Opinión política

Víctor Pérez o un funeral rezagado

En la semana pasada, Víctor Pérez como Ministro del Interior empezaba a agonizar. En silencio se preparaban sus exequias. Se veía enzarzado en una lucha frontal, dando mandobles a diestra y siniestra, y su caída era cuestión de minutos. Se aferraba a la vida y se prolongaba su defunción política.

 

Como equilibrista, demostró habilidades propias de un aventajado miembro de un circo, como en los tiempos dorados del Circo Las Águilas Humanas. Mientras varios partidos políticos empezaban a oler a podrido la noche del 25  de octubre, él continuaba ajeno al desastre. Sobrevivió a un reguero de mortandad, que nos hizo recordar los peores días del coronavirus.

 

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Las pompas fúnebres, vivían jornadas de gloria. Por algo, nunca cierran. Faltaban ataúdes para socorrer la explosiva demanda. Desde el primer día que Víctor Pérez asumió el cargo, el cual desempeñó durante 98 días, cuatro horas y siete minutos, los expertos en perfumería, le sintieron olor a cadáver.

 

Bien es sabido que los cadáveres no huelen a nada en las primeras horas. Hay culturas que los perfuman, pues deben presentarse al más allá, bien lavados, aromatizados y envueltos en sábanas blancas, pues la pulcritud en el vestir, es bien valorada donde uno concurra.

 

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En algunos años en nuestras escuelas de derecho, su historia será tratada como el “Caso Pérez” y los estudiosos de la época, analizarán en profundidad su fugaz presencia como Ministro del Interior, rumbo al exterior. También podría llamarse “El proceso del suspiro de los 98 días”. Nadie se asuste si hago un guiño a la poesía. Todos suspiramos ya sea por pena, ansia o deseo. Depende del estado de ánimo o de las circunstancias. Al menos, se trata de un consuelo en este país, donde olvidamos a quienes hacen historia. Pérez ha hecho historia en mayúscula, donde la anécdota fluye como manantial y su nombre se incorpora a los textos de estudio. A cualquiera le da envidia.

 

Los abogados que lo defendieron, equivocaron la estrategia. Parecían defender a quien hace una maldad o comete un pecado venial. Y lo explico en forma sencilla. Pérez debía haber recurrido a los abogados que defendieron a los dueños de “Penta”. A lo sumo, lo habrían obligado a estudiar la historia del Pueblo Mapuche y otros pueblos. Entender la razón de la demanda de sus derechos como naciones, que habitan Chile, desde siglos antes que llegaran a este país, los invasores a robarles sus tierras. Apenas asumió el cargo de Ministro del Interior, viajó a La Araucanía.

 

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Se hizo acompañar del fuego del dios Hefesto, dueño del fuego y la forja en la mitología griega, a una zona que requería llevar soluciones a las legítimas demandas de sus habitantes. En calidad de pirómano se presentó en la zona y la quiso incendiar.

 

¿Cuál debía ser su misión, aunque de misión parecía invasión? A escuchar en vez de llegar a vociferar, escudado en la arrogancia. A admitir, que la política que desde hace siglos se aplica en la zona es equivocada y se deben crear confianzas, pedir perdón y sacarse el cerumen de las orejas. Reconocer los abusos de un estado sordo y ciego a las demandan de un pueblo subyugado. ¿Quién le aconsejó semejante provocación? ¿Lo instruyó su jefe o actuó de mutuo propio? ¿O recordó en cambio, aquella época cuando desfilaba junto a Paul Schäfer, fundador del enclave Colonia Dignidad? Sí, y lo hacía con marcialidad, mientras en su expresión se dibujaba la arrogancia del vencedor.

Arrogancia de señorito, que enrisca la nariz cuando huele a sudor proletario. No vamos a repetir esta historia de pesadillas. Son suficientes las pesadillas que vivimos a diario a causa de un gobierno moribundo. Funeral que se empieza a anunciar en las páginas de defunción de la porfiada realidad y ya se ve, a quienes visten luto.

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Por Walter Garib

 

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Escritor y cronista

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