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El malestar sale de las encuestas: Kast cae al 29% tras unas Fiestas Patrias atravesadas por las pifias

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Las pifias no son encuestas y las encuestas no explican por sí solas lo que ocurre en las calles. Pero cuando ambas señales comienzan a apuntar en una misma dirección, la coincidencia merece atención política.

Las primeras Fiestas Patrias de José Antonio Kast como Presidente terminaron este fin de semana dejando una colección de imágenes muy diferentes a la escenografía de normalidad, tradición y unidad que La Moneda buscó proyectar: abucheos y gritos en distintos actos públicos, intervenciones críticas durante las celebraciones y un Te Deum en el que el desempleo y las dificultades sociales llegaron hasta la primera fila de la Catedral Metropolitana.

Este domingo apareció un nuevo dato.

La encuesta Criteria correspondiente al 20 de septiembre situó la aprobación de Kast en apenas 29%, dos puntos menos que en la medición anterior, mientras su desaprobación aumentó cuatro puntos hasta 59%.




Es el peor nivel de aprobación registrado por Criteria desde que Kast llegó a La Moneda y deja una brecha negativa de 30 puntos entre quienes aprueban y desaprueban su gestión.

Una encuesta no permite establecer que las personas que pifiaron al Presidente durante estos días formen parte de ese 59%. Tampoco permite concluir que los episodios ocurridos durante las celebraciones hayan provocado el descenso.

Pero sí proporciona un contexto difícil de ignorar.

Porque el malestar que durante meses venía apareciendo principalmente en gráficos, porcentajes y estudios de opinión comenzó también a escucharse en espacios públicos.

De Concepción a San Bernardo

La secuencia había comenzado antes del 18.

Durante la largada del Mundial de Rally en Concepción, el 10 de septiembre, Kast recibió pifias suficientemente audibles como para que él mismo reaccionara. El Presidente pidió entonces dejar las diferencias políticas fuera de la actividad deportiva.

Después llegaron las Fiestas Patrias.

En la inauguración de las fondas del Parque O’Higgins circularon registros ciudadanos con expresiones contra el mandatario. Las imágenes contrastaron con una cobertura periodística centrada fundamentalmente en la cueca presidencial, las payas, las referencias al Estrecho de Magallanes y el protocolo tradicional de la ceremonia.

Al día siguiente, la escena se repitió de manera más clara en San Bernardo.

Kast llegó a esa comuna para participar junto al alcalde Christopher White en el tradicional Te Deum y posterior desfile cívico-militar, en medio de un extraordinario dispositivo de seguridad. Cientos de policías fueron desplegados en torno a la Plaza de Armas debido a las amenazas recibidas por el alcalde.

Mientras el Presidente intervenía, registros difundidos desde el público recogieron pifias y gritos contra él.

No sabemos qué proporción de los asistentes participó. No sabemos tampoco qué preferencias políticas tenían quienes gritaban. Precisamente por eso sería irresponsable convertir esos registros en una especie de plebiscito callejero.

Pero el episodio ocurrió.

Y no fue el único.

Durante la fonda Corazón de Chile, en el Estadio Nacional, nuevas expresiones contra el Gobierno llevaron al alcalde de Ñuñoa, Sebastián Sichel, a intervenir desde el escenario para pedir respeto. En otra de las celebraciones, Pancho Saavedra introdujo en una paya un llamado al Gobierno a escuchar al pueblo.

Distintos escenarios, distintos protagonistas y expresiones diferentes de un malestar que atravesó unas celebraciones diseñadas precisamente para proyectar unidad nacional.

Un “grito al cielo” frente al Presidente

Pero probablemente la escena políticamente más significativa no ocurrió entre gritos ni pifias.

Ocurrió dentro de la Catedral Metropolitana.

Durante el Te Deum Ecuménico, el cardenal Fernando Chomali puso delante del Presidente asuntos difíciles de encapsular dentro del protocolo: corrupción, pobreza, violencia, dificultades de las familias y desempleo.

Chomali calificó la situación laboral como una urgencia ética y relacionó directamente las dificultades para encontrar trabajo con la posibilidad de formar una familia, acceder a una vivienda y proyectar una vida.

El desempleo había llegado a la Catedral.

Y lo hacía cuando Chile registra una tasa de desocupación de 9,5%, el nivel más alto en cinco años.

La escena adquiría un simbolismo particular porque apenas horas antes el propio Kast había utilizado una paya para expresar uno de sus deseos para Chile:

“Que vuelva fuerte el trabajo”.

No era solamente retórica dieciochera.

El empleo se ha transformado en uno de los problemas centrales de su Gobierno.

El 29% no apareció de repente

La nueva Criteria no constituye un accidente estadístico aislado.

Hace una semana, la misma encuesta situaba a Kast en 31% de aprobación y 55% de desaprobación. La medición anterior había registrado 30% frente a 58%. Otras encuestas venían mostrando una tendencia similar: Cadem situaba recientemente la aprobación presidencial en 34%, mientras 62% consideraba que el Gobierno estaba funcionando peor de lo esperado al cumplir sus primeros seis meses.

Lo relevante, por tanto, no es una variación semanal de dos puntos.

Es la tendencia.

La Moneda es consciente del problema. Dentro del propio oficialismo han aparecido llamados a tomar medidas especialmente en materia de empleo, mientras Kast ha reconocido públicamente la necesidad de hacerse cargo del bajo crecimiento económico y del deterioro de las expectativas.

Hasta ahora, una de las respuestas recurrentes del Ejecutivo ha sido señalar un problema comunicacional: el Gobierno tendría realizaciones que no consigue transmitir adecuadamente.

Pero esa explicación comienza a resultar insuficiente.

Cuando el problema deja de ser comunicacional

Durante los últimos meses La Moneda ha insistido en mostrar inversiones destrabadas, avances legislativos, resultados en seguridad y los potenciales efectos futuros de su denominada Ley de Reconstrucción.

El problema es que la vida cotidiana de una parte importante de la población parece estar recorriendo otra dirección.

El Banco Central acaba de reducir drásticamente su previsión de crecimiento para 2026 desde el rango de 1%-1,75% previsto en junio hasta apenas 0,25%-0,75%.

Y el diagnóstico del instituto emisor es bastante más amplio que una mala cifra mensual.

Su Informe de Política Monetaria señala que “la economía local se ha debilitado en el transcurso del año”, registra una desaceleración de la demanda interna pública y privada, menor dinamismo de inversión y consumo, deterioro de las confianzas y debilidad del mercado laboral.

El Banco también reconoce factores que exceden al actual Gobierno: problemas de oferta, menor producción minera, condiciones climáticas adversas, el conflicto internacional y el encarecimiento de los combustibles. Y mantiene una perspectiva considerablemente más favorable para 2027 y 2028, cuando espera que la Ley de Reconstrucción contribuya a recuperar la inversión.

Eso impide atribuir todo el deterioro económico a los primeros seis meses de Kast.

Pero tampoco permite sostener que se trata fundamentalmente de un problema de comunicación.

Una persona que perdió su trabajo no necesita que La Moneda le explique mejor las cifras. Una familia que teme no llegar a fin de mes difícilmente modificará esa percepción porque el Gobierno cambie su vocería. Y un trabajador que lleva meses buscando empleo experimenta la economía de una manera mucho más directa que mediante un gráfico presentado por Hacienda.

Ahí está probablemente una de las claves del 29%.

La promesa que empieza a pesar

El problema resulta particularmente sensible para Kast porque la recuperación económica fue una de las promesas centrales de su llegada al poder.

El Gobierno construyó buena parte de su relato inicial sobre la idea de reconstrucción: recuperar crecimiento, inversión, empleo, seguridad y confianza después de años que describió como de estancamiento y deterioro.

Seis meses después, el crecimiento prácticamente se ha detenido, el desempleo llegó al 9,5% y el Banco Central redujo fuertemente sus perspectivas para 2026. El propio Presidente reconoció esta semana que el país atraviesa un “periodo de crisis”.

Esto explica por qué el empleo aparece una y otra vez.

Aparece en las encuestas.

Aparece en las preocupaciones del oficialismo.

Aparece en los informes económicos.

Apareció en la paya presidencial.

Y terminó apareciendo también frente al Presidente en la Catedral Metropolitana.

No parece entonces casual que La Moneda haya comenzado a desplazar su discurso hacia el empleo y la recuperación económica.

El problema es que los tiempos de la política y los de la economía no necesariamente coinciden.

Las Fiestas Patrias como espejo

Las celebraciones del 18 ofrecieron durante unos días una especie de laboratorio político involuntario.

El Gobierno recuperó cuidadosamente los rituales presidenciales tradicionales: fondas, cueca, Te Deum, ceremonias militares y finalmente la Parada Militar.

Esta última transcurrió sin incidentes significativos contra el mandatario. Y ese hecho también debe registrarse.

No hubo durante estas Fiestas Patrias una protesta nacional contra Kast ni nada semejante. Hubo celebraciones masivas, aplausos, actos normales y también expresiones de rechazo.

Pero precisamente por eso las pifias adquieren interés.

No fueron convocadas por partidos políticos ni formaron parte de una movilización opositora organizada. Aparecieron en espacios diferentes, entre públicos diferentes, y fueron registradas muchas veces por teléfonos de los propios asistentes antes que por las cámaras de televisión.

Por sí solas significan poco.

Colocadas junto a una aprobación presidencial de 29%, una desaprobación de 59%, desempleo de 9,5% y una economía cuyo crecimiento esperado acaba de ser reducido prácticamente a cero, significan algo distinto.

No prueban una relación causal.

Describen un clima.

El malestar ya no cabe solamente en los gráficos

Kast todavía dispone de tiempo político y el escenario económico puede cambiar.

El propio Banco Central proyecta una recuperación para 2027, con un crecimiento entre 2% y 3%, apoyado entre otros factores por una recuperación de la inversión y por los efectos esperados de la Ley de Reconstrucción.

Pero el Gobierno tiene un problema inmediato.

Las expectativas que acompañaron su llegada a La Moneda parecen estar deteriorándose mucho más rápido que la economía puede recuperarse.

Y esa distancia comienza a adquirir expresión política.

Hasta hace unas semanas podía observarse principalmente en las encuestas. Durante estas Fiestas Patrias también pudo escucharse en algunos espacios públicos.

Este domingo Criteria entrega el número que faltaba para completar esa fotografía: 29% aprueba al Presidente y 59% lo desaprueba.

Las pifias no explican esos porcentajes.

Los porcentajes tampoco explican cada pifia.

Pero ambos fenómenos están ocurriendo simultáneamente mientras el desempleo aumenta, el crecimiento se debilita y las expectativas económicas retroceden.

Ese es el problema que enfrenta La Moneda después del 18.

El malestar ya no está solamente en los gráficos.

 

Simón del Valle

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