Lo sucedido, lejos de debilitar esas instituciones como dispositivos inseparables del Orden, las fortalecen. El Orden no tiene vocación de suicida. Para terminar con él, de querer hacerlo, hay que matarlo.
La cultura del saqueo a manos llenas, las estafas masivas, los fraudes cometidos por altos mandos uniformados y de civil, las mecánicas con las que las cadenas de tiendas cogotean a cacho visto, la compra de políticos por parte de multimillonarios de misa dominical y silicio y las más disímiles maneras que se adoptan para robar, están en el centro de la cultura dominante.
La cultura parasitaria tiene su mejor versión en los poderosos que hacen fortuna con la necesidad del niño, con la urgencia de los pobres, con la depredación de los países y la manipulación y la mentira. Y en aquellos que, contraviniendo virtudes teologales y juramentos patrióticos, han robado del Estado todo cuanto han podido, viviendo a costa ajena todas sus apacibles e
Llevó su consecuencia desde los peligros más extremos, hasta los actos más elementales de la vida cotidiana. A un extremo en que mártir y profeta se conjugaron en una síntesis que no parece de este mundo. Hizo caso omiso de las formalidades y se burló de las etiquetas y los protocolos.
Es la voz de un mensajero que conoció la clave de lo bello y la hizo arma tibia y compañera. Y que sirvió ante el miedo, el espanto y la alegría. Alivió ante el desencanto y afinó la puntería. Y estuvo en el amor desplegado en caricias, besos y cuerpos en actitud de entrega.
Hace seis años se demostró que la carcoma de la corrupción tenía al sistema al borde del precipicio. Que la institucionalidad que da sustento a la superestructura del Estado no valía más que la rabia contenida de millones. Diputados y senadores eran sujetos repulsados por la población. Las fuerzas policiales abandonaban sus cuarteles, se declaraba la guerra a un enemigo
Todo sistema político genera sus propios dispositivos de defensa. Una autopoiética que le permite autoproducirse, mantenerse y regenerarse a sí mismo a través de sus propios procesos internos, manteniendo así su identidad y autonomía. Tal como un ser viviente, el neoliberalismo no tiene vocación suicida y hará lo que sea necesario para defenderse de sus enemigos. Uno de
La pregunta que cursa es si el PC va a seguir soportando el ninguneo de quienes no tienen moral para nada y si podría soportar un gobierno de una de sus camaradas que los relegue al closet para que molesten lo menos posible. Es cierto que el PC corre un riesgo.
Al tratarse en muchos casos de intereses antagónicos vinculados solo por la necesidad de ocupar un escaño de poco trabajo y buen sueldo, las ideas, proyectos y programas, de existir, son solo para volver a engrupir a un gilerío que se debate entre la nada y la cosa ninguna.