Sebastián Piñera, el dueño del Circo, no es un empresario (como muchos lo creen), tampoco un economista, solamente un especulador bastante arriesgado en las finanzas, ya sea con la plata propia o la ajena. Nadie puede afirmar que haya sido un heredero clásico de la aristocracia chilena, (su padre fue un funcionario de la CORFO y, más tarde, embajador, un cargo, por lo general, destinado a premiar a agricultores arruinados y a políticos que perdieran su curul).

Nada se lograría si Piñera optara por renunciar, pues no es una persona, sino que es el arquetipo de la oligarquía plutocrática chilena, con sus cualidades y defectos entre ellos el narcisismo, la avaricia, la codicia, el amor exacerbado al dinero y el más absoluto desconocimiento de como viven sus conciudadanos.

Los plutócratas, dueños de Chile, están convencidos de que su riqueza acumulada será eterna, y que cada vez serán más dueños del mercado, (hay que recordar que, en varios episodios de nuestra historia, alguna vez  ellos han tenido miedo de perder su fortuna: en 1973, con el gobierno de Allende y, mucho antes, a raíz de la “huelga de la carne”, en el gobierno de Germán Riesco, y el 2 de abril de 1957, en el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo, en que las calles fueron ocupadas por los pobladores), afortunadamente, para ellos la iglesia, los militares y los carabineros constituyen su seguro de vida, pues si los “rotos” se rebelan, el camino más fácil de control es el de masacrarlos.

Sebastián Piñera no tiene la culpa de haber sido Presidente, y para colmo de la estupidez de los electores, ¡por dos veces!  A pesar de su carencia de neuronas realizó una brillante campaña electoral en los comicios en la segunda vuelta, frente un candidato incapaz, que andaba de tumbo en tumbo, Alejandro Guillier.

En Chile existe la constante de que todos los segundos gobiernos de los mandatarios han sido un verdadero desastre: Arturo Alessandri asesinó a destajo: no sólo se cuentan las masacres de Ranquil y la del Seguro Obrero, sino que robó a destajo junto a la “execrable camarilla”; Carlos Ibáñez fue mejor dictador que Presidente, (a los 80 años, en su segundo período, ya sufría de demencia senil); en su segundo mandato, Michelle Bachelet se rodeó sólo de ministros tarados, (Peñalillo “el galán rural”; Arenas, que vendió la Reforma Tributaria; el derechista Jorge Burgos, y algunos otros ejemplares ineptos).

Piñera, que al igual que Jorge Alessandri, se cree Dios, y estaba convencido, dado su narcisismo patológico, de que su segundo gobierno destruiría “el legado comunista” de Michelle Bachelet. Desde el 18 de octubre de 2019 ya no gobierna, y los que lo quieren bien le han suplicado que nunca más hable en público, pues cada día que pronuncia algunas frases, sólo dice insensateces, como “la de declarar la guerra al pueblo chileno, (hecho que, en su momento, motivó la burla de un general del ejército).

El virus que, según su ahora ex ministro de Salud, Jaime Mañalich, “podría mutar en buena persona”, salvó a Piñera de tener que mudarse de “la casa donde tanto se sufre”, La Moneda, tal cual lo afirmaba el autor de esta frase, Arturo Alessandri, tuvo que hacerlo en la empresa de mudanzas “Para todos sale el sol”, (justo el día del matrimonio de su hija Marta).

Para Piñera, este segundo aire fue más fatal que el denominado “estallido social” del 18-0, (al igual que Catalina II, tuvo su propio Potemkin en el ministro Mañalich, que simulaba ser un gran estratega en la batalla que se libraba en Santiago, y al igual que su jefe directo, narcisista, prepotente, soberbio y sabelotodo.

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Cuando la periodista investigadora Alejandra Matus, indagó que Mañalich proporcionaba cifras diferentes de fallecidos ante los medios de comunicación nacionales que los enviados a la OMS, se vio forzado a renunciar o bien, lo despidieron del cargo, (en todo caso, salió ganando, pues se ha convertido en el paladín presidenciable de los fascistas chilenos).

Piñera, entre tanto, se llevaba un buen papel dedicándose a dar conferencias de prensa sobre sus esfuerzos y su generosidad para llevar canastas, dinero y bonos para sus “rotitos, de quienes se ocupa especialmente, pues sufre con su pobreza a pesar de que nunca la ha vivido”.

La función principal del Presidente Piñera es “meter la pata”; está dotado de todas las cualidades de Dios, salvo el buen tino. Ya meter la pata forma parte de su ADN y, como los payasos del circo, sus chistes en el primer período dieron lugar a un libro muy leído, pero ahora, con la ruina del Circo Chamorro, sumado a la mortal pandemia, nadie tiene ganas de reír ni de celebrar las bromas del Presidente.

Solo a Sebastián Piñera se le había podido ocurrir el provocar a sus conciudadanos, que estaban llorando y lamiendo sus heridas al hacer detener la caravana de guardias de seguridad y bajarse en la Plaza Baquedano para demostrar su triunfo sobre el pueblo que había osado rebelarse contra el reinado de la plutocracia.

La oligarquía chilena no ha podido entender que los pobres se quejen. Antes, los curas vendidos les ofrecían el paraíso una vez dejado este valle de lágrimas; hoy no creen mucho en el juego del caso Poblete y de otros tantos, sin embargo, los pobres “merecen su suerte, pues son borrachos, flojos, sucios y comunistas”. Ahora, el alcalde de Santiago, Felipe Alessandri, culpa del hacinamiento y contagio a los inmigrantes, especialmente haitianos que, según él, trajo la Presidente Bachelet.

Debo confesar que me equivoqué al creer que la facultad fiscalizadora de la Cámara de Diputados, haciendo uso de la acusación constitucional serviría para algo; ahora estoy convencido de que el parlamento, tan desprestigiado como las demás instituciones, no es el camino. A lo mejor, el uso del código penal sería mucho más útil, para indagar al Presidente de la República o a alguno de sus ministros sobre posibles acciones pasibles de delito, (hoy por hoy, a Mañalich).

En países civilizados, donde existe el estado de derecho y la igualdad ante la ley, y para qué hablar de la presunción de inocencia, los familiares de los fallecidos por el Covid-19 se querellan, sin problema, contra los Primeros Ministros y los encargados de la Cartera de Salud, pero en Circo Chamorro nuestro es muy difícil que la justicia favorezca a las víctimas. Pues el único delito es ser pobre.

 

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

23/06/2020

 

 

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