Cultura

O el aburrimiento o el coronavirus

Entre los libros que atesoro, a menudo releo “Las mil y una noches” de autor anónimo. Cuentos unidos y relacionados entre sí, narrados noche tras noche por la bella joven persa Scherezada, al tiránico y misógino sultán Schahriar. No al sultán Harún Alrashid, como muchos piensan. Schahriar, esposo de Scherezada, la quiere asesinar y ella se las ingenia, utilizando toda la magia de su belleza e inteligencia, para mantener el suspenso en su narración. Nunca finaliza el cuento en la noche y lo posterga para el día siguiente. El sultán le perdona la vida, pues quiere conocer el desenlace de la historia.

A menudo las cuarentenas, al ser impuestas, resultan odiosas y nos obligan a ser hogareños. Quienes acostumbran llegar tarde a casa, aduciendo trabajos extras, se les acaban las excusas. Se incluyen aquí a los embusteros que inventan viajes a la costa, para buscar inspiración creativa junto a la mar, ¿o junto a la querida? Esclavizados por la pandemia, ni siquiera se puede hablar de la inmortalidad de la muerte.

También releo El Decamerón de Boccaccio, obligada lectura en nuestra juventud. En esta obra un grupo de nobles entre mujeres y hombres se retiran a una villa para capear la peste bubónica, que azota a Florencia en 1348, mientras se dedican a contar cuentos. Encerrarse a veces, tiene sus bondades, siempre que no sea en una cárcel, en una isla desierta o vivir secuestrado por la miseria.

Se puede matizar la lectura con la música y recomiendo a los clásicos, donde se encuentran Bach, Beethoven, Mozart, Verdi y Stravinski entre un centenar de creadores. En nuestra música popular se debe incluir a la excelsa Violeta Parra, a Patricio Manss, al Quilapayún, Inti-Illimani, junto y a una infinidad de otros grupos, cuya mención resultaría infinita.

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El destierro, el exilio o el ostracismo difieren de la cuarentena, pues se trata de medidas políticas, en su mayoría dirigidas por dictaduras sanguinarias, empeñadas en acallar a los críticos o enemigos del régimen. Chile ha sido pródigo en historias vinculadas al tema, donde cada cierto tiempo, una intelectualidad brillante debe huir a buscar refugio, lejos del país. Otros gobiernos que no son dictaduras, pero representan a la oligarquía ladrona, porque si no fuese ladrona no sería oligarquía, unidos a intereses bastardos, domiciliados en el extranjero, saben cómo acallar las críticas al régimen. Les imponen cuarentena a los medios de comunicación, a los opositores, al trabajo intelectual, al arte, mientras ejercen el control del estado.

¿Quiénes dirigen la cultura actual de nuestro país? ¿Hay becas para los artistas, estímulos, auspicios del gobierno, destinados a dar a conocer en el extranjero a nuestros creadores? Se cierran las librerías y las salas de exposiciones, finalizan siendo gimnasios. ¿Sirve de algo la cultura? En la actualidad, Chile posee tres agregados culturales en sus embajadas alrededor del mundo, después de tener 19. En Francia se encuentra un tal Justo Pastor Mellado, cuyas veleidades políticas lo encumbraron al cénit del oportunismo.

En Argentina, oficia el cargo “la regalona” Carmen Ibáñez. De seguro, ella invita a sus amigas a mostrar sus tenidas Dior en las fiestas de la embajada. En Italia, oficia el versallesco locutor y periodista de Radio Agricultura, Alejandro de la Carrera. Vocero en su oportunidad de los golpistas, se le conoce por su vocación rastrera. El sueldo de este triángulo de acróbatas, mudo en su trabajo cultural, vocinglero en la actividad social, oscila entre los 10 y 11 mil dólares al mes.

Zánganos y sanguijuelas de día y de noche, en la actualidad, maltratados por la cuarentena, pueden justificar su absoluta ineptitud cultural e ignorancia, escondiéndose en sus casas, pues viven en permanente holgazanería laboral.

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El coronavirus vino a demostrar la lasitud de una sociedad egoísta, amante del lujo, distanciada de la solidaridad. De estas experiencias traumáticas, surgirán nuevas visiones de un mundo que se abre al futuro. Si no se introducen profundos cambios, la humanidad debe despedirse del planeta tierra.

 

Por Walter Garib

 

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