
La primera derrota cultural: “Escucha su corazón” dejó de convencer incluso a la derecha
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Toda guerra cultural necesita una victoria simbólica. Una ley capaz de instalar un nuevo sentido común, desplazar el debate público y demostrar que las ideas pueden transformarse en poder político. El proyecto «Escucha su corazón«, presentado por diputados del Partido Nacional Libertario, del Partido Republicano y patrocinado inicialmente por parlamentarios de Chile Vamos, aspiraba precisamente a eso: convertirse en la primera gran bandera valórica del gobierno de José Antonio Kast.
Ocurrió exactamente lo contrario.
En pocos días, la iniciativa comenzó a perder apoyos dentro del propio oficialismo, fue cuestionada por referentes intelectuales provenientes de tradiciones políticas muy distintas y terminó enfrentando un amplio rechazo ciudadano, según la última encuesta Pulso Ciudadano. Lo que pretendía inaugurar una nueva etapa de las guerras culturales en Chile terminó revelando, por ahora, los límites políticos de esa estrategia.
No se trata solamente de un traspié legislativo. Se trata de un error de cálculo político.
Una batalla que comenzó a fracturarse
La primera señal de alarma no provino desde la oposición ni desde las organizaciones feministas.
Llegó desde Renovación Nacional.
La diputada Ximena Ossandón anunció que retiraría su patrocinio al proyecto luego de reconocer públicamente que había cometido un error al firmarlo.
«Fue un error mío no haberlo leído cuando terminé de firmarlo».
Más tarde explicó que había entendido que escuchar los latidos del embrión sería una alternativa ofrecida por el médico y no una condición que, de rechazarse, impediría acceder a la interrupción del embarazo en las tres causales contempladas por la ley.
«La segunda parte del proyecto para mí fue una sorpresa».
Poco después surgió una segunda diferencia, esta vez desde el Partido Social Cristiano.
Su presidenta, la diputada Sara Concha, reiteró su posición provida, pero marcó distancia respecto de la iniciativa impulsada por Cristóbal Urruticoechea.
«No compartimos ese proyecto».
Y agregó una reflexión que abrió un debate dentro del propio mundo conservador.
«La defensa de la vida no puede transformarse en una revictimización de la mujer».
Las dos declaraciones rompieron la imagen de un oficialismo cohesionado en torno a la agenda valórica.
Un consenso crítico inesperado
Pero el problema del proyecto no terminó ahí.
Durante los últimos días aparecieron críticas provenientes de tres de los principales líderes de opinión del país, cada uno desde tradiciones intelectuales muy distintas.
Carlos Peña, en El Mercurio, desmontó el fundamento jurídico de la iniciativa.
Su argumento no consistió en defender el aborto ni en cuestionar las convicciones morales de sus impulsores. Fue mucho más preciso. Sostuvo que el proyecto utiliza de manera incorrecta el principio del consentimiento informado.
Como escribió:
«La obligatoriedad de oír los latidos fetales para la mujer que ha decidido abortar es un sinsentido.»
Y añadió una frase todavía más categórica:
«Pretender que se trata de darle información es pueril.»
Para Peña, la mujer que solicita la interrupción del embarazo ya conoce el hecho esencial: sabe que el embrión o feto está vivo. Escuchar sus latidos no incorpora un nuevo antecedente clínicamente relevante. La medida, por tanto, deja de ser un mecanismo destinado a informar para convertirse en un requisito que condiciona el ejercicio de un derecho reconocido por la legislación vigente.
Desde una perspectiva distinta, Paula Escobar, en La Tercera, interpretó la iniciativa como un intento de reabrir un debate que Chile resolvió institucionalmente con la aprobación de la ley de interrupción del embarazo en tres causales durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet.
Su columna sostiene que el proyecto se presenta como una modificación menor, pero termina alterando el equilibrio alcanzado por esa legislación. En su análisis, lejos de fortalecer el consentimiento informado, introduce un nuevo obstáculo para mujeres que enfrentan algunas de las circunstancias más dramáticas previstas por la ley: una violación, un embarazo inviable o un riesgo vital.
Óscar Contardo, también en La Tercera, dirigió su crítica hacia el lenguaje político utilizado por la iniciativa.
Observó que el nombre «Escucha su corazón» opera como un recurso retórico que busca presentar como un gesto de compasión lo que, en la práctica, constituye una restricción adicional para mujeres que ya viven situaciones extremas.
Su conclusión resume el sentido de toda la columna:
«El proyecto de ley está empapado de crueldad.»
Cuando la guerra cultural pierde la mayoría
Resulta poco frecuente que un mismo proyecto sea cuestionado simultáneamente desde registros argumentativos tan diferentes.
Carlos Peña lo hace desde la teoría jurídica del consentimiento informado.
Paula Escobar desde la evolución democrática de los derechos de las mujeres.
Óscar Contardo desde el análisis del lenguaje político y sus efectos simbólicos.
No llegan a la misma conclusión por compartir una misma ideología.
Llegan desde tradiciones intelectuales distintas.
Y precisamente por eso esa convergencia adquiere relevancia política.
A ello se suma la reacción ciudadana.
La última medición de Pulso Ciudadano muestra un amplio rechazo al proyecto, una señal de que la iniciativa no logró instalar una mayoría social favorable a su propuesta, pese a la fuerte exposición mediática que alcanzó durante los últimos días.
La primera derrota cultural
Las guerras culturales pueden movilizar a quienes ya comparten determinadas convicciones. Lo más difícil es convertir esas convicciones en mayorías políticas estables.
Ese parece ser, hasta ahora, el principal problema de «Escucha su corazón».
La iniciativa consiguió instalar el tema en la agenda pública. Pero esa visibilidad produjo efectos inversos a los esperados: abrió diferencias dentro del oficialismo, generó cuestionamientos desde el propio movimiento provida, recibió críticas de algunos de los principales referentes intelectuales del país y terminó enfrentando un rechazo significativo en la opinión pública.
Paradójicamente, el proyecto que buscaba inaugurar una nueva etapa de las guerras culturales terminó ofreciendo la primera evidencia de sus límites.
Las leyes pueden expresar convicciones. Pero para transformarse en política duradera necesitan algo más difícil de construir: legitimidad social. Y esa es, precisamente, la batalla que la nueva derecha chilena todavía no consigue ganar.
Félix Montano





