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De la mediocridad en política: Cuando no hay izquierda que confronte al neoliberalismo se abre espacio a la ultraderecha

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La derrota electoral de Gabriel Boric y Jeannette Jara no fue un accidente, sino la culminación de un proceso de alienación política donde la izquierda chilena asumió los límites del capitalismo neoliberal como un destino ineludible. El gobierno de Boric administró el modelo en lugar de combatirlo, y Jara, en su campaña, ofreció apoyo a Kast «en todo lo que sea bueno para Chile», diluyendo cualquier horizonte transformador. Este vacío programático abrió las puertas a José Antonio Kast, quien ganó con un 58,16% en el balotaje, consolidando un gobierno que hoy, con Jorge Quiroz en Hacienda y Claudio Alvarado como biministro, avanza sin contrapeso en su agenda de privilegios para la oligarquía. La izquierda en migajas, al asumir que el capitalismo neoliberal es el único marco posible, se convirtió en cómplice de su propia irrelevancia.

La ofensiva de Kast no se explica solo por su victoria electoral, sino por haber logrado imponer el sentido común desde el cual se organiza la política chilena. Su gobierno presenta la inversión privada, la reducción de trabas regulatorias y la seguridad para los capitales como condiciones naturales del desarrollo. Jorge Quiroz, desde Hacienda, ha defendido la necesidad de entregar certezas a los inversionistas y recuperar el crecimiento como prioridad nacional. El problema es que la discusión política queda encerrada en una pregunta limitada: cómo hacer funcionar mejor el modelo capitalista neoliberal, no cómo transformarlo.

La negociación sobre la invariabilidad tributaria reveló con claridad este desplazamiento del debate. Sectores del PPD justificaron sus acuerdos con Hacienda argumentando que Chile necesita inversión y crecimiento para financiar políticas sociales. Pero al aceptar ese razonamiento como punto de partida, la centroizquierda terminó adoptando la premisa fundamental del neoliberalismo: primero garantizar las condiciones del capital y luego distribuir los beneficios. La disputa ya no es sobre la concentración de la riqueza, sino sobre la administración más eficiente de sus consecuencias.

El Partido Socialista expresa una crisis similar. Las diferencias entre dirigentes como Paulina Vodanovic, partidaria del diálogo parlamentario, y sectores más críticos representados por Daniel Manouchehri y Daniella Cicardini, muestran una organización dividida entre negociación y denuncia. Sin embargo, ambas posiciones comparten un límite: ninguna logra instalar una alternativa económica capaz de cuestionar la estructura de poder construida en torno a los grandes grupos económicos. La izquierda discute cómo oponerse al gobierno, pero no qué sociedad propone construir.




Incluso las críticas provenientes de figuras como Carlos Ominami muestran esa dificultad. Sus cuestionamientos a la orientación económica del gobierno de Kast apuntan a una conducción excesivamente favorable al mercado (así evita hablar de capitalismo) y a una pérdida del papel estratégico del Estado. Sin embargo, su alternativa continúa apoyándose en la cooperación público-privada, una fórmula asociada al ciclo de la Concertación. La crítica se dirige entonces a la gestión del modelo, pero no necesariamente a sus fundamentos.

El Partido Comunista mantiene un discurso más confrontacional, con dirigentes como Camila Vallejo denunciando que la orientación de Kast se aproxima a experiencias como las de Javier Milei y Donald Trump. No obstante, la oposición continúa enfrentando una dificultad central: denunciar los efectos sociales del neoliberalismo no basta si no existe una propuesta capaz de disputar su estructura. Sin una nueva estrategia sobre recursos naturales, pensiones, tributación y poder económico, la crítica queda reducida a la resistencia. Boric, por su parte, ensaya un tono de «estadista» junto a su sucesor, sin incomodar al establishment. Ambos operan con un libreto coordinado: ella marca el contraste, él cuida el legado. Pero ni uno ni otro promueven un debate interno sobre la derrota de su gobierno, ni sobre su incapacidad para conectar con las demandas populares. Su lenguaje, al referirse al «mercado» como entidad neutral, revela que han interiorizado el contrabando ideológico de la derecha, que naturaliza el capitalismo como si fuera un hecho de la naturaleza y no una construcción política.

