
Nuestra Claudia no tenía la afilada aunque ampulosa cavidad de un volcán como Anna Magnani, el quid del equilibrio entre lo sagrado y lo profano de Silvana Mangano, la metamorfosis del vuelo vulnerable de Giulietta Masina, ni el esplendor de las soberbias formas continentales -se piensa en las Américas- de Sophia Loren, la perfección arrebatadora del rostro de Gina














