Este virus puede precipitar la muerte de mucho más que los seres humanos. Acelera el proceso de descomposición de nuestras falsas democracias que muestran a la luz enceguecedora de las lámparas de los hospitales lo que son por cierto: verdaderas autocracias liberales. Por no decir dictaduras.

En momentos en que estoy escribiendo esto, una ley, llamada de emergencia permite a un patrón el imponerle a su asalariado el que tome sus vacaciones durante el periodo de confinamiento.

El Senado limitó esta disposición a seis días hábiles y la Asamblea nacional (cámara de diputados en Francia) confirmó esto último en reunión de comisión.

¡Qué humanismo! ¡Qué humanidad! ¡Qué generosidad! ¡Qué grandeza de alma!

Son los mismos representantes del pueblo que hace poco escupía sobre el dolor de padres que habían perdido un hijo y a los que rechazaban la limosna de unos días libres suplementarios para que pudiesen tratar de enfrentar, más no fuese un poco, la desgracia que los agobiaba.

Ocurrió un sábado, cuando los “chalecos amarillos” marcharon hacia la Asamblea nacional para que por fin el pueblo, al menos simbólicamente, pudiese por fin entrar a ella, apuntaban bien. Pues el pueblo no está en ese recinto en el que sólo hay políticos profesionales que pretenden representarlo, pero en realidad, se contentan de gozar del poder y de las ventajas que este les da.

Esto significa que la factura que va a presentar esta epidemia y que será terriblemente cara, estará a cargo de los pobres y… de los pobres.

No hablemos de los seguros, cuya función es siempre evitar el pago de los daños mediante sus chanchullos en los contratos.

El hecho es que los ricos no pagarán porque ya tienen el dinero en otro lugar, donde no lo puede alcanzar el Estado o lo que queda de él y que en función del tratado de Maastricht, no les creará problemas.

En efecto (el presidente francés Emmanuel..) Macron y los suyos, los partidarios del tratado de Maastricht, de derecha como de izquierda, decidieron que no van a requisicionar las fortunas escondidas en los paraísos fiscales. Está descartado que los ricos paguen, aún cuando hayan hecho fortuna estafando al fisco. Esto quiere decir: no pagando los impuestos con los que se puede, entre mil cosas, construir hospitales y mantenerlos funcionando.

Todo ciudadano francés que tiene una cuenta en Suiza o en cualquier otro paraíso fiscal debe ser considerado responsable de la muerte de aquel que no pudo beneficiar de un aparato de respiración en algún hospital. Responsable y culpable.

No obstante, sería legítimo, de una vez por todas, denunciar a aquellos que han puesto la salud pública en una situación tal que el personal médico se ve en la obligación de separar a los ancianos a la entrada de los servicios de urgencia.

Una terrible responsabilidad que hace revivir una práctica de siniestra memoria: a la derecha los que pueden vivir; a la izquierda los que van a morir.(**)

El personal de salud no ha estudiado tantos años para ir a seleccionar en una especie de Juicio Final en la que serían los dioses de aquellos elegidos para ser salvados de los que deben ser llevados al matadero.

Esto significa para ellos un insoportable sufrimiento síquico, mental y espiritual que se agrega a la fatiga profesional y a su agotamiento. Porque ellos no disponen de esas lamentables células sicológicas que se crean incluso cuando una diarrea afecta a unos cuantos niños de una clase escolar.

Ocurre que los que matan no son aquellos que en el terreno están obligados a bajar el pulgar frente a un cuerpo demasiado enfermo con los pulmones afectados como nunca antes ocurrió. No son aquellos que, sin mascarillas, se encuentran enfrentados a la muerte. No son aquellos que, cubiertos de sangre y de baba, de mocos y de expectoraciones de los moribundos, tocan esos cuerpos como la Pietá que sostiene el cadáver de su hijo.

Los que matan son aquellos que en sus despachos, desde hace años, han suprimido en sus libros de contabilidad las líneas de los presupuestos, aludiendo querer hacer economías.

