
PISA desnuda una década de retroceso educacional: seis de cada diez estudiantes chilenos no alcanzan el nivel básico en Matemática
Tiempo de lectura aprox: 5 minutos, 25 segundos
Los resultados de PISA 2025 vuelven a encender las alarmas sobre la educación chilena. El país retrocedió en Matemática y Lectura y continúa considerablemente por debajo del promedio de la OCDE. La caída, sin embargo, no comenzó con la pandemia: al comparar con 2015 aumenta en diez puntos porcentuales la proporción de estudiantes con desempeño insuficiente en ambas materias. Mientras el gobierno anuncia una política concentrada en recuperar aprendizajes, la evaluación revela también una paradoja: los estudiantes valoran altamente el apoyo de sus profesores y se ha reducido parcialmente la brecha socioeconómica.
Los resultados de la prueba PISA 2025 conocidos este martes entregan una señal difícil de soslayar sobre el estado de la educación chilena. No se trata solamente de una mala fotografía tomada después de la pandemia, sino de una tendencia que comienza a adquirir características estructurales: durante la última década Chile ha retrocedido en dos competencias fundamentales, Matemática y Lectura.
La evaluación del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA), realizada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), fue aplicada en Chile a 6.574 estudiantes de 15 años pertenecientes a 222 establecimientos, una muestra representativa de aproximadamente 248 mil jóvenes.
Los resultados promedio obtenidos por Chile en 2025 fueron inferiores a los de 2022 tanto en Matemática como en Lectura. En Ciencias, en cambio, se mantuvieron aproximadamente estables. Pero la comparación de más largo plazo resulta todavía más preocupante: los resultados actuales de Matemática y Lectura son significativamente inferiores a los registrados en 2015 y 2018.
La magnitud del problema aparece con mayor claridad cuando se observa cuántos estudiantes poseen las competencias consideradas mínimas.
En Matemática, apenas el 41% de los jóvenes chilenos alcanza el nivel 2 o superior, frente al 65% promedio de los países de la OCDE. Dicho de otra manera, el 59% de los estudiantes chilenos de 15 años no consigue alcanzar siquiera el nivel básico de competencia matemática establecido por PISA.
La distancia se mantiene, aunque es menor, en las otras áreas. En Lectura alcanza el nivel mínimo el 62% de los estudiantes chilenos, contra un 69% promedio de la OCDE, mientras en Ciencias lo consigue un 63%, frente al 74% de la organización.
También resulta inquietante lo que ocurre en el extremo superior. Prácticamente ningún estudiante chileno alcanza los niveles 5 o 6 de Matemática, aquellos que corresponden a jóvenes capaces de modelar situaciones complejas y seleccionar, comparar y evaluar distintas estrategias para resolverlas. En el promedio de la OCDE ese grupo representa el 8%. En Lectura, los estudiantes chilenos de alto desempeño representan apenas el 2%, contra un 6% promedio en la organización.
Una caída que comenzó antes de la pandemia
La comparación histórica obliga, además, a poner en perspectiva una explicación que ha dominado buena parte del debate educacional de los últimos años: los efectos del cierre de escuelas durante la pandemia.
No cabe duda de que la interrupción de clases presenciales provocó graves consecuencias educativas y sociales. Pero PISA muestra que el problema chileno viene de antes.
Entre 2015 y 2025, la proporción de estudiantes que no alcanza el nivel mínimo aumentó diez puntos porcentuales en Matemática y otros diez puntos en Lectura. En Ciencias, en cambio, no se registra un deterioro estadísticamente significativo durante el mismo período.
Por tanto, atribuir el fenómeno exclusivamente a la pandemia sería insuficiente. Los resultados sugieren un problema acumulado durante distintos gobiernos y administraciones, y abren una pregunta más profunda acerca de la capacidad que han tenido las políticas educativas chilenas para traducir reformas, recursos y cambios institucionales en mejores aprendizajes.
La contradicción es especialmente relevante porque los resultados nacionales del Simce 2025, conocidos en marzo pasado, habían mostrado señales de recuperación respecto del período de la pandemia. PISA introduce ahora una advertencia distinta: cuando se compara internacionalmente a los estudiantes de 15 años y se observa la trayectoria de una década, las debilidades siguen siendo profundas.
El gobierno pone el foco en los aprendizajes
El Ministerio de Educación ha interpretado los resultados como una confirmación de la necesidad de concentrar la política educacional en lo que ocurre dentro de las salas de clases.
La ministra María Paz Arzola sostuvo que los resultados muestran que el sistema todavía no logra recuperar completamente los niveles anteriores a la pandemia y afirmó que la prioridad de su administración será poner al Ministerio al servicio de los aprendizajes.
La estrategia del gobierno se articula con iniciativas como “Chile Aprende y Avanza”, “Directores por Chile” y la hoja de ruta denominada “Mineduc al servicio de los aprendizajes”, presentada recientemente a directores de establecimientos.
El Ejecutivo plantea, entre otras medidas, reforzar el diagnóstico individual de los rezagos mediante instrumentos como el Diagnóstico Integral de Aprendizajes, concentrar apoyos en los establecimientos con mayores dificultades, combatir el ausentismo y disminuir la carga burocrática que enfrentan profesores y equipos directivos.
