernador Andrew Cuomo, acusado de agresiones sexuales. Aun así, Mamdani, procedente de una familia india y severo crítico de Israel, llevó a cabo con éxito una campaña particularmente dinámica, movilizando hasta 100.000 jóvenes voluntarios venidos de la izquierda neoyorquina y de los movimientos anti-ICE [la muy controvertida policía migratoria]. Supo combinar un discurso favorable a las clases populares, insistiendo en el poder adquisitivo, con una celebración de los migrantes. Esa aleación resultó muy poderosa. Una estrategia electoral así, prometedora, podría replicarse en Estados Unidos y en otros lugares. Mamdani también logró atraer el voto de los judíos, muy importante en Nueva York, lo cual no era nada fácil, porque condenó con mucha claridad las masacres en Gaza. En Estados Unidos —como en el Reino Unido— asistimos a una estigmatización de la solidaridad pro-palestina. La acusación de antisemitismo ha sido utilizada como un arma poderosa contra la izquierda; cuando, si hay un sector de la sociedad estadounidense donde el antisemitismo realmente está creciendo, es precisamente en la extrema derecha. Pero esa táctica no funcionó en Nueva York.
– ¿Cómo explica que, en muchos países, el hundimiento de los partidos de gobierno beneficie sobre todo a la extrema derecha?
Nancy Fraser: Lo que estos partidos proponen es una narrativa simplificada de la realidad, acompañada de la designación de chivos expiatorios: a veces los migrantes, a veces los musulmanes, a veces las personas trans… En la historia política de Europa y de Estados Unidos, ese procedimiento reaparece regularmente, sobre todo en los períodos de crisis. Pero los éxitos de la extrema derecha son sobre todo la consecuencia de las políticas económicas aplicadas desde hace décadas. En efecto, han afectado las condiciones de vida de dos tercios de la población. Los partidos de gobierno se presentaban a menudo como “progresistas” porque defendían a los homosexuales, a las mujeres, a la sociedad multicultural… Pero su programa económico era neoliberal: financiarización, desindustrialización, deslocalizaciones, debilitamiento de los sindicatos, cuestionamiento de la edad de jubilación… Es lo que yo llamé el “neoliberalismo progresista”. Las causas societales estaban allí como decorado. Muchos movimientos de defensa de las mujeres o de las minorías cayeron en la trampa y acompañaron ese movimiento. Al hacerlo, abandonaron a la mayoría de las mujeres, de las personas de color, de los migrantes: es decir, a aquellos de las clases trabajadoras. Los ciudadanos afectados por las políticas neoliberales hicieron entonces naturalmente la amalgama entre esas políticas económicas y los derechos de las mujeres, de los gays, de las personas trans o racializadas. Y la extrema derecha explotó el filón: “¡La culpa es de esa gente!”. El rechazo legítimo de la política neoliberal no se volvió contra las grandes empresas o los bancos, sino contra las posiciones progresistas en los asuntos societales. Pero, en realidad, el ala clintoniana del Partido Demócrata nunca fue feminista para todas las mujeres. Era un feminismo para el 10 % más privilegiado. Lo mismo con el antirracismo: no mejoró la suerte de todas las personas de color.
– ¿Qué habría sido un feminismo para el 100 % de las mujeres?
Nancy Fraser: Habría adoptado la forma de un generoso programa de atención a la primera infancia, de un aumento del salario mínimo, de medidas que permitieran criar sola a los hijos con un solo empleo, y no con tres. Eso es lo que Mamdani intenta hacer en Nueva York, congelando los alquileres, reduciendo el costo del transporte público y proporcionando servicios en materia de salud reproductiva.
