
Gael Yeomans y el segundo tiempo del Frente Amplio
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La elección de Gael Yeomans como nueva presidenta del Frente Amplio puede parecer, a primera vista, un episodio más de la vida interna de un partido. No lo es. O, al menos, no debería leerse solamente de esa manera. Ocurre después de la derrota electoral que llevó a José Antonio Kast a La Moneda, apenas unas semanas después de que el Frente Amplio concluyera su primer Congreso Ideológico y Estratégico y cuando Gabriel Boric comienza a encontrar su lugar en la política después de la Presidencia.
Es, por tanto, una elección sobre el futuro de una organización que durante una década recorrió un camino extraordinariamente rápido: nació cuestionando a la antigua izquierda, llegó a La Moneda, gobernó cuatro años, perdió el poder y ahora debe decidir qué quiere ser fuera del Estado.
Yeomans se impuso a Constanza Martínez con 5.667 votos, equivalentes al 54,71%, frente a los 4.353 sufragios, un 42,03%, obtenidos por la lista de la actual presidenta. Martínez quedará como secretaria general, de modo que el resultado no supone una ruptura orgánica. Pero sí modifica la relación de fuerzas dentro del partido.
Hay, sin embargo, una cifra bastante más incómoda que el resultado: votaron 10.358 militantes, apenas el 18,5% del padrón habilitado. Menos de uno de cada cinco afiliados participó en la elección de la dirección de uno de los principales partidos de la izquierda chilena.
La contradicción es evidente. El Frente Amplio acaba de declarar que quiere transformarse en un partido de mayorías populares, pero todavía tiene dificultades para movilizar a su propia militancia.
Después de La Moneda
La historia del Frente Amplio ha estado marcada hasta ahora por una velocidad política poco habitual.
La generación que irrumpió desde las movilizaciones estudiantiles cuestionando la política de los acuerdos y la administración del modelo neoliberal terminó gobernando Chile pocos años después. Gabriel Boric llegó a La Moneda antes de cumplir los 36 años y buena parte de quienes habían construido el nuevo espacio político pasó rápidamente de las organizaciones sociales, las universidades y el Congreso a ministerios, subsecretarías y servicios públicos.
El poder llegó antes que la consolidación del partido.
Esa secuencia importa porque ayuda a comprender el momento actual. Durante los cuatro años del gobierno de Boric, la identidad del Frente Amplio estuvo inevitablemente subordinada a las necesidades de gobernar. Hubo que negociar, administrar, moderar expectativas y construir acuerdos con fuerzas políticas que pocos años antes habían sido precisamente objeto de su crítica.
La derrota presidencial de 2025 cambió esa situación.
El Frente Amplio volvió a la oposición, esta vez frente a un gobierno situado ideológicamente en sus antípodas. Y entonces reapareció una pregunta que durante el ejercicio del poder podía postergarse: ¿qué clase de partido quiere ser?
La respuesta comenzó a construirse antes de la elección de Yeomans.
El Congreso que volvió a pronunciar la palabra socialismo
Entre marzo y julio, el Frente Amplio realizó su Primer Congreso Ideológico y Estratégico. Participaron más de cuatro mil militantes organizados en unas 250 unidades congresales en Chile y el extranjero.
Sus conclusiones tienen una importancia que quizás no ha sido suficientemente valorada.
El partido se definió explícitamente como socialista, feminista y ecologista, sostuvo que la concentración de la riqueza y la desigualdad no son accidentes sino consecuencias del modelo económico y planteó como horizonte la superación de su versión neoliberal. También propuso fortalecer el papel del Estado, avanzar hacia una mayor democracia económica y construir poder desde las comunidades y los territorios.
Pero probablemente la definición políticamente más significativa está en su diagnóstico sobre la sociedad chilena.
