Cuando un país, considerado por sus autoridades, y de manera especial por su  presidente, como un ejemplo a seguir para  las demás naciones, un verdadero oasis dentro de un mundo convulsionado – a decir de sus representantes-  y luego ese modelo de vida sufre el impacto furibundo de una sociedad que vive y experimenta exactamente lo contrario, es cuando  queda en evidencia que eso nunca existió, o si existió fue para ese pequeño segmento de la sociedad chilena que, según algunas estimaciones, alcanzaría  al 10% de la población total del país- los privilegiados-  de una cifra total que supera los 18 millones de habitantes.

Dos fenómenos recientes han desnudado la realidad de Chile y han puesto al descubierto que no se trataba de un oasis, sino de un espejismo, denunciado no sólo por analistas de disciplinas de las ciencias sociales, sino que se trataba  de una realidad puesta de manifiesto a diario por los propios afectados y, sin embargo, los defensores del modelo insistían en su propaganda ideológica, basados en la tenencia de  los medios de comunicación, adquiridos y puestos al servicio de la defensa del  modelo  económico, el que tantas ganancias les ha generado, al precio de mantener a la mayoría de los trabajadores en la pobreza disfrazada  o, en otros casos, en niveles muy próximos a ella.

A pesar de la propaganda difundida en el plano interno, y sobre todo en el exterior, al punto de ofrecer el modelo de vida chileno como paradigma de desarrollo para otras naciones, la fragilidad del modelo quedó  al desnudo, como un edificio sacudido por un movimiento telúrico mostrando su esqueleto, los fierros retorcidos que sostenían su inconsistente estructura dañada y, también, el material fatigado por la corrosión del engaño, la corrupción sistémica,  la usura y la falta de ética para construir- lo que algunos llaman- la casa de todos. En menos de 6 meses el verdadero rostro del neoliberalismo en Chile quedó al descubierto ante los ojos del mundo que, con asombro, contempló el desplome de uno de los experimentos económicos más propagandeado de los últimos años.

El primer gran embate contra el “oasis” se produjo el 18 de octubre pasado. Anterior a ello, varias manifestaciones de descontento popular se habían expresado en distintos lugares públicos, abarcando todo el país. No obstante las voces de multitudes que demandaban cambios, todas   ellas chocaron con la indolencia de las autoridades de gobierno que no estuvo dispuesto a moverse ni un milímetro de sus posturas ideológicas en defensa del modelo económico.

-Los estudiantes exigían mejor educación pública y el gobierno respondía con más dinero en forma de subsidio para la educación privada. Es decir, potenciaba el negocio privado.

– Se exigía más y mejor atención en el sistema público de salud y la respuesta era mayor subsidio al sistema privado, el que finalmente llegaba a manos de los dueños de las clínicas privadas.

-Se exigía no más AFP y el gobierno respondía con más AFP. Al punto de ofrecer, como solución, la formación de entes estatales sujetos a la misma lógica con que operan las privadas.

Los ejemplos de ese tipo podrían resultar en una larga lista que no es del caso enumerar aquí. Lo relevante es constatar que quienes han gobernado el país por varias décadas han mostrado una indolencia gigantesca ante las demandas ciudadanas, a la vez que una autocomplacencia rayana en lo demencial. Frente al descontento evidenciado por la injusticia social, no tuvieron la capacidad ni de mirar, ni escuchar, las señales de alarma que el termómetro social mostraba ante la inminente explosión que se produjo en octubre pasado.

Los mismos, que meses antes del estallido social se jactaban de tener todo bajo control, y que ante las demandas de cambio al modelo, heredado de la dictadura, advertían que: de acceder a esos cambios,   la sociedad se ponía en riesgo y en  el umbral mismo  de un “Chilezuela”, son los mismos   que más tarde no dudaron un segundo en reprimir al pueblo de manera brutal, violando  reiteradamente los derechos humanos de las personas, con resultado de  muertos, heridos y dejando cientos de personas  con pérdidas oculares, entre otras, situación que fue constatada y consignada en varios informes elaborados por organismos de derechos humanos, tanto nacionales, como del más alto nivel internacional. Son los mismos que reeditaron episodios de guerra, contra el pueblo, sacando al Ejército a las calles, y superando con creces los niveles de violencia ejercidos en Venezuela.