Este tipo de criminales mata en silencio y discretamente: cerrando los hospitales después de haber estimado que perdían dinero o que no generaban beneficios suficientes; dando órdenes para que se diese preferencia a los actos médicos que hacen ganar dinero, aún a riesgo de que esto se convierta en una verdadera razón.

(Matan también) Cuando decretan que en los pequeños pueblos de provincia, las estructuras hospitalarias de proximidad son peligrosas porque los cirujanos no efectúan bastantes actos para ser profesionalmente eficaces. Cuando incitan a los hospitales a multiplicar los cuidados a domicilio porque esto reduce el tiempo de hospitalización, exponiendo así a los enfermos a complicaciones por falta de atención y cuidados permanentes. Cuando han despreciado el llamado de socorro del personal de salud que manifiesta desde hace más de un año y al que Macron ha prometido actuar, dándole migajas por aquí y por allá, pero sin iniciar una verdadera revolución que sería la de separar la salud pública del criterio de rentabilidad.

En un hospital, lo que debe ser prioritario no es la rentabilidad sino la atención para todo el mundo, pobres y ricos. Del mismo modo que en la escuela debe primar no el que sea rentable sino el que haga triunfar la educación pública sin distinciones sociales. Como debe primar en la policía o en las fuerzas armadas no la rentabilidad sino el disponer de los medios para asegurar en cualquier lugar el orden público y republicano. Y se podría agregar a esta lista la cultura, la inteligencia (entendida como la seguridad exterior) o la justicia, etc.

La República es esto: la preocupación por el interés general y por el bien público antes que el interés privado de unos pocos, de un grupo o de una aristocracia de millonarios.

Desgraciadamente, el mercado ha gangrenado al conjunto del cuerpo social hasta el punto que ha dejado al margen a la política, haciéndose pasar él mismo por la política, la única política, cuando no se trata de una política sino única y exclusivamente del interés del Capital.

Macron, que sólo conoce este axioma, ignora lo que es la política y se vio ejerciendo como jefe de Estado cuando aún no tenía cuarenta años. Y tal es la razón de su inocencia, porque el Estado profundo ha hecho todo para colocarlo allí donde está y no es más que un títere sin control, un peón brillante, pero un segundón incapaz.

Es también por eso que, en esta situación excepcional, él decide de todo y su contrario. De lo que sea. Es el triunfo histórico del “todo al mismo tiempo”: No se teme al virus, pero se le tiene miedo. No hay que confinar, pero se confina. No se bloquean las fronteras, pero se cierran. No hay que salir, pero se va a votar. No se lleva mascarilla porque son inútiles, pero se ordena fabricar millones.

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Es así también, cuando Segolène Royal (dirigente socialista candidata a la presidencial de 2007) quiere inflar sus propios intereses y ataca a Olivier Veran, el actual ministro de Salud por su responsabilidad en el pasado, olvida que este señor, antes de ir a engrosar las filas de los macronistas, llegó, como tantos otros, del partido Socialista, de la que ella fue candidata a las presidenciales.

Candidata del partido Socialista que no tiene de socialista más que el nombre, después que en 1983, un tal François Mitterrand, lo tiró a la basura para poder mantenerse en el poder. Lo que le vino muy bien, pues gracias a esta traición pudo efectuar dos mandatos presidenciales, iniciando la destrucción de todo lo que era público, incluyendo el hospital. Esto, sin olvidar que se le debe como herencia notable el haber permitido que la familia Le Pen (derecha neofascista) se encaramara al primer plano del escenario político.

Tenemos millones de mascarillas, pero ya no quedan. ¿Adonde fueron a parar?

Estamos siendo testigos de una guerra de mala muerte para saber si el desabastecimiento se debió a la inepcia de la “izquierda” o a la incapacidad de la “derecha”. Pero ocurre que las dos, la izquierda liberal y la derecha liberal, ambas afines al tratado de Maastricht, las dos al mismo tiempo, como buenas compinches, son las que llevaron a Francia al estado en que se encuentra ahora.

