
Presidente Kast traicionó a su electorado
Tiempo de lectura aprox: 5 minutos, 45 segundos
A estas alturas, al parecer ya no nos estamos llenando de sorpresa, en realidad, con toda la actitud del gobierno de José Antonio Kast, o de “José Kast”. Todos los días, al parecer, hay una suerte de discurso que no se condice con la realidad. Y pareciera ser que el gobierno, cada vez que habla el propio Presidente, está improvisando, mintiendo. Lo que encuentro más grave aún es que incluso le miente a su propio electorado, y creo que eso es lo más preocupante.
Hace unos tres días hubo un anuncio de cambio al Decreto Supremo N.º 177 para facilitar la contratación de trabajadores extranjeros en el sector agrícola. La propuesta amplía la permanencia de seis a diez meses, simplifica los requisitos de ingreso y permite contratos con firma electrónica. De alguna forma, esto responde un poco a los dichos del ministro Campos hace algunas semanas, cuando señaló que los chilenos eran «muy pechugones».
Aquí el asunto se vuelve interesante, porque yo he sido una de las personas que ha planteado la tesis según la cual José Antonio Kast llega al poder, más bien, gracias a este discurso antimigrante que ha estado muy presente en los medios de comunicación y que se ha enquistado profundamente en el sentido común nacional. Esto ocurre, por supuesto, debido a una serie de factores que tampoco hay que negar: la falta de políticas de integración, los problemas de convivencia, el crimen organizado internacional y también esa percepción de que los extranjeros les están “quitando” el trabajo a los chilenos. Todo ese conjunto de elementos alimenta un resentimiento que finalmente le permite a Kast acceder a la máxima autoridad del país.
A eso súmese que, en campaña, dijo que iba a expulsar a 300.000 venezolanos. Después, con el paso del tiempo, comenzó a decirse que eso no era exactamente lo que había querido decir; que más bien era una “metáfora” (cuando en realidad es una hipérbole). En definitiva, improvisación total, incertidumbre total como forma de hacer política. Y eso tiene bastante relación con el historial político más bien mediocre que tuvo como parlamentario José Antonio Kast y que, para los analistas, no constituye ninguna novedad. No hay mucho de qué sorprenderse. Se trata de un gobierno con bastante improvisación, sobre todo en el núcleo del Partido Republicano, que carece de experiencia en el manejo del Estado. Su discurso antiestatista termina traduciéndose en una falta de cuadros preparados para administrar el aparato estatal. Esas tesis provenientes del chicago-gremialismo, de las cuales ellos se sienten muy orgullosos, junto con el legado de Jaime Guzmán, terminan expresándose, en la práctica, en una improvisación constante y también en una decepción para quienes votaron por él. Al final, no se sabe muy bien hacia dónde va el gobierno ni cuál es exactamente su proyecto. Más o menos se ha ido avanzando sobre la marcha, aunque sí parece claro un objetivo: favorecer, sobre todo, a la empresa privada.
Entonces, ¿qué podemos visualizar aquí? Primero, la contradicción entre el discurso antimigrante de campaña y esta política de incentivo a la inmigración hacia el campo. Uno podría pensar que esto resulta contradictorio o sorpresivo para sus electores, pero en realidad no tiene nada de sorprendente cuando uno revisa la literatura especializada. Esto ha ocurrido muchas veces con las ultraderechas.
Esto es una suerte de nativismo pragmático (en la línea de Cass Mudde y Cristóbal Rovira). Es decir, en un primer momento se plantea la necesidad de construir una “zanja” para erradicar, expulsar o impedir el ingreso de inmigrantes, apelando al pilar de la defensa de la cultura nacional frente a lo que peyorativamente se denomina la cultura “caribeña”, un término de enorme ambigüedad semántica que suele utilizarse para referirse a inmigrantes venezolanos, colombianos, dominicanos, ecuatorianos, haitianos y, en general, a quienes provienen de esa zona de Nuestra América.
Pero ¿qué ocurre en la práctica? Prima el chicago-gremialismo; prima la lógica económica. El agro, la construcción y muchas veces el sector servicios necesitan mano de obra inmigrante. Por lo tanto, el discurso termina quedando en nada. Se necesita mano de obra barata para que el sistema funcione y, sobre todo, para aceptar trabajos que muchos chilenos no están dispuestos a realizar por salarios mínimos. Finalmente, lo que termina favoreciéndose es una lógica de explotación capitalista.
Entonces pasa lo mismo que ocurrió con Donald Trump, con Giorgia Meloni en Italia e incluso con Viktor Orbán en Hungría. No es necesariamente que hayan mentido; más bien, el discurso es cultural, mientras que la gestión económica responde a otra lógica. Y en esa tensión termina imponiéndose la economía. En otras palabras, termina ganando la tesis que planteaba el ministro Campos cuando decía que el agro necesitaba mano de obra extranjera, algo que ya había señalado anteriormente el presidente de la Sociedad Nacional de Agricultura, Antonio Walker, durante el gobierno de Gabriel Boric.
Me imagino que muchas de las personas que votaron por José Antonio Kast deben sentirse algo desilusionadas. El apoyo a su gestión ha ido disminuyendo considerablemente, y eso que apenas llevamos poco más de cien días de gobierno.