Son respuestas que deberán ser evaluadas con el tiempo. Pero los propios datos de PISA establecen un límite para cualquier interpretación demasiado coyuntural: el deterioro en Matemática y Lectura comenzó bastante antes de la pandemia y atraviesa administraciones de distinto signo político.
Los profesores, una fortaleza inesperada
Uno de los resultados más interesantes de PISA contradice una interpretación frecuente que sitúa en los profesores buena parte de la responsabilidad por la crisis educacional.
Los propios estudiantes chilenos realizan una evaluación particularmente positiva de sus docentes.
Un 86% señala que sus profesores se interesan por el aprendizaje de cada estudiante, frente a un 69% promedio en la OCDE. La cifra chilena, además, mejoró respecto del 82% registrado en 2015.
Otros indicadores muestran igualmente una alta valoración del apoyo docente. El 76% de los estudiantes señala que recurre a sus profesores cuando necesita ayuda con sus estudios, prácticamente en línea con el promedio de la OCDE.
El dato no exime al sistema escolar ni a la profesión docente de sus propios desafíos, pero obliga a ampliar el diagnóstico. Si durante una década disminuyen los aprendizajes mientras los estudiantes perciben un elevado nivel de apoyo de sus profesores, las causas difícilmente pueden reducirse al desempeño individual de quienes enseñan.
PISA entrega algunas pistas adicionales.
Un 34% de los estudiantes chilenos asiste a establecimientos cuyos directores consideran que la falta de profesores dificulta, en alguna medida, la enseñanza. Un 31% está en escuelas donde las deficiencias de infraestructura son percibidas como un obstáculo y un 19% donde existe insuficiencia de materiales educativos.
A ello se agregan problemas dentro de las propias aulas. El 48% de los estudiantes señala que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales durante la mayoría o todas las clases de Ciencias, muy por encima del 28% promedio de la OCDE.
Menos apoyo familiar
Otro indicador que merece atención es el debilitamiento de la participación familiar.
En 2022, un 67% de los estudiantes chilenos señalaba que sus padres o tutores les preguntaban al menos una vez por semana qué habían hecho en el colegio. En 2025 la proporción disminuyó al 63%.
Más pronunciada es la caída entre quienes conversan semanalmente con sus padres acerca de problemas experimentados en la escuela: pasaron del 52% al 44% en apenas tres años.
PISA no permite establecer una relación causal simple entre cada uno de estos factores y los resultados académicos, pero dibuja un ecosistema educativo bastante más complejo que aquel que atribuye el desempeño escolar exclusivamente a profesores, programas de estudio o cantidad de horas de clases.
La paradoja de la desigualdad
No todos los resultados son negativos.
Uno de los cambios más interesantes se encuentra precisamente en uno de los problemas históricos de la educación chilena: su fuerte segmentación socioeconómica.
La diferencia de desempeño en Ciencias entre el 25% de estudiantes socioeconómicamente más aventajados y el 25% más desfavorecido alcanza 76 puntos en Chile, por debajo de los 85 puntos promedio de la OCDE.
Más importante aún, entre 2015 y 2025 esa brecha disminuyó. Y no lo hizo principalmente porque los estudiantes de mayores recursos empeoraran, sino porque mejoraron los resultados de los estudiantes provenientes de sectores desfavorecidos.
Un 13% de los alumnos pertenecientes al cuarto socioeconómico inferior consigue incluso situarse dentro del 25% de estudiantes de mejor rendimiento del país, proporción levemente superior al 12% promedio de la OCDE.
Surge así una paradoja que probablemente será parte del debate que abre PISA 2025: Chile parece haber conseguido avances parciales en equidad al mismo tiempo que deteriora sus niveles generales de aprendizaje en áreas fundamentales.
No basta, por tanto, con reducir las brechas si el conjunto del sistema pierde capacidades.
Una advertencia que atraviesa gobiernos
Chile continúa obteniendo resultados superiores a buena parte de América Latina, pero esa comparación resulta cada vez menos tranquilizadora. El país permanece considerablemente alejado de los niveles medios de la OCDE y, sobre todo, no muestra una trayectoria de convergencia hacia ellos.
La publicación de PISA tampoco debería transformarse en una disputa destinada simplemente a distribuir responsabilidades entre el gobierno actual y el anterior. La prueba fue realizada en 2025 y sus tendencias se extienden durante una década. Lo que describe es un problema que atraviesa gobiernos, reformas y orientaciones políticas diferentes.
Precisamente por eso el diagnóstico resulta más inquietante.
Que seis de cada diez estudiantes chilenos de 15 años no alcancen las competencias matemáticas consideradas básicas no constituye únicamente un problema escolar. Anticipa dificultades posteriores para acceder a la educación superior, desenvolverse en empleos crecientemente tecnificados y participar plenamente en una sociedad donde las capacidades de interpretar información, razonar y resolver problemas adquieren cada vez mayor importancia.
PISA 2025 deja, finalmente, una pregunta que ninguna administración puede eludir: después de décadas de reformas, cambios curriculares, nuevas instituciones y sucesivos programas educativos, ¿por qué el sistema escolar chileno sigue sin conseguir que una mayoría sustantiva de sus estudiantes alcance aprendizajes fundamentales?
La respuesta difícilmente estará en una sola causa. Pero los resultados publicados este martes indican que continuar administrando el problema tampoco parece suficiente.
