
Obedecer o ser soberano: Chile, Kast y la izquierda que falta
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El aliado más fiel de Trump en la región paga el arancel más alto. Recuperar la capacidad de negociar exige un Estado soberano, y construirlo, una izquierda que hoy no existe.
El 22 de septiembre, en Nueva York, horas después de reunirse con Donald Trump, José Antonio Kast incorporó a Chile al Escudo de las Américas. Esa misma mañana, el ministro de Defensa, Fernando Barros, aseguraba que la adhesión seguía en estudio; semanas antes había dicho que Chile no es el patio trasero de nadie. D. Trump fijó el tono ante los socios: si ustedes no pueden eliminar a los cárteles de la droga, lo haremos nosotros. En julio, Washington había gravado con 12,5% el salmón, la fruta, el vino y la madera chilenos, mientras Argentina, Ecuador, El Salvador y Honduras, socios del mismo Escudo, obtenían 10%.
La afinidad ideológica de ultraderecha no compró nada. El vicepresidente del Senado, Iván Moreira (UDI), senador por Los Lagos y representante político habitual de los intereses de la industria salmonera —castigada con el arancel más alto en un mercado que le compra US$2.600 millones al año—, lo admitió en Nueva York: «No somos tan amigos». El expediente contra Chile no lo acusaba de exportar bienes hechos con trabajo forzoso, sino de no prohibir su importación desde terceros países. Traducido: Washington exige que Chile regule su comercio con Asia según criterios estadounidenses. Es el método que aplicó a Canadá, a la que exigió alinear sus aranceles contra China mientras se reservaba el derecho de cambiar los propios. El primer ministro canadiense, Mark Carney, lo resumió: la firma estadounidense está escrita con lápiz de carbón.
No es capricho, sino la conducta previsible de un hegemón en declive: pierde consenso, dentro y fuera, y compensa con coerción. No se retira; aprieta, y aprieta primero a sus aliados, de quienes espera obediencia gratuita. La declaración conjunta del Escudo lo dice en su propio lenguaje: sus miembros afirman «defender su soberanía» sancionando a las organizaciones que designa Washington. Las palabras se conservan; el contenido cambia de dueño.
¿Qué obtuvo Chile a cambio? Lo pagado está a la vista: el arancel más alto, la candidatura de Michelle Bachelet a la ONU retirada a trece días de asumir, el cable submarino cancelado bajo amenaza, la presión del secretario de Guerra, Pete Hegseth, para abandonar la Corte Penal Internacional y una política exterior de Estado que había sobrevivido a gobiernos de distinto signo. Lo recibido son promesas: inteligencia, capacitación policial, una declaración no vinculante sobre minerales críticos. Chile pagó al contado y le prometieron a crédito; y lo prometido no llega a los trabajadores del salmón ni de la fruta, menos al pueblo.
El costo mayor puede estar por venir. China concentra el 32,7% del comercio chileno; Estados Unidos, el 17%. Pero la respuesta no es cambiar de patrón: Pekín usa el comercio como medio de presión, como aprendieron Australia y Lituania. Un país mediano no elige entre Washington y Pekín; elige entre negociar y obedecer, cuando defiende su soberanía y dignidad. La tradición latinoamericana tiene un nombre para lo primero: no alineamiento activo.
Negociar exige más que diplomacia. Albert Hirschman lo mostró en 1945: la dependencia comercial asimétrica es un instrumento de poder del más fuerte. Un país que apuesta todo al crecimiento exportador privado negocia con las manos atadas. La soberanía requiere capacidad fiscal, para no depender del cobre; capacidad productiva, para vender litio y cobre con valor agregado; capacidad regulatoria, y bienes colectivos que no dependan de un arancel dictado en Washington. La igualdad es la condición material de la política exterior. Y los gobiernos de las oligarquías son entreguistas.
Ese Estado soberano para tiempos difíciles marcado por conflictos inter-imperiales no lo construirá la derecha, que confía la soberanía al mercado y la seguridad a Washington. Tampoco lo construyó la izquierda que gobernó. La rebelión de octubre de 2019 puso sobre la mesa las demandas de la mayoría, y el programa con que G. Boric ganó en 2021 las recogía: fin de las AFP, reforma tributaria de envergadura, un Estado garante de derechos. No faltó programa; faltó la voluntad de aplicarlo. Las AFP sobrevivieron a una reforma negociada con la derecha, y la reforma tributaria murió en la Cámara sin pelea.
Fueron tres fallas en cadena. De diagnóstico: se confundió un clima de opinión con una correlación de fuerzas, y no se previó la contraofensiva. De consistencia ideológica: sin doctrina propia, el gobierno adoptó la de otros. Eugenio Tironi, consejero informal de La Moneda, le dio la frase del «diálogo hasta que duela» y después el relato de la «normalización», que Boric hizo suyo en su última Cuenta Pública. Y de falta de voluntad política, que se presenta como pragmatismo. Cuando la retirada se presenta como realismo, abandonar el programa parece prudencia. Pero es engaño. El 62% del Rechazo no refuta esta tesis, la confirma; el 58% de Kast es su consecuencia.
Construir otra izquierda exige método. Primero, ideas programáticas claras y credibilidad con demandas sociales bien concretas que la lógica del capital niega: Die Linke resurgió hablando de alquileres, Zohran Mamdani ganó Nueva York con el costo de la vida. En Chile, pensiones, vivienda, salarios y una seguridad que persiga el dinero, empezando por el secreto bancario que protege el ministro de Seguridad, Martín Arrau. Después, cuadros forjados en la lucha social que respondan al programa y a las organizaciones, no a la administración; la coordinación de la CUT y la Confech es algo; un germen que debe desarrollarse. Por último, debate interno, porque ahí se forjan la táctica, la estrategia y la línea exterior de un país que no puede elegir amo entre los bloques. Es obvio que es necesario una política de alianzas internacional. Un latinoamericanismo voluntarioso que la estrategia imperial de USA busca impedir.
Y plazos: las municipales de 2028 como prueba de implantación territorial y la presidencial de 2029 como momento de ruptura, cuando la decepción con los partidos cansados se vuelva disponible. Los datos son fáciles de obtener, ayudan a diagnosticar mejor; la línea la fija la organización. Kast ofrece obediencia y sumisión sin contrapartida. La alternativa no es otra obediencia, sino un Estado soberano capaz de negociar y defender el derecho internacional, y una fuerza política con bríos dispuesta a construirlo.
Leopoldo Lavín Mujica