– Eso es lo que usted llamó el “populismo progresista”…
Nancy Fraser: Sí. Pero mi visión del populismo progresista no es exactamente la misma que la de mi amiga Chantal Mouffe [teórica belga de la democracia radical y del “populismo de izquierda”], cuyo trabajo admiro. Yo no soy una “populista”, sino una “socialista democrática”. En cambio, pienso que el populismo progresista puede ser el punto de entrada para que las clases populares y medias retomen el control de su destino. Mi esperanza es que la gente que está enojada con las élites se sienta atraída hacia ese punto de entrada, en vez de hacia el populismo de derecha, y que luego adhiera al proyecto de socialismo democrático. Porque este último representa la verdadera transformación del capitalismo: la toma de control democrático del excedente social actualmente capturado por personas como Elon Musk [Tesla, SpaceX, X…], Jeff Bezos [Amazon] u otros multimillonarios. Como controlan ese excedente —creado por el trabajo de la gente—, controlan también el futuro de la sociedad. Eso es lo que hay que cambiar. Retomando el control del excedente, el socialismo democrático podrá invertir en lo que es indispensable para la sociedad: la ecología, la salud, la reducción del tiempo de trabajo, la rebaja de la edad de jubilación…
– El populismo puede ser una palanca, dice usted. Pero, ¿no teme que, al crear una simetría con los partidos populistas de derecha, se caiga en una trampa? La de terminar pareciéndose al adversario, con un discurso simplista, un culto al jefe o una lógica de odio.
Nancy Fraser: El riesgo existe. Pero también hay un riesgo para la extrema derecha. El electorado enfurecido de Donald Trump perfectamente puede darse cuenta de que una victoria de Bernie Sanders sería, en realidad, mejor para él. Y además, no puede haber una verdadera simetría: hay una gran diferencia entre el populismo de derecha y el populismo de izquierda. El primero divide a la sociedad en tres franjas. Arriba, las élites que capturan la riqueza; abajo, una subclase compuesta por migrantes, musulmanes; y el “pueblo”: gente virtuosa atrapada entre esos dos grupos de “aprovechadores”. El mapa social del populismo de izquierda es mucho más simple: solo hay dos grupos, el “1 %” de la élite y el “99 %”. No hay una subclase despreciada, el pueblo es más amplio. Hablar del 1 % y del 99 %, le concedo, no corresponde a una sociología muy sofisticada. Pero es mucho más sano que la otra visión, que acusa a los inmigrantes de todos los males. El populismo de izquierda coloca la culpa donde debe estar: en Wall Street, Silicon Valley y los grandes bancos. Y, mientras el populismo de derecha da una definición identitaria del enemigo (el banquero judío, el musulmán…), el populismo de izquierda, en cambio, apunta a funciones: la finanza, por ejemplo. Es cierto que puede haber derivas, y los ataques contra los banqueros pueden adquirir un giro antisemita. Por eso hay que estar muy vigilantes, y el papel de los intelectuales y de los activistas es velar para que tales desbordes no se produzcan, para que solo se apunte a las funciones, y no a las personas, su identidad, su color o su género. Lo que hay que combatir son las fuerzas capitalistas que permiten que unas pocas personas capten la riqueza de todas las demás. Eso suena un poco a marxismo de café, pero no deja de ser cierto. Nuestro trabajo como intelectuales es ofrecer un análisis más sofisticado, explicar con más fineza cómo funciona el sistema.
– ¿Cómo conciliar un análisis sofisticado con un discurso político ultrasimplificado?
Nancy Fraser: No es simple, pero tampoco imposible. En Estados Unidos como en el Reino Unido, se constata un interés creciente por el pensamiento radical serio. Miles de jóvenes se suman a movimientos como Democratic Socialists of America, leen a Karl Marx, W.E.B. Du Bois, Simone de Beauvoir, y se forman muchísimo. Hay una sed de comprensión del mundo. En busca de una visión global, estos jóvenes conectan los problemas unos con otros, lo que se traduce en la aparición de conceptos como ecosocialismo, ecomarxismo, ecofeminismo… En términos de reflexión intelectual, tengo la impresión de estar viviendo el período más creativo desde los años 1960 y 1970. ¡Eso me rejuvenece!
– ¿Y eso la vuelve optimista?
Nancy Fraser: En el océano de malas noticias que inunda la tierra entera —la amenaza de una gran guerra, el regreso del Ébola, el planeta que arde…— vivimos de pequeños milagros. La victoria de Mamdani. La revuelta de Minneapolis contra el ICE. ¿A dónde nos llevarán esas pequeñas luces? No lo sé.