¡Gracias Mitterrand! ¡Gracias Chirac! ¡Gracias Sarkozy!, Gracias Hollande! ¡Gracias Macron!. Porque son ellos los que hicieron posible esta monstruosidad que es el que en este hospital público, que transformaron en una máquina para ganar dinero, ahora se seleccione a la gente para enviar a los más enfermos, entre ellos a los ancianos, en dirección de las pompas fúnebres, para limitarse a atender los casos menos graves, de tal manera que, en estos hospitales liberales, aquel que está más grave es el que se muere lo antes posible.

El hospital liberal es un nuevo concepto digno de Orwell. Con razón, uno podría imaginarse consignas escritas en los muros de estas fábricas de la muerte en que se han convertido los hospitales: “¡Mientras más enfermo esté usted, más rápido lo mandaremos a la sepultura!”

O bien, en la puerta de las salas del personal sanitario: “En el servicio de urgencias, evitad todo lo que es urgente” o por qué no: “Haced que los moribundos se mueran”. Y en las oficinas de los administradores contables: “Un buen paciente es un cliente al que se le puede estrujar”. Y, finalmente, en el frontis de la funeraria: “Con el reconocimiento del tratado Maastricht”, porque las acciones de las pompas fúnebres deben estar siendo muy bien cotizadas.

Una última palabra:

Cada tarde, en el telenoticiario, los periodistas, que disponen entonces de un momento para destacar el valor del “vivir en comunidad”, (momento homeopático del positivismo) nos muestran como la gente que, desde las ventanas, aplauden al personal de salud haciendo payasadas, golpeando las cacerolas, cantando o gritando. Nos dicen que manifiestan su solidaridad con esos héroes de nuestra época que desafían la muerte en su trabajo.

Esto está muy bien, muy bien. Es verdad.

Pero, cuántos de aquellos que escupen desde sus balcones, saciados por la propaganda de Maastricht, votaron por candidatos que, de la izquierda liberal o de la derecha liberal confundidas, hicieron posible este hospital digno de Kafka, donde se obliga a ese pobre personal sanitario a distribuir la muerte o a otorgar la vida, en virtud de los programas decididos desde hace un cuarto de siglo por esta Comisión Europea, que nadie eligió, pero que hoy impone su ley a sangre y lágrimas, expectoraciones y escupitajos, a los súbditos del imperio de Maastricht.

Por mi parte, no tengo ganas de ir a mi balcón para balar con los corderos. Pero pienso en esas gentes formidables que me salvaron de un infarto cuando tenía veintiocho años, que estuvieron junto a mí cuando sufrí dos accidentes cerebro-vasculares o, que acompañaron a mi compañera durante los diecisiete años de su cáncer y su quimioterapia, antes de morir. Y que por esto merecen nuestro profundo reconocimiento y no desde hace diez días.

Mas bien, tengo ganas de llorar al ver en lo que han convertido a Francia, que mataron esos asesinos que hoy gozan de muy buena salud.

 

Por Michel Onfray (*)

(*)Filósofo francés, fundador de la Universidad Popular de Caen, autor de casi 100 obras publicadas en las que formula un proyecto edonista, ético y ateo, planteando también que no hay filosofía sin sicología, sin sociología o sin ciencias. “Un filósofo piensa en función de las herramientas de que dispone; si no, “piensa fuera de la realidad”, afirma.

(**) El autor hace referencia aquí al sistema instaurado en los campos de exterminio nazi. Allí, a medida que la gente iba llegando era seleccionada según las posibilidades de productividad que podía ofrecer para la maquinaria de guerra. Los hombres jóvenes podían vivir durante el tiempo en que sus condiciones físicas les permitieran trabajar. Por el contrario, los niños, los ancianos y en muchos casos, las mujeres, eran enviados inmediatamente a las cámaras de gases y asesinados.

 

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