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Allende, Fidel: El diálogo de América.

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I. Dos caminos, una misma pregunta
En 1971, Augusto Olivares puso frente a frente a Salvador Allende y Fidel Castro. No era un diálogo entre dos hombres que hubieran recorrido el mismo camino, sino entre dos experiencias que no podían confundirse. Fidel venía de una revolución que había roto con todos los esquemas previstos, forjando su propio rumbo en medio de una confrontación que rápidamente se volvió internacional. Allende, en cambio, intentaba abrir un camino hacia el socialismo desde la institucionalidad burguesa, utilizando los mecanismos existentes para transformar unas relaciones económicas y sociales que esa misma institucionalidad había protegido durante décadas.
Eran dos caminos distintos, pero se enfrentaban a una pregunta que, en el fondo, era la misma: ¿cómo hacer posible que los pueblos decidan sobre su propio destino?
Por eso, medio siglo después, esa conversación sigue viva. No porque ofrezca respuestas prefabricadas, sino porque ellos estaban hablando del futuro. No de un futuro entendido como promesa, sino como posibilidad: algo que dependía de la acción humana, de la organización y de la capacidad de comprender el momento histórico para intervenir sobre él.
II. La ruptura con el dogma
Para entender lo que estaba en juego en 1971, hay que situar aquella conversación en su tiempo.
Tanto la Revolución Cubana como la experiencia de la Unidad Popular surgieron en un período en que el pensamiento marxista estaba fuertemente atravesado por el dogmatismo. El estalinismo había dejado una profunda huella en buena parte del movimiento comunista internacional. El socialismo aparecía, muchas veces, como un proceso que debía avanzar siguiendo etapas previamente establecidas: alianzas de clases, desarrollo de las fuerzas productivas, consolidación de tareas democráticas y nacionales y, solo después, el tránsito hacia el socialismo.
El problema aparecía cuando una teoría nacida para comprender la realidad comenzaba a transformarse en un esquema para reemplazarla. La experiencia cubana introdujo una ruptura precisamente allí. La Revolución Cubana no siguió el itinerario que muchos consideraban posible. No esperó a que las condiciones se ajustaran a un modelo preestablecido. La lucha contra Batista, la movilización popular y el enfrentamiento con el imperialismo fueron empujando el proceso hacia lugares que no estaban escritos de antemano.
Fidel no estaba planteando que las ideas no importaran. Planteaba algo mucho más radical: que el marxismo debía ser utilizado para comprender la realidad, no para sustituirla. La revolución debía pensar con cabeza propia. Décadas después, lo expresaría con claridad al afirmar que el marxismo no podía convertirse en una especie de iglesia o catecismo, sino que debía ser entendido como una doctrina revolucionaria y dialéctica, una guía para la acción.
Ese es un elemento fundamental para comprender también el diálogo con Allende. Porque la experiencia chilena representaba otra forma de intentar resolver el mismo problema: cómo transformar la sociedad sin convertir la teoría en un dogma incapaz de leer las condiciones concretas.
III. El Estado no es una tabla de salvación
Allende hablaba de soberanía. No solamente de administrar mejor las riquezas del país, sino de recuperar para Chile la capacidad de decidir sobre ellas. El cobre y las riquezas básicas no eran únicamente recursos económicos: eran parte de la posibilidad de que Chile pudiera convertirse en un país dueño de su propio destino. Detrás de esa idea estaba lo que Allende entendía como una segunda independencia.
Fidel hablaba desde otra experiencia. La Revolución Cubana había nacido de una lucha concreta y su desarrollo había obligado a responder problemas que ningún manual podía resolver de antemano. La realidad había planteado sus propias exigencias. No se trataba solamente de conquistar el poder. Había que construir la fuerza social capaz de defender y profundizar las transformaciones.
Y muy pronto Cuba se encontró frente a una cuestión que ha atravesado toda su historia: el enfrentamiento con Estados Unidos.
Chile no era Cuba y Cuba no era Chile. Pero en ambos casos aparecía una cuestión que no podía ser ignorada: la relación entre las fuerzas que buscan transformar una sociedad y aquellas que necesitan conservarla tal como está.