Piñera y sus ministros, junto a varios gobiernos de la región, se pusieron a disposición para cumplir las órdenes de Trump, transmitidas a través del servil Secretario General de la OEA, para aislar política y económicamente a Venezuela, en un intento por reventar definitivamente su economía y, además, tuvieron el descaro de nombrar a “un presidente encargado” para promover un golpe de Estado en ese país.

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Actualmente, las aguas del “tsunami social” que inundó las costas de Chile y toda su geografía ha vuelto a un periodo de reflujo temporal. En lugar de lo anterior, llegó la pandemia de Covid-19 que algunos consideraron vino a darle un respiro al agonizante gobierno de Piñera que parecía encontrarse en su fase terminal.

Cualquiera sea la causa que lleva a esa coincidencia en el  tiempo, al punto de juntar los fenómenos  señalados,  el caso es que Sebastián Piñera y su gabinete, no han podido dar una respuesta satisfactoria a la crisis de la pandemia, especialmente porque esa respuesta necesariamente pasa por poner la vida de las personas en primer lugar, adoptando medidas económicas que atentan contra su postura  ideológica, la que se funda en el materialismo exacerbado, los negocios especulativos  y las ganancias  sin límites para una minoría que no está dispuesta a posponer sus mezquinos privilegios en beneficio de la vida de los chilenos. La situación actual amerita, por ejemplo, fijación de precios de todos los alimentos e insumos básicos para la supervivencia de la población, fijación de un impuesto al patrimonio de los millonarios en Chile, renegociación de los créditos bancarios, postergación de pagos de servicios esenciales para el funcionamiento de los hogares, al igual que para las micro, pequeñas y medianas empresas. Todo eso parece, hasta aquí, imposible de aplicar por un gobierno, encabezado por Piñera y la UDI como su principal soporte político e ideológico.

La incapacidad de manejar la crisis del Covid-19, por parte del presidente y su equipo de gobierno, ha quedado de manifiesto. Ha trabajado de forma errática y enclaustrado en un equipo de expertos cercanos al gobierno. Ha excluido de manera reiterada a los municipios y colegios profesionales del área de la salud, además de las organizaciones sociales territoriales que, en conjunto, habían hecho presente la necesidad de un trabajo colaborativo y coordinado, como la mejor forma de enfrentar el problema de manera integral. Sólo recientemente, ante la insistencia de la Asociación Chilena de Municipalidades, el Colegio Médico de Chile y las organizaciones sociales del país, el gobierno ha cedido a la solicitud de un trabajo conjunto para enfrentar la crisis que, a todas luces, era una medida prioritaria para la emergencia.

Piñera y su incapacidad para gobernar, su casi inexistente credibilidad ante el país, tiene mucho menos respaldo ciudadano que Maduro en Venezuela, o que el apoyo que tenían los presidentes derrocados por golpes de Estado “blandos” impulsados desde Estados Unidos, en años recientes, como han sido los casos de Zelaya en Honduras, Lugo en Paraguay, Dilma Rousseff en Brasil y Evo Morales en Bolivia.

Cuál es la diferencia entonces que hace que algunos presidentes, a pesar de no tener apoyo ciudadano, como el caso de Piñera, sean considerados legítimos, mientras otros con mayor soporte sean considerados ilegítimos. Sencillamente, lo que hace la diferencia es, de qué lado están los mandatarios en relación a la política imperialista de los Estados Unidos.

En razón de lo anterior, Piñera, no obstante, su misérrimo apoyo ciudadano y de tener su propio “Chilezuela”, pleno de conflictos y descontento popular, no tiene nada que temer. Trump, no nombrará un general, o un tal Kast, como “presidente encargado”. La falta de respaldo ciudadano y las reiteradas y masivas violaciones a los derechos humanos, en este caso no cuentan. Mientras Piñera no contradiga a su jefe, eso no llegará a ocurrir.

“Chilezuela”, llegó antes que los temidos cambios del modelo económico reclamados por la ciudadana. Sus mismos defensores lo hicieron posible, como profecía auto-cumplida.

La historia, no por eso termina allí.  “La historia la hacen los pueblos”, como dijera Salvador Allende en su último discurso y esa es la tarea pendiente.         ,

 Por Higinio Delgado

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