
Allende entre la Memoria y la traición
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Cada septiembre se repite la misma escena. Se llega hasta la estatua de Salvador Allende, se depositan flores, se guarda un minuto de silencio, se pronuncian palabras sobre democracia, memoria y derechos humanos. La ceremonia termina y cada cual vuelve a sus asuntos.
Allende queda allí, convertido en símbolo. Casi en una figura religiosa. Pero un símbolo separado de su contenido político, para terminar convertido en apenas una decoración de la memoria.
Porque Allende no fue solamente un presidente «democrático» que murió defendiendo La Moneda. Fue un socialista, un revolucionario, anti imperialista, un hombre que intentó transformar las relaciones de poder de la sociedad chilena. La Unidad Popular no fue un gobierno destinado a administrar mejor el mismo orden. Fue un proyecto de transformación que enfrentó a la burguesía chilena, a los grandes intereses económicos y al imperialismo norteamericano, llegará el momento donde tendremos que profundizar sobre sus errores que llevaron el proceso a su derrota.
La operación posterior fue mucho más sofisticada que borrar su memoria. Consistió en domesticarla.
Allende podía seguir siendo homenajeado siempre que dejara de ser políticamente incómodo. Podía convertirse en estatua, en nombre de plaza, en fotografía oficial, en discurso republicano. Lo que resultaba menos conveniente era recordar qué quiso cambiar y contra qué poderes se enfrentó.
El era enfatico al decir que no era el presidente de todos los chilenos.
Así, antiguos protagonistas de la Unidad Popular terminaron administrando el modelo económico y social impuesto por la dictadura. Algunos lo hicieron con entusiasmo, otros con resignación y otros bajo la promesa de que era posible humanizarlo. Pero el resultado fue una larga adaptación al orden que Allende había intentado transformar.
También los partidos que alguna vez hablaron de revolución fueron moderando su lenguaje, sus objetivos y, finalmente, su capacidad para leer el momento histórico. La política terminó muchas veces reducida a administrar lo posible, mientras la desigualdad, la concentración económica y el poder de los grandes grupos continuaban intactos.
El estallido de 2019 rompió esa ilusión.
Mostró que debajo de la tranquilidad institucional seguía existiendo un conflicto profundo. Y, sin embargo, una vez más, gran parte de la política buscó contenerlo antes que comprenderlo. Hoy el avance de la ultraderecha no puede explicarse solamente por la fuerza de la derecha. También expresa el fracaso de quienes durante décadas dejaron de ofrecer una perspectiva de transformación y terminaron defendiendo, con distintos matices, los límites del mismo modelo, el modelo de la dictadura.
Por eso es importante rescatar al Allende que incomoda al poder y a, sus propios compañeros de partido y también a los ex compañeros de lucha.
Los renegados lo han convertido en una estatua.
¿Qué sentido tiene homenajearlo mientras se renuncia a aquello por lo que luchó?
La memoria que no interroga el presente se convierte en liturgia. Y la liturgia puede ser perfectamente compatible con el poder.
Allende no necesita flores para ser reivindicado. Necesita que vuelva a discutirse aquello que su vida puso en el centro: quién tiene el poder, quién posee la riqueza, quién decide sobre el destino de un país y qué fuerzas están dispuestas a impedir que el pueblo transforme esa realidad.
Tal vez esa sea la verdadera disputa por su legado.
No entre quienes recuerdan a Allende y quienes lo olvidan, sino entre quienes quieren convertirlo en una estatua y quienes todavía entienden que fue un revolucionario.
Delfo Acosta
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