En el caso chileno, esa contradicción terminó de una manera brutal. El 11 de septiembre de 1973 no fue un accidente militar ni un exceso de las Fuerzas Armadas. Fue el desenlace de una operación política que hoy conocemos con bastante detalle. Pero la derrota de la Unidad Popular tampoco puede explicarse únicamente por la intervención externa.
La violencia no comenzó el 11 de septiembre. Y sería igualmente insuficiente reducir la derrota de la UP a la conspiración de las élites. La experiencia chilena muestra contradicciones internas que deben ser pensadas sin nostalgia.
Un proyecto que pretendía transformar radicalmente la sociedad intentó avanzar dentro de una institucionalidad diseñada para proteger otro orden social. Allende confió en que esa institucionalidad podía ser utilizada para transformar la sociedad desde dentro. Con la perspectiva que entrega el tiempo, allí aparece uno de los límites fundamentales del proyecto.
Las instituciones no son tablas de salvación. Son campos de fuerza donde el poder se ejerce y se defiende. Y en el caso chileno, ese poder tenía un nombre concreto: la burguesía monopólica, la clase media acomodada que temía perder sus privilegios, y un Estado que, en su esencia, era un aparato de dominación de clase. La UP llegó al gobierno, pero no logró construir un poder popular alternativo que pudiera disputar el control real del Estado. No se trataba solo de ganar elecciones; se trataba de desmontar el andamiaje de dominación que el capitalismo había tejido durante décadas. Y esa tarea exigía algo más que decretos y leyes: exigía organizar a la clase obrera y a los sectores populares como una fuerza autónoma, capaz de sostener el proceso desde abajo y de enfrentar la reacción cuando esta decidiera dar el golpe.
La cuestión no consiste en reducir la derrota a un solo error. Consiste en comprender que ningún proceso transformador puede dejar de preguntarse dónde reside realmente el poder y qué fuerzas están dispuestas a defenderlo.
Fidel y Allende discutían sobre esto desde posiciones diferentes. Uno había aprendido en la experiencia cubana que la revolución debía construir una fuerza capaz de enfrentar al viejo poder; el otro intentaba demostrar que era posible abrir un camino hacia el socialismo desde las instituciones existentes. La historia terminó mostrando los límites de ese camino.
IV. Lo que hemos perdido y lo que está en juego
Hay algo de aquella conversación que sobrevivió a la derrota. Allende no hablaba solamente del Chile de 1971. Hablaba de soberanía, independencia y América Latina. Fidel no hablaba solamente de Cuba. Hablaba de revolución, imperialismo, organización popular y de la necesidad de construir una sociedad distinta.
Los caminos pueden discutirse. Las estrategias pueden ser sometidas a crítica. Los errores pueden y deben ser examinados. Pero una cosa es discutir los caminos y otra muy diferente abandonar el destino.
Nosotros conocemos algo que Allende no pudo conocer. Fue asesinado el 11 de septiembre de 1973 y no alcanzó a ver la larga noche de la dictadura ni las transformaciones que vendrían después. Fidel, en cambio, sí atravesó ese tiempo. Vio derrumbarse el campo socialista, desaparecer la Unión Soviética y quedar Cuba prácticamente sola frente a un escenario internacional completamente transformado.
Y no deja de sorprender que Fidel hubiera pensado antes en esa posibilidad. En 1989, cuando la crisis del campo socialista todavía no había llegado a su desenlace, advirtió públicamente que incluso si la Unión Soviética llegaba a desintegrarse, Cuba y la Revolución Cubana continuarían luchando. No era una predicción. Era una preparación política para un escenario posible.
La pregunta era qué hacer si las condiciones externas que habían acompañado durante décadas a Cuba desaparecían. Y desaparecieron. La desaparición de la Unión Soviética significó para Cuba un cataclismo económico y político de enormes dimensiones. Sin embargo, la Revolución Cubana resistió. No porque existiera una fórmula secreta, sino porque durante décadas había construido capacidades políticas y sociales para enfrentar escenarios adversos.
Ahí aparece una diferencia fundamental entre imaginar el futuro y prepararse para él. Imaginarlo puede ser un ejercicio intelectual. Prepararse significa construir, en el presente, las capacidades necesarias para enfrentar aquello que todavía no existe.