La explicación de esta crisis puede encontrarse en la idea gramsciana de hegemonía: una fuerza política pierde capacidad transformadora cuando comienza a utilizar las categorías intelectuales de su adversario. En Chile, conceptos como «certeza para la inversión», «competitividad» y «responsabilidad fiscal», defendidos con uñas y garras por Mario Marcel, se han convertido en principios compartidos transversalmente, mientras desaparecen del debate público nociones como concentración económica, democratización de la riqueza o control estratégico de los recursos nacionales.

La rebelión social de octubre de 2019 expresó un rechazo profundo al orden neoliberal construido desde la dictadura y administrado durante décadas por distintos gobiernos. Pero la izquierda institucional no quiso convertir ese malestar en un proyecto histórico alternativo. Mientras la derecha avanza ofreciendo orden, crecimiento y autoridad, la izquierda aparece atrapada en la gestión del mismo horizonte que alguna vez prometió superar. La crisis no es solamente electoral: es la pérdida de una idea con proyecto de transformación.

 

Leopoldo Lavín Mujica

 

Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín

 



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Leopoldo Lavín

B.A. en philosophie et journalisme, M.A. en Communication publique de l’Université Laval, Québec, Canadá.
  1. Serafín Rodríguez says:

    La poca izquierda que la dictadura dejó en estado comatoso la remató la posdictadura.
    De ella sólo queda la etiqueta que algunos se cuelgan al cogote con fines electorales.
    Esto está más que claro desde el tal llamado «Grito de Aguiló» que terminó en chillido.

    N.B. Ver al respecto el artículo «Chile entre dos derechas» de Sergio Aguiló Melo (2002).

  2. Abelardo Clariana Piga says:

    El análisis también vale para muchos países europeos, si se considera a la social-democracia como izquierda. Los sindicatos han estado ligados a esos partidos por decenios y todavía no rompen ese vínculo que no les sirve.

    Hay partidos de izquierda pero son marginados, sus programas no llegan a mucha gente por lo que no tienen gran apoyo.

  3. Felipe Portales says:

    Y lo peor de todo es que la autoproclamada «centro-izquierda» se constituyó ¡en el complemento necesario de la dictadura! ya que para la derecha era completamente imposible -dado que había sido su inspiradora- luego de 1990 legitimar y consolidar la obra de la dictadura (Constitución del 80 y modelo neoliberal). No habría tenido ninguna legitimidad para hacerlo. Es decir, para todos los efectos prácticos la Concertación se convirtió en la eficaz heredera de la dictadura que legitimó, consolidó y hasta profundizó su obra política y económico-social…

  4. Hugo Latorre says:

    Totalmente de acuerdo con la posición de Leopoldo. Si no existe una propuesta específicamente alternativa al capitalismo neoliberal, la llamada «izquierda» seguirá siendo el acompañamiento en este plato servido desde la dictadura.
    No es fácil plantear una alternativa cuando desde los sectores llamados de «izquierda» o progresista, existe la convicción que el capitalismo es su destino final. Ni siquiera se dan un paseo intelectual por las teorías críticas ni miran las experiencias de países que abordan con éxito este momento de la historia.
    Tampoco saben que el modelo neoliberal ha fracasado tres veces, de manera rotunda en Chile: en 1975, en 1983, en 1989 (con un desequilibrio de deuda y presión inflacionaria que prometía otro desastre. Eso costó privatizar la minería). Y nos encontramos en medio de otro fracaso, al terminar el ciclo salvador de los precios de las materias primas en 2013. Desde ahí, nunca más crecimos, excepto en desigualdad y concentración obscena de la riqueza. Este cuarto fracaso es de inversión de los capitalistas, pues ya han acumulado tanto que ni siquiera guardan sus capitales en Chile. 162. 000 millones de dólares ha podido detectar el SII colocados en el extranjero…y nada pueden hacer. Chile alimentó cuervos y quieren entregar más alimento a ese pajarraco negro, que ya le comió los ojos al mismo pueblo que, en ceguera mística apoya electoralmente a sus gamonsles.

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