Dicho esto, pasemos al otro eje de análisis, que también se relaciona con lo anterior: el recorte de beneficios sociales para favorecer a los sectores más ricos de Chile, cuestión que está estrechamente vinculada con la lógica del Chicago-gremialismo y con la defensa irrestricta del modelo neoliberal.
La ultraderecha latinoamericana combina básicamente dos elementos. En primer lugar, un conservadurismo moral de carácter autoritario: familia, orden y mano dura. Esa “mano dura” significa seguridad y combate a la delincuencia (de los pobres). En segundo lugar, neoliberalismo: menos Estado, menos impuestos para las empresas y menos gasto social. En el fondo, eso es precisamente lo que hemos visto, leído y escuchado del ministro Jorge Quiroz. En ese sentido, son bastante coherentes con esa línea.
Esta derecha radical utiliza el discurso cultural o la defensa de los valores nacionales para conquistar electoralmente a los sectores populares, algo que se vio favorecido por la expansión del crimen organizado internacional, especialmente de origen venezolano, en algunas comunas de Santiago, el norte y el sur de Chile. Entonces mucha gente comenzó a asociar determinadas nacionalidades con el crimen organizado, percepción que todavía persiste.
Sin embargo, en materia económica aplican políticas que benefician a los privados y a las élites económicas. En ese sentido, no hay absolutamente nada nuevo. De hecho, esto puede rastrearse perfectamente en los discursos de la Unión Demócrata Independiente (UDI) durante los años noventa. Desde mi punto de vista, incluso podríamos plantear la hipótesis de que José Antonio Kast intenta traer nuevamente esas tesis al presente, y creo que, en buena medida, eso es precisamente lo que está intentando hacer.
Ahora bien, también ha cambiado un poco la estrategia de esta derecha radical. Marcelo Casals [La creación de la amenaza roja: del surgimiento del anticomunismo en Chile a la “campaña del terror” de 1964, 2007] ya lo planteaba al estudiar la derecha chilena de los años sesenta: en ese entonces el anticomunismo servía para unir a ricos y pobres, aunque en la práctica lo que se defendía era el orden y el derecho de propiedad, entendido como algo prácticamente sagrado, siguiendo las tesis de Jaime Guzmán Errázuriz en la revista Fiducia de la década del sesenta. Hoy ese anticomunismo adopta otros nombres: antiprogresismo, antidelincuencia o combate al crimen organizado.
Es posible que el ciudadano común ya haya percibido este desalineamiento. Quizás quienes votaron por José Antonio Kast todavía no quieran reconocerlo, pero esa parece ser una de las características más visibles del momento actual.
Ahora bien, también hay que preguntarse qué ha ocurrido con la oposición. Ahí están todas las divisiones que han surgido al interior del Partido Socialista, un partido que, en la práctica, hace bastante tiempo dejó de ser “socialista”, y también el PPD, que intentó establecer un acuerdo con Jorge Quiroz.
Como me dijo esta semana un militante de la Izquierda Cristiana: “La oposición es neoliberal y quiere aparecer como la salvadora del país”. Yo incluso diría que ya ni siquiera puede hablarse propiamente de una oposición neoliberal, porque eso termina siendo casi un oxímoron: cuesta hablar de oposición cuando, en lo fundamental, se comparte el mismo horizonte económico.
Por lo tanto, la gran disyuntiva sigue siendo la izquierda: cómo construir una alternativa. Algunos autores hablan precisamente de una falta de relato. Incluso entre personas que uno lee habitualmente —por ejemplo, en los comentarios de El Clarín de Chile— pareciera que existiera una “competencia permanente” por demostrar quién tiene la “razón”. Y la verdad es que hoy no estamos en condiciones de seguir compitiendo intelectualmente, algo que ocurre mucho más de lo que uno cree. Siempre será positivo que exista la crítica, por cierto, pero los tiempos actuales no están para estas disputas intelectuales cuando la ultraderecha chilena, y ni hablar de la ultraderecha internacional, hace mucho tiempo viene avanzando con mucha mayor eficacia. No es momento para pequeñeces ni para discusiones casi exclusivamente académicas. Lo que hoy se necesita es una práctica política mucho más consistente.
Ya lo decía Razmig Keucheyan en Hemisferio izquierda: históricamente, intelectuales como Lenin o Rosa Luxemburgo dirigían organizaciones o partidos políticos. Hoy, en cambio, el intelectual crítico —que identifica el autor francés con el intelectual de izquierda— se encuentra principalmente en las universidades, especialmente en las universidades estadounidenses. Claro está que Keucheyan lo plantea en términos globales, pero también puede observarse aquí: muchos intelectuales de izquierda estamos en la universidad. Representamos un campo que posee un importante capital cultural y simbólico, pero la verdad es que para la persona que vive en Chile y sufre explotación todos los días eso tiene muy poca importancia. Le da exactamente lo mismo.
Por eso siempre recomiendo leer el poema “Un hombre pasa con un pan al hombro”, de César Vallejo. Creo que ese texto expresa de manera extraordinaria el cuestionamiento que hace el gran poeta peruano a la obsesión por las grandes teorías y las grandes abstracciones cuando, al mismo tiempo, hay personas comunes que realmente lo están pasando muy mal.
Fabián Bustamante Olguín
Doctor en Sociología. Académico del Departamento de Teología, Universidad Católica del Norte, Coquimbo.