V. Cuba, el presente y la pregunta por el poder
Esta cuestión volvió a aparecer años después. Durante el gobierno de Barack Obama se produjo un acercamiento entre Estados Unidos y Cuba que abrió un período de distensión y nuevas posibilidades económicas. Era comprensible que Cuba buscara oxígeno después de décadas de bloqueo y dificultades. Pero toda apertura contiene también una pregunta estratégica: ¿qué ocurre si las condiciones que permiten esa apertura desaparecen? La llegada de Donald Trump demostró que las condiciones externas podían cambiar rápidamente. Buena parte del acercamiento fue revertido y las presiones económicas se intensificaron. Después llegó la pandemia.
Cuba necesitaba cambios. Eso es evidente. Pero cambiar no significa necesariamente avanzar.
La apertura de espacios crecientes al capital privado, la expansión de actividades económicas no estatales y la aparición de sectores con una capacidad de acumulación muy superior a la del resto de la población han comenzado a producir nuevas diferencias económicas y sociales. En los últimos años, el sector privado ha adquirido un peso creciente en la economía cubana, al mismo tiempo que el Estado ha debido regularlo y limitarlo frente a los efectos de la crisis y la inflación.
El problema, entonces, no es simplemente que Cuba haya cambiado. El problema es qué relaciones sociales están siendo creadas por esos cambios. Porque una transformación económica puede terminar generando aquello que precisamente una revolución pretendía superar: concentración de riqueza, desigualdades crecientes y la formación de una nueva capa acomodada que, con el tiempo, puede desarrollar intereses contradictorios con los del proyecto socialista.
Y aquí la crítica no puede dirigirse solamente hacia el bloqueo, aunque este siga siendo un factor determinante y concreto de la crisis cubana. También debe dirigirse hacia las decisiones tomadas por los propios dirigentes de la Revolución.
Porque ahí aparece una diferencia entre Fidel y los nuevos liderazgos. Fidel tenía una preocupación permanente por mirar más allá de la coyuntura. No solamente preguntarse qué hacer para resolver el problema inmediato, sino qué fuerzas podían desarrollarse a partir de la solución adoptada. Eso es justamente lo que parece haberse debilitado.
Algunas de las reformas actuales parecen responder más a la necesidad urgente de obtener inversión, divisas y producción que a una estrategia claramente definida acerca de qué tipo de relaciones sociales se quiere construir. Y cuando la apertura económica comienza a generar concentración, privilegios y nuevos sectores enriquecidos, la pregunta deja de ser solamente económica. Se convierte nuevamente en una pregunta de poder.
En ese sentido, algunas de las transformaciones actuales pueden recordar, salvando todas las distancias históricas, a una lógica de perestroika: abrir espacios, flexibilizar relaciones económicas y permitir nuevas dinámicas dentro de un sistema que intenta conservar su estructura política fundamental. Pero la historia también enseña que las reformas no son neutrales. Una reforma puede fortalecer un proyecto social o puede comenzar a modificarlo desde dentro. Por eso el problema no consiste en rechazar cualquier cambio. La propia historia de la Revolución Cubana demuestra que sobrevivir ha exigido cambiar. El problema es no perder el sentido de aquello que debe ser preservado mientras se cambia aquello que debe cambiar.
Hoy, en 2026, Cuba enfrenta nuevamente un escenario de enorme presión externa y, al mismo tiempo, una economía que ha debido abrir espacios que están modificando profundamente su estructura. Las nuevas medidas anunciadas por el gobierno cubano durante 2026 profundizan esa apertura hacia la inversión extranjera y las actividades privadas. Entonces la pregunta ya no es solamente cómo resistir al exterior. Es también cómo transformar sin dejar que la transformación termine modificando el carácter social del proyecto.
VI. El futuro no está escrito, pero hay que construirlo
El presente tampoco es eterno. Que un orden social parezca invencible no significa que lo sea. En Chile, el modelo neoliberal mostró sus grietas en el estallido social de 2019, una explosión de demandas contenidas durante décadas y una evidencia de que el consenso construido sobre la privatización, el endeudamiento y el individualismo había comenzado a resquebrajarse.
