
Colombia votó, pero aún no sabe quién gobernará
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A primera vista, la elección presidencial colombiana parece confirmar una tendencia que atraviesa América Latina. Después de la llegada de Javier Milei en Argentina y de José Antonio Kast en Chile, la victoria de Abelardo de la Espriella parece consolidar un nuevo avance de las derechas en la región.
Sin embargo, una mirada más detenida muestra una realidad bastante más compleja.
La elección colombiana no produjo una victoria aplastante. Tampoco una derrota categórica de las fuerzas progresistas. Lo que dejó fue un país prácticamente dividido en dos mitades y un presidente electo que, aun si el escrutinio confirma los resultados preliminares, asumirá con un mandato políticamente frágil.
La estrecha diferencia entre De la Espriella e Iván Cepeda explica buena parte de las tensiones que han surgido tras la votación. El candidato de derecha se proclamó vencedor sobre la base del preconteo, mientras el Pacto Histórico anunció impugnaciones y solicitudes de revisión de miles de mesas electorales.
Todo indica que el escrutinio oficial terminará resolviéndose dentro de los mecanismos institucionales previstos por la legislación colombiana. No existen antecedentes que permitan hablar de un fraude masivo ni de una crisis comparable a otras controversias electorales latinoamericanas recientes.
Pero el problema de fondo no es jurídico.
Es político.
La verdadera noticia que deja esta elección es que Colombia sigue siendo un país profundamente dividido respecto de su futuro.
Durante décadas la izquierda colombiana fue una fuerza marginal en la política nacional. La llegada de Gustavo Petro a la presidencia en 2022 modificó ese panorama. Por primera vez una coalición progresista logró ocupar el Palacio de Nariño y poner en marcha reformas que alteraron el debate público sobre desigualdad, derechos sociales, transición energética y papel del Estado.
Ese proceso generó apoyos entusiastas y también fuertes resistencias.
La elección de 2026 representa precisamente la expresión electoral de ese conflicto.
La derecha consiguió recuperar la presidencia, pero no logró derrotar políticamente al petrismo. Por el contrario, los resultados muestran que cerca de la mitad del electorado continúa respaldando las transformaciones iniciadas durante los últimos años.
La conclusión parece evidente: Colombia cambió.
Y ese cambio no desaparece porque una elección entregue la victoria a un candidato de signo contrario.
Este es quizás el principal desafío que enfrentará Abelardo de la Espriella.
Gobernar un país polarizado siempre resulta complejo. Gobernarlo después de una elección definida por un margen mínimo es todavía más difícil.
La tentación de interpretar el resultado como un mandato para revertir rápidamente las reformas impulsadas por Petro podría transformarse en un error político de grandes proporciones. Una parte sustancial de la sociedad colombiana considera esas reformas conquistas legítimas y no una anomalía histórica que deba ser corregida.
La experiencia reciente de América Latina ofrece múltiples ejemplos de los riesgos que enfrentan los gobiernos que confunden una victoria electoral estrecha con una autorización para imponer transformaciones radicales sin construir consensos.
En ese sentido, el desafío colombiano guarda cierta semejanza con procesos observados en otros países de la región.
La derecha ha ganado elecciones importantes, pero no ha conseguido establecer una hegemonía política duradera. La izquierda ha sufrido derrotas electorales, pero tampoco ha desaparecido como fuerza social relevante.
Lo que emerge es un escenario de equilibrio inestable.
La alternancia entre proyectos políticos distintos no resuelve automáticamente las tensiones acumuladas en torno a la desigualdad, la seguridad, el crecimiento económico o la distribución del poder. Esas disputas continúan abiertas y reaparecen una y otra vez bajo nuevas formas.
Por eso la elección colombiana tiene una importancia que trasciende las fronteras del país.
Representa una fotografía bastante precisa del momento político latinoamericano.
Las fuerzas conservadoras avanzan en varios países, pero lo hacen sobre sociedades profundamente transformadas por décadas de movilización social, expansión de derechos y demandas de mayor igualdad. Al mismo tiempo, los sectores progresistas mantienen una capacidad significativa de representación, aunque enfrentan dificultades para traducirla en mayorías estables.
Ninguno de los dos bloques parece estar en condiciones de imponer un proyecto histórico sin resistencia.
Colombia constituye hoy una expresión particularmente clara de esa realidad.
Más allá de quién termine ocupando la Casa de Nariño, casi la mitad del país seguirá sintiéndose excluida de la victoria. Y esa es una situación que ningún escrutinio puede resolver.
Las autoridades electorales probablemente determinarán en los próximos días quién ganó la elección.
Lo que seguirá abierto será una pregunta mucho más importante: cómo gobernar un país donde dos visiones opuestas del futuro cuentan con apoyos prácticamente equivalentes.
Esa disputa no terminó el día de la votación.
Probablemente recién comienza.
Carlos Pérez





