
Chile Renace y las contradicciones de la derecha
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La caída de la natalidad es uno de los problemas más serios que enfrenta Chile. Menos nacimientos significan una población envejecida, mayores presiones sobre los sistemas de pensiones y salud, menor disponibilidad futura de trabajadores y nuevos desafíos para el crecimiento económico.
En ese sentido, el anuncio del Plan Chile Renace responde a una preocupación legítima. La pregunta no es si existe una crisis demográfica. La pregunta es si el gobierno está comprendiendo correctamente las causas de esa crisis.
Porque detrás de la baja natalidad chilena se esconden dos grandes transformaciones: una económica y otra cultural. Y ambas parecen entrar en tensión con las ideas predominantes en La Moneda.
La primera transformación tiene que ver con las condiciones materiales de vida.
Durante décadas, la formación de una familia estuvo asociada a ciertas certezas básicas: empleo relativamente estable, acceso a la vivienda, expectativas de movilidad social y una red de protección capaz de enfrentar momentos difíciles.
Hoy buena parte de esas certezas se han debilitado.
Miles de jóvenes enfrentan dificultades para acceder a una vivienda propia. Los costos de la crianza aumentan año tras año. Los salarios no siempre permiten proyectar una vida familiar con tranquilidad. La precariedad laboral sigue afectando a amplios sectores. El endeudamiento se ha convertido en una característica permanente de muchos hogares.
En estas condiciones, tener hijos ya no es solamente una decisión afectiva o cultural. También es una decisión económica.
Por eso resulta difícil separar el debate sobre la natalidad de las políticas económicas impulsadas por el propio gobierno.
Mientras Chile Renace busca incentivar la formación de familias, el Ejecutivo impulsa simultáneamente una reducción de impuestos, recortes presupuestarios y una disminución del papel del Estado en diversas áreas.
Aquí aparece una primera contradicción.
Las experiencias internacionales que han logrado contener parcialmente la caída de la natalidad no se basan únicamente en llamados a fortalecer la familia. Francia, los países escandinavos y diversas naciones europeas han desplegado amplias políticas públicas de apoyo a la crianza, acceso a salas cuna, subsidios familiares, permisos parentales y sistemas de cuidado.
Todas esas iniciativas requieren recursos fiscales.
La pregunta es inevitable: ¿cómo financiar políticas familiares ambiciosas en un contexto donde el gobierno busca reducir los ingresos del Estado?
La contradicción se vuelve aún más evidente cuando el propio Ministerio de Hacienda reconoce que el equilibrio fiscal prometido se encuentra más lejos de lo previsto y solicita nuevas autorizaciones de endeudamiento. Si el crecimiento económico no genera rápidamente los recursos esperados, el Estado deberá elegir entre aumentar deuda, recortar gasto o revisar sus compromisos tributarios.
Pero existe una segunda contradicción, quizás más profunda.
La crisis demográfica no ocurre en el mismo país que existía hace cincuenta años.
El Chile contemporáneo ha experimentado transformaciones sociales de enorme magnitud. La incorporación masiva de las mujeres al trabajo remunerado, la expansión de la educación superior, el aumento de la autonomía femenina, la disminución del matrimonio como institución dominante y la aparición de nuevas formas de convivencia han modificado profundamente la estructura familiar.
La familia nuclear tradicional dejó de ser la experiencia predominante para millones de personas.
Hoy existen hogares monoparentales, familias reconstituidas, parejas que conviven sin casarse, mujeres que encabezan hogares y múltiples formas de organización familiar que forman parte de la realidad cotidiana del país.
Estos cambios no son fenómenos pasajeros ni modas culturales. Son transformaciones estructurales vinculadas a procesos económicos, educativos y sociales desarrollados durante décadas.
Sin embargo, una parte importante de la derecha gobernante observa estos cambios con inquietud.
Al igual que otros movimientos conservadores contemporáneos, desde Argentina hasta Estados Unidos, sectores relevantes del oficialismo han incorporado la llamada «batalla cultural» como uno de los ejes de su proyecto político. Desde esa mirada, la crisis de la natalidad aparece asociada al debilitamiento de los valores tradicionales, a la transformación de la familia y a los cambios en las relaciones entre hombres y mujeres.
El problema es que las evidencias disponibles muestran una realidad mucho más compleja.
Las personas no están dejando de tener hijos únicamente porque hayan cambiado sus valores. También influyen la inseguridad económica, el costo de la vivienda, la falta de tiempo, las dificultades de conciliación entre trabajo y familia y la ausencia de sistemas de cuidado suficientemente desarrollados.
Reducir el problema a una cuestión cultural puede resultar políticamente atractivo. Pero difícilmente permitirá resolverlo.
La reciente encuesta Criteria ofrece una pista relevante. Entre febrero y junio la esperanza cayó de manera significativa, mientras aumentaron el miedo y la tristeza respecto del futuro. Son indicadores que van más allá de la aprobación presidencial. Reflejan el estado de ánimo de una sociedad que observa con incertidumbre los años que vienen.
Y pocas decisiones requieren más confianza en el futuro que la decisión de tener hijos.
Por eso la verdadera discusión sobre Chile Renace no consiste en determinar cuántos niños nacen cada año. La cuestión de fondo es qué condiciones materiales, económicas y culturales ofrece la sociedad para que las personas desarrollen sus proyectos de vida.
Si el diagnóstico del gobierno se limita a una defensa abstracta de la familia tradicional, corre el riesgo de ignorar las transformaciones profundas que ha experimentado Chile.
Y si pretende resolver la crisis demográfica sin fortalecer las políticas públicas que apoyan a las familias, puede terminar chocando con las limitaciones de su propio modelo económico.
La baja natalidad constituye un desafío real. Pero las respuestas exigen comprender el país que existe y no el país que algunos quisieran recuperar.
El riesgo de Chile Renace es precisamente ese: intentar reconstruir un país que ya no existe
Félix Montano
Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín





