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Documentos ocultos de la Historia de Chile: Testimonios de la extrema miseria y explotación en el siglo XIX

Uno de los mitos históricos que tenemos es que Chile se constituyó en un país bastante ejemplar en América en el siglo XIX. Sin embargo, dicho mito se ha construido –entre otras cosas- en el ocultamiento de múltiples testimonios nacionales y extranjeros –e incluso de fuentes de pensamiento conservador- de la atroz miseria y explotación que sufrían la mayoría de los chilenos, incluso en términos comparativos con diversas partes del mundo. Aquí se seleccionan varios de esos testimonios con indicación de las fuentes respectivas.

 

TEXTOS

 

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CLAUDIO GAY (Célebre naturalista francés que estudió a Chile entre 1828 y 1842)

 

“El campesino chileno es de hecho un siervo de la gleba y en ningún país el trabajo de los campos es más penoso, más duro, más fatigante y más mal pagado (…) el inquilino es siempre explotado, ya por estos adelantos (anticipos o préstamos en semilla o dinero) ya por el subido precio de los arriendos (…) El propietario, sea por costumbre, sea por estipulación les paga muy raras veces en dinero (…) Esta costumbre no es sino un resto de ese derecho de poya o banalidad que ejercían en otro tiempo los señores feudales sobre sus vasallos” (Hernán Ramírez Necochea.- Historia del movimiento obrero en Chile. Siglo XIX; Talleres Gráficos Lautaro, Santiago, 1956; p. 62).

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“EL MERCURIO” DE VALPARAÍSO (Editorial de 17 de Febrero de 1860; “Los Inquilinos”)

 

“Respecto de ellos nada se ha hecho aún, todo permanece en su estado primitivo; y peor aún, porque hoy la codicia de los amos y sus exigencias oprimen cada día más a esta infortunada clase (…) Su habitación es infecta, pajiza, obscura y sucia (…) allí el lecho del marido y de la esposa unido al de los hijos y estos confundidos los unos y los otros sin consideración al sexo ni a la edad. Nada, casi nada se encuentra en estas tristes moradas de los inquilinos chilenos que pueda anunciarnos que nos encontramos en un país civilizado (…) solo impera la miseria, la esclavitud y los vicios que traen consigo la ignorancia y el vasallaje” (Ramírez; p. 64).

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J.M. GILLIS (Viajero estadounidense de mediados del siglo XIX)

 

“Se refiere a nuestros campesinos, destacando la descuidada indiferencia con que eran mirados por sus señores, la falta de horizontes en que desarrollaban sus vidas, la explotación de que eran víctimas y la situación de miseria y sordidez en que se encontraban, situación incomparablemente peor que la que tenían los esclavos en Estados Unidos” (Ramírez; p. 62).

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CAPTAIN HEAD (Observador británico en la década de 1820)

 

“Los mineros son bestias de carga que transportan casi el mismo peso que las mulas (…) la vista desde las minas de San Pedro Nolasco de sus campamentos es indudablemente la escena más espantosa que me ha tocado presenciar en mi vida (…) ningún otro sentimiento que el de la avaricia podría justificar el establecimiento de un cierto número de seres humanos en un lugar que para mí es materia de asombro cómo alguna vez pudo ser descubierto (…) la situación de los peones mineros en Chile constituye una de las más vergonzosas páginas de la historia moral de la humanidad” (Gabriel Salazar.- Labradores, peones y proletarios; LOM, Santiago, 2000; pp. 206-7).

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CHARLES DARWIN (Célebre naturalista británico que estudió a Chile entre 1832 y 1835)

 

“Cuando llegamos a la mina inmediatamente me chocó el pálido aspecto de los peones (…) la mina tiene 180 metros de profundidad, y cada apir sube una carga de 200 libras de peso (90 kilos aprox.) (…) Incluso jovencitos de 18 o 20 años, con escaso desarrollo muscular –están casi desnudos- ascienden con esa gran carga desde esa profundidad (…) los apires suben esa carga 12 veces al día, o sea, 2.400 libras diarias (990 kilos aprox.) (…) y ellos son empleados durante los intervalos en machacar piedras (…) Aun sabiendo que éste es un trabajo voluntario, es, sin embargo, tremendamente repulsivo ver el estado en el que ellos llegan a la bocamina: sus cuerpos doblados hacia delante, agachados, con sus brazos apoyados en los escalones, sus piernas arqueadas, sus músculos temblorosos, la transpiración chorreando de sus rostros sobre su pecho, las aletas de su nariz distendidas, las comisuras de los labios violentamente recogidas hacia atrás, y la expulsión del aliento dificultosa” (Salazar; p. 207).

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HENRY MEIGGS (Constructor estadounidense de vías férreas en Chile, entre 1855 y 1863)

 

“Cuando yo acepté realizar este trabajo (construcción de vías férreas en Chile) todos exageraron sus dificultades y me advirtieron de que eran insuperables. Me dijeron: ‘Usted no puede controlar los peones locales, porque ellos son insubordinados e ingobernables’. Esta profecía, señores, no se ha cumplido en la ejecución de este ferrocarril. Todos los artesanos y peones chilenos han trabajado obedeciendo la voz del honor y del deber. Es cierto que yo los he tratado como hombres y no como perros –como ha sido aquí la costumbre- porque ellos son eficientes si uno sabe cómo dirigirlos. Yo los he visto incluso auto-dirigirse, y aun así, sobrepasan al trabajador extranjero” (Salazar; p. 243).

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LEONIDAS GARCÍA (Académico de la U. de Chile; Informe sobre los mineros de Lota en 1861)

 

“Los barreteros y carreros entran al trabajo a las cinco de la mañana en verano y a las seis en invierno; salen a las cinco y seis de la tarde. En el interior de las minas comen y almuerzan (…) A horas determinadas acuden sus camaradas (así llaman ellos a sus mujeres) a la boca del pique con cestos que contienen los alimentos. Se colocan éstos en las jaulas ordenadamente, y un hombre baja con ellos” (Ramírez; p. 102).

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“EL COPIAPINO” (Diario de Copiapó, llamando a respetar el descanso dominical, en Marzo de 1869)

 

“Debe abolirse la costumbre de hacer trabajar a los operarios en los días de fiesta (…) Cuando el trabajo de minas se hacía forzado allá en el siglo pasado (XVIII), el propietario dejaba al indio descansar el día domingo de la fatiga de la semana” (Ramírez; p. 104).

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ABDÓN CIFUENTES (Líder conservador; “Mortalidad de Santiago”, 22-7-1871)

 

“Cuando, por ejemplo, la espantosa cifra de la mortalidad de los párvulos ha herido casualmente los ojos de los escritores públicos, apenas si las preocupaciones políticas les han dejado tiempo para estampar uno que otro lamento pasajero y estéril (…) ¿Qué dicen entre tanto los hechos? Ellos revelan una monstruosa realidad, una realidad que está en contradicción con todas las apariencias y que ha sido tan poco estudiada que estoy seguro sorprenderá a todos los que fijen en ella su atención. Santiago es tal vez, la ciudad más mortífera del mundo, y sin tal vez, mortífera en tal grado que no admite parangón con ninguna de las grandes capitales. Por dolorosa que sea esta confesión para nuestro amor patrio, es menester hacerla; por triste que sea para nosotros esta verdad conviene declararla para que se trabaje en extirpar el mal de que procede. Los males no se curan ocultándolos. Por el contrario, ellos se propagan y se perpetúan a favor de la sombra y del silencio. La proposición que acabo de sentar exige una exacta comprobación de los hechos. Helos aquí. El último censo de la República, levantado a principios de 1865, daba a la ciudad de Santiago 116.000 habitantes ¿Cuál ha sido la mortalidad desde ese año para adelante? Más o menos la misma que en los años anteriores. Así, en el año de 1863, la mortalidad ordinaria fue de 11.546, es decir, que falleció la décima parte de la población total, o lo que es lo mismo, ciento por mil. La mortalidad ordinaria del año 1864 fue de 10.635, algo menos que la del año anterior. Pero en el año 65, fecha del censo, la cifra de la mortalidad volvió a ascender a 11.569, es decir a ciento por mil (…) Partiendo del año 65 (…) encontramos los siguientes datos estadísticos: 1866: 9.770; 1867: 9.407; 1868: 8.313; 1869: 11.277; 1870: 9.152. Según estos datos, resulta que desde luego que en los últimos años han fallecido más de ochenta mil almas, y que, en el espacio de doce años, ha muerto un número igual a la población total de Santiago (…) Según la estadística oficial (…) resulta que la cifra de defunciones representa una mortalidad anual de 23 por mil en Londres, de 31 por mil en París, 24 por mil en Dublin y 20 en Edimburgo (…) En el año 1865, Nueva York tuvo una mortalidad anual de 1 por 49 individuos; Londres 1 por 41; París 1 por 36 y Santiago 1 de cada 10”.

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Y Cifuentes culpaba de esto fundamentalmente a “la suciedad, la inmundicia, la barbarie que rodea nuestra ciudad y nos asedia por todos lados. Allí están desde luego los conventillos y los ranchos en que vive nuestro bajo pueblo (donde) viven apiñadas las gentes sobre la inmundicia, como los puercos, en cuartos húmedos, oscuros, sin ventilación,

respirando día y noche un aire envenenado por todos los microbios habidos y por haber. Al través de estos conventillos corren las aguas más inmundas de las acequias de la ciudad, a tajo abierto, repletas de un cieno más inmundo todavía, intolerables a la vista y al olfato” (Abdón Cifuentes.- Colección de Discursos; Tomo III; Escuela Tip. La Gratitud Nacional, Santiago, 1916; pp. 259-65 y 282).

 

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“EL INDEPENDIENTE” (Diario conservador, refiriéndose a la situación de la mujer en 1872)

 

“La mujer entre nosotros, no puede bastarse a sí misma. Entregada a sus propios recursos por la falta del padre, del esposo o del hermano, no tiene otro porvenir que la miseria o la perdición (…) Fuera de la costura, casi no se conoce entre nosotros otra industria femenina, y aún esta se halla ya considerablemente limitada por el empleo de la máquina de coser. Ahora bien, la misma costura no produce a una obrera laboriosa lo suficiente para vivir (…) Vida de trabajo incesante y de privaciones infinitas y vejez en medio de una miseria espantosa, he ahí el destino de la mujer. ¿Cómo extrañar entonces que haya tantas que opten entre el trabajo y el vicio, por este último que les ofrece siquiera una vida fácil y que se desliza entre placeres?” (Sergio Grez.- La ‘cuestión social’ en Chile. Ideas y debates precursores (1804-1902); Edic. de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 1995; pp. 171-2).

 

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EDWARD SÉVE (Francés, en un libro sobre Chile de 1876)

 

“La duración media de la vida en Chile no alcanza a los veinticinco años; esto proviene de defectos constitucionales resultantes de la falta de higiene, de la alimentación, de los inadecuados medicamentos y de varias otras causas contra las cuales sería fácil actuar” (Ramírez; p. 125).

 

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AUGUSTO ORREGO LUCO (Destacado médico chileno de tendencia liberal, escrito de 1884)

 

“Los cálculos