
Milei, Kast, Pinochet y la expansión de la ultraderecha
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Javier Milei no vino a Chile simplemente a pronunciar un discurso político: vino a reivindicar el golpe de Estado de 1973 y a hacerle propaganda a la dictadura de Augusto Pinochet. Que un presidente extranjero glorifique en Santiago a un régimen que destruyó la democracia, persiguió, torturó, asesinó y desapareció ciudadanos chilenos constituye una provocación política inaceptable. La historia de Chile no puede convertirse en combustible para la batalla ideológica de la ultraderecha internacional.
Pero el problema adquiere otra dimensión cuando se observa el contexto regional. Milei impulsa una política de fortalecimiento militar en Tierra del Fuego y ha anunciado una nueva base naval en el extremo austral argentino, vinculándola explícitamente con la presencia argentina en el Atlántico Sur y la Antártida. Al mismo tiempo, un alto mando de la Fuerza Aérea argentina, el brigadier general Gustavo Valverde, puso en cuestión la soberanía chilena sobre el Estrecho de Magallanes. No son hechos que deban confundirse entre sí, pero juntos obligan a Chile a permanecer extremadamente atento.
La memoria del Beagle hace todavía más delicado este episodio. Argentina y Chile estuvieron al borde de una guerra en 1978 por una disputa territorial que finalmente fue encauzada diplomáticamente mediante la mediación papal y el Tratado de Paz y Amistad de 1984. Precisamente por eso, cuando reaparece desde sectores militares argentinos un lenguaje que cuestiona soberanías territoriales chilenas, la respuesta democrática debe ser firme, serena y diplomática. No se trata de fabricar enemigos: se trata de no normalizar señales que afectan intereses nacionales fundamentales.
Y aquí la conducta de José Antonio Kast resulta particularmente preocupante. El presidente chileno comparte afinidades ideológicas con Milei y participó activamente en el Foro Madrid, precisamente el espacio donde el mandatario argentino desplegó su reivindicación de Pinochet. Pero la amistad política no puede estar por encima de los intereses permanentes de Chile y de su pueblo. No se puede ultrajar la memoria de sus líderes históricos como Allende, consecuente hasta la muerte con la idea socialista. Y Kast tiene la obligación constitucional y política de defender la soberanía chilena, los tratados internacionales y la democracia, aunque ello incomode a sus aliados ideológicos.
Lo que aparece detrás de estos episodios es una característica de las nuevas ultraderechas: su vocación expansiva. No se conforman con conquistar gobiernos nacionales; construyen redes internacionales, exportan discursos, coordinan dirigentes y buscan transformar sus victorias electorales en una fuerza política continental. Milei es hoy uno de sus principales propagadores. Su intervención en Chile, su defensa de Pinochet y su llamado a profundizar esa red muestran que la disputa ya no ocurre únicamente dentro de las fronteras nacionales.
La presencia de sectores de la ultraderecha chilena en esta operación tampoco es anecdótica. Chile aparece como un territorio político estratégico para esa expansión, justamente porque aquí existe una historia reciente que puede ser reinterpretada y utilizada como mito fundacional de un nuevo autoritarismo. Convertir a Pinochet en modelo, presentar el golpe como una necesidad histórica y relativizar las violaciones de los derechos humanos significa desplazar peligrosamente los límites de lo democrático.
Por eso la respuesta no puede ser el miedo ni la violencia, sino una movilización democrática, social y ciudadana capaz de poner un límite político a quienes pretenden normalizar el autoritarismo. Partidos democráticos, sindicatos, organizaciones sociales, universidades, movimientos ciudadanos y ciudadanos comunes deben defender la igualdad, las libertades públicas, los derechos humanos, nuestra memoria y la soberanía nacional. La democracia no se conserva sola: necesita ciudadanos dispuestos a defenderla cuando vuelve a ser amenazada.
Chile debe decirlo sin ambigüedades: se puede discutir el modelo económico, criticar a la izquierda, defender la concentración de la riqueza, querer naturalizar la desigualdad o sostener valores conservadores; lo que no puede aceptarse es reivindicar una dictadura como solución política. Y menos todavía permanecer callado cuando desde el exterior se glorifica el golpe mientras reaparecen controversias territoriales en el extremo austral. Frente a la expansión internacional de las ultraderechas, la respuesta debe ser igualmente internacionalista, pero democrática: más igualdad, más derechos, más ciudadanía y ninguna nostalgia por las dictaduras.
Leopoldo Lavín Mujica