El documento sostiene que las causas que llevaron al ciclo de movilizaciones culminado en octubre de 2019 siguen presentes. El malestar simplemente ha cambiado de forma y hoy se expresa en el costo de la vida, el empleo, la vivienda, la seguridad y el endeudamiento. Al mismo tiempo, reconoce las dificultades que tuvo el propio Frente Amplio para conducir políticamente ese conflicto desde el gobierno.
Es una autocrítica importante.
También lo es otra conclusión: el partido reconoce haber encontrado un “límite político y electoral” y plantea la necesidad de ampliar su base social más allá de los sectores profesionales y universitarios que caracterizaron su nacimiento para avanzar hacia la construcción de “mayorías populares”.
Ese diagnóstico es probablemente más importante para comprender la elección de Yeomans que las antiguas genealogías de Convergencia Social o Revolución Democrática.
Yeomans no es solamente otro rostro
Gael Yeomans pertenece generacionalmente al Frente Amplio, pero su trayectoria política tiene características propias.
No procede directamente del núcleo universitario que quedó identificado con Boric, Giorgio Jackson y las dirigencias estudiantiles de comienzos de la década pasada. Su recorrido pasó por otras experiencias de la izquierda antes de confluir en Convergencia Social.
También tiene una implantación electoral particular. Es diputada desde 2018 y representa actualmente al Distrito 13 de la Región Metropolitana, compuesto por El Bosque, La Cisterna, Lo Espejo, Pedro Aguirre Cerda, San Miguel y San Ramón. Es decir, una zona muy distinta de los distritos donde inicialmente se concentró buena parte del voto del nuevo progresismo. La actual representación parlamentaria del FA confirma su presencia por ese distrito.
No es un dato menor.
Si el Congreso Ideológico dijo que el Frente Amplio debe salir de su nicho profesional y universitario para construir una mayoría popular, la biografía política y territorial de Yeomans resulta funcional a esa búsqueda.
También lo es su discurso.
Su lista no se llamó simplemente “Unidad para Avanzar”. Añadió una frase deliberadamente política: “Defendamos Chile con firmeza”.
La palabra relevante es firmeza.
El Frente Amplio necesita diferenciarse del gobierno de Kast, pero también necesita resolver qué tipo de oposición quiere ejercer. Puede limitarse a administrar institucionalmente su condición opositora o intentar convertirse en el núcleo de una alternativa política y social.
El Congreso ya había dado una señal. Identificó el avance de la ultraderecha como uno de los fenómenos centrales de este tiempo y reconoció que las fuerzas progresistas no han logrado responder con la misma eficacia política y emocional. También admitió que la izquierda necesita hablar desde los problemas cotidianos y no solamente desde los códigos de sus propios círculos políticos.
Yeomans parece querer conducir al partido desde esa interpretación.
La sombra inevitable de Boric
Y aquí aparece Gabriel Boric.
El expresidente no participó en la elección interna, pero reaccionó rápidamente al conocerse el resultado. Felicitó a Yeomans, habló con ella y comprometió su colaboración. “Tenemos que estar a la altura”, escribió al referirse a la tarea de construir partido y recuperar la política como instrumento de transformación social.
El gesto tiene importancia porque Boric enfrenta una situación inédita.
Nunca antes el Frente Amplio había tenido un expresidente de la República entre sus militantes.
Boric no dirige el partido, pero ninguna figura frenteamplista posee su capital político, reconocimiento internacional o experiencia de gobierno. Al mismo tiempo, su administración forma parte inevitable del balance que el propio Frente Amplio deberá realizar para comprender por qué una generación que llegó al poder prometiendo transformaciones terminó entregando La Moneda a la derecha más dura desde el retorno a la democracia.
La relación entre Yeomans y Boric será, por eso, bastante más interesante que una disputa entre lotes.
El desafío de la nueva presidenta no consiste en romper con Boric. Sería políticamente absurdo. Tampoco puede permitir que el partido permanezca organizado alrededor de la memoria de su gobierno.
El Frente Amplio necesita hacer algo más difícil: incorporar a Boric a su historia sin convertirlo en su futuro.
Eso supone valorar los avances de su administración, analizar sus límites y errores y, sobre todo, construir una identidad política que ya no dependa del liderazgo de quien fue Presidente.
En ese sentido, el triunfo de Yeomans podría representar el comienzo de una etapa pos-Boric, pero no necesariamente antiboricista.
Volver a la sociedad
El problema más profundo del Frente Amplio tampoco está dentro de sus órganos dirigentes.
Está fuera.
La izquierda chilena ha sufrido durante décadas una progresiva pérdida de inserción social. Los antiguos partidos construyeron sindicatos, federaciones estudiantiles, organizaciones poblacionales, asociaciones culturales y redes territoriales. Podía discutirse su burocratización, pero existía una relación cotidiana entre partido y sociedad.
El Frente Amplio nació de movimientos sociales y estudiantiles, pero paradójicamente se institucionalizó con extraordinaria rapidez.
En pocos años acumuló diputados, alcaldes, convencionales, ministros y finalmente un Presidente. Su crecimiento electoral fue mucho más veloz que su construcción territorial.
El Congreso Ideológico parece haber comprendido ese problema. De allí la insistencia en las comunidades, los territorios, las organizaciones sociales, los trabajadores, las pequeñas empresas, los cooperativistas y quienes trabajan por cuenta propia.
Pero escribirlo en un documento es bastante más sencillo que construirlo.
La participación del 18,5% en estas elecciones internas funciona como una advertencia.
Un partido puede tener decenas de miles de inscritos y, sin embargo, disponer de una militancia efectiva mucho menor. Puede tener parlamentarios visibles, presencia mediática y dirigentes conocidos y, al mismo tiempo, una estructura territorial débil.
Ese será posiblemente el examen más importante para Yeomans.
No si consigue ordenar las tendencias internas. No si logra instalar buenas vocerías en televisión. Ni siquiera si aumenta la confrontación parlamentaria con Kast.
La pregunta será si consigue convertir al Frente Amplio en aquello que su propio Congreso acaba de declarar que quiere ser: un partido arraigado socialmente y con vocación de mayoría.
Un segundo tiempo
El Frente Amplio de 2026 ya no puede ser el Frente Amplio de 2017.
Entonces representaba la novedad. Podía denunciar los límites de la transición desde fuera y presentarse como una generación que todavía no había tenido responsabilidades en la conducción del país.
Esa inocencia política terminó.
El Frente Amplio gobernó Chile. Administró el Estado, tomó decisiones, cometió errores, realizó reformas, negoció con los partidos tradicionales y conoció los límites institucionales y económicos del poder.
Eso no necesariamente lo debilita.
También puede hacerlo un partido más maduro.
Pero para ello deberá resistir dos tentaciones: convertirse simplemente en la administración política del legado de Boric o refugiarse en una radicalización discursiva que sustituya la construcción de fuerza social.
Entre ambas existe un espacio mucho más difícil: reconstruir una izquierda capaz de interpretar materialmente el malestar que atraviesa a la sociedad chilena.
Salarios, empleo, vivienda, pensiones, endeudamiento, servicios públicos, inseguridad, desigualdad territorial y concentración económica no son conceptos abstractos. Son experiencias cotidianas.
El Congreso Ideológico parece haber llegado a esa conclusión.
Ahora Gael Yeomans tendrá que demostrar si puede convertirla en política.
Su triunfo, por eso, importa bastante más que el nombre de quien ocupa la presidencia de un partido.
Puede ser simplemente otro cambio de directiva.
O puede marcar el comienzo del segundo tiempo del Frente Amplio: después de Boric, después del gobierno y después de la derrota, el intento de volver a construir desde la sociedad aquello que alguna vez creyó posible conquistar desde La Moneda.
Simón del Valle





