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Cuando Ormuz se estrecha: el shock petrolero que asfixia a los más vulnerables

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El cierre parcial del estrecho de Ormuz dispara los precios del petróleo y amenaza con profundizar la vulnerabilidad de casi mil millones de personas en los países más pobres del mundo. Según un nuevo análisis de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (United Nations Conference on Trade and Development, UNCTAD), el shock energético podría añadir más de 20.000 millones de dólares anuales a las facturas de importación de los países menos adelantados y de los pequeños Estados insulares, erosionando su estabilidad económica y comprometiendo servicios esenciales.

La crisis en el estrecho de Ormuz vuelve a recordarle al mundo una verdad incómoda: la geopolítica del petróleo no reparte sus costos de manera equitativa. Las tensiones militares en la región —arteria por la que transita cerca de un tercio del crudo mundial— han desencadenado un alza abrupta de los precios del petróleo y los combustibles refinados, con incrementos superiores al 40 % y 50 % respectivamente, según el análisis de UNCTAD. Pero el epicentro del impacto no está en los mercados financieros ni en las grandes economías consumidoras: está en los países más pobres y más aislados del sistema energético global.

“Cuando el estrecho de Ormuz es estrangulado, los más pobres y vulnerables del mundo no pueden respirar”, advierte António Guterres en el informe. La frase resume el carácter estructural de una crisis que no es coyuntural, sino acumulativa.

Un shock global con un epicentro invisible

De los 75 países considerados más vulnerables —entre ellos los países menos adelantados (PMA) y los pequeños Estados insulares en desarrollo (PEID)— 65 dependen de las importaciones de petróleo. En conjunto, representan 983 millones de personas, más del 30 % de las cuales vive con menos de tres dólares al día. Para estos Estados, el petróleo no es solo un insumo energético: es el eje que sostiene el transporte, la producción agrícola, la electricidad y los servicios públicos esenciales.




El informe subraya que el 97,8 % de sus importaciones energéticas corresponde a productos refinados, no a crudo. La falta de infraestructura de refinación los hace especialmente vulnerables a las disrupciones logísticas y a la volatilidad de precios. En muchos casos, dependen de rutas marítimas largas, costosas y expuestas a riesgos geopolíticos, lo que amplifica el impacto de cualquier perturbación.

La crisis de Ormuz no solo encarece el petróleo: reconfigura la economía política de la energía, obligando a los países más frágiles a competir por cargamentos en un mercado saturado, donde los grandes compradores acaparan la oferta disponible.

Una factura imposible: 20.000 millones de dólares adicionales

UNCTAD estima que un aumento del 50 % en los precios del petróleo —como el observado tras la escalada militar en Ormuz— incrementaría en 20.400 millones de dólares anuales la factura de importación energética de estos países. La mayor parte recaería sobre los PMA (16.100 millones), seguidos por los PEID (4.300 millones).

Para algunos Estados, el impacto es desproporcionado:

  • Mauritania vería aumentar su factura en 7,3 % del PIB
  • Gambia en 6,3 %
  • Vanuatu en 5,8 %
  • Maldivas en 5,2 %

En economías con márgenes fiscales estrechos, estas cifras equivalen a sacrificar inversión social, infraestructura o programas de desarrollo. En algunos casos, significan renunciar a subsidios energéticos, lo que se traduce en aumentos de tarifas eléctricas, transporte más caro y una presión inflacionaria que golpea a los hogares más pobres.

Dependencias peligrosas: cuando no hay alternativas

El informe revela otro dato inquietante: varios países vulnerables dependen directamente del Golfo para abastecerse. Seychelles obtiene el 99 % de su petróleo de la región de Ormuz, Uganda el 61,5 %, Mauricio el 58,3 %, Tanzania el 56 %. La interrupción del flujo no solo encarece el combustible: obliga a buscar proveedores alternativos en un mercado saturado y volátil.

La geografía energética se convierte así en destino económico. La dependencia de un único corredor marítimo —estrecho, militarizado y geopolíticamente volátil— convierte a estos países en rehenes de dinámicas que no controlan.

Inflación, deuda y desaceleración: la tormenta perfecta

El alza del petróleo actúa como un multiplicador de fragilidades:

  • Inflación: el aumento del costo del transporte y los combustibles se traslada rápidamente al precio de los alimentos y bienes esenciales.
  • Presión fiscal: los gobiernos deben elegir entre subsidiar el combustible o sostener servicios básicos.
  • Desaceleración económica: mayores déficits externos, depreciación monetaria y tasas de interés más altas frenan el crecimiento.
  • Riesgo social: el encarecimiento de la vida puede desencadenar protestas en países con escaso margen político.

UNCTAD advierte que, sin alivio, estos shocks “profundizarán las vulnerabilidades estructurales” ya existentes. En otras palabras: la crisis energética puede convertirse en crisis política.

Una arquitectura energética desigual

La situación actual no es un accidente: es el resultado de décadas de dependencia energética, falta de diversificación y una arquitectura global que penaliza a quienes menos capacidad tienen de absorber shocks externos. Los países vulnerables pagan más por importar energía, tienen menos acceso a financiamiento y enfrentan mayores costos logísticos.

La crisis de Ormuz expone esta asimetría con crudeza: mientras las grandes potencias pueden recurrir a reservas estratégicas, diversificar proveedores o influir en los mercados, los países más pobres quedan atrapados en un sistema que amplifica su fragilidad.

¿Qué salida?

El informe no se limita al diagnóstico. Señala la necesidad urgente de:

  • mecanismos de alivio financiero para absorber el shock de precios,
  • garantías de suministro para evitar interrupciones críticas,
  • inversiones en energías renovables que reduzcan la dependencia del petróleo importado,
  • cooperación internacional para estabilizar los mercados y proteger a los más vulnerables.

Pero también deja entrever una advertencia más profunda: mientras la seguridad energética global siga dependiendo de cuellos de botella geopolíticos como Ormuz, las crisis serán recurrentes y sus costos recaerán siempre en los mismos.

La pregunta, en última instancia, no es solo cómo gestionar esta crisis, sino cómo transformar un sistema energético que reproduce desigualdades estructurales.



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Elena Rusca

Periodista, corresponsal en Ginebra

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