Sin embargo, la crisis de un orden no conduce necesariamente hacia una sociedad mejor. El derrumbe puede abrir caminos distintos: nuevas formas de dominación, autoritarismo o incluso una profundización de la barbarie. Por eso no basta con esperar que el capitalismo se derrumbe. El futuro no se construye solo. Una crisis puede abrir una posibilidad, pero esa posibilidad necesita fuerzas capaces de reconocerla y actuar sobre ella.
Y aquí aparece el sujeto concreto de esa construcción: la clase trabajadora, los movimientos populares, la juventud, los pueblos originarios, todos aquellos que no tienen nada que perder en el orden actual y todo por ganar en uno nuevo. Pero la clase no actúa por reflejo. Necesita organización, conciencia y dirección política. Necesita un partido que no sea una correa de transmisión de consignas, sino un instrumento de análisis y acción.
Tal vez esa sea una de las cuestiones fundamentales que podemos rescatar de aquella conversación de 1971. No necesitamos repetir la experiencia cubana ni la experiencia chilena. No podemos trasladar mecánicamente las respuestas del siglo XX a los problemas del XXI. Lo que sí podemos recuperar es la voluntad de comprender el momento histórico y actuar sobre él.
Vivimos una época en que el cambio climático ya está desplazando poblaciones y modificando las condiciones de producción. La inteligencia artificial está transformando el trabajo y concentrando conocimiento y poder en manos de grandes empresas globales. El agua, el litio, las tierras raras y otros bienes estratégicos forman parte de una disputa mundial por los recursos. Mientras tanto, un sistema basado en la expansión permanente del consumo choca con los límites materiales de un planeta finito.
Comprender el momento histórico significa también distinguir aquello que está agotándose de aquello que comienza a nacer. Y tener el coraje de cambiar lo que debe ser cambiado. La transformación estructural no es una consigna del pasado ni un catálogo de recetas. Es la decisión de no aceptar que el mundo existente sea el único mundo posible. Esa decisión se construye cada día: en la organización del barrio, en la lucha por el agua, en la defensa de los territorios, en la resistencia a la precarización laboral, en la capacidad de construir comunidad frente a un sistema que busca convertir cada necesidad en una mercancía.
Allende hablaba de la segunda independencia. Fidel hablaba de emancipación. Ambos, desde caminos diferentes y en momentos históricos distintos, estaban mirando hacia algo que todavía no existía. Nos corresponde a nosotros hacer lo mismo.
Fidel entregaría muchos años después una definición que parece escrita también para este momento. El primero de mayo del año 2000, al hablar ante el pueblo cubano, condensó en pocas palabras una concepción de revolución construida a lo largo de toda una vida: «Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado».
Pero esa misma enseñanza obliga también a mirar hacia dentro. Prepararse para el futuro no significa solamente resistir al enemigo externo. Significa ser capaz de transformar las propias estructuras antes de que se conviertan en un obstáculo. Significa saber cuándo una reforma es una herramienta para salvar y fortalecer un proyecto y cuándo comienza a producir relaciones sociales que pueden terminar negándolo. Esa es quizás una de las tareas más difíciles para cualquier revolución: cambiar sin dejar de ser lo que se decidió construir. Porque una revolución que no cambia puede morir de inmovilismo. Pero una revolución que cambia sin saber hacia dónde puede terminar dejando de ser revolución.
Por eso, volver hoy a aquella conversación entre Allende y Fidel no significa buscar en 1971 respuestas prefabricadas para nuestro tiempo. Significa recuperar una disposición frente a la historia: comprender dónde estamos, reconocer las posibilidades que se abren, identificar las fuerzas que se enfrentan y asumir que el futuro no será obra de otros. No se trata de adivinar el futuro. Se trata de construir, en el presente, las capacidades necesarias para enfrentarlo.
El futuro no está escrito. Tampoco está esperando que lo imaginemos. Está siendo construido ahora, sobre nuestras acciones y nuestras omisiones. Y quizás una transformación comience justamente allí: cuando un pueblo vuelve a creer que tiene derecho a escribir su propia historia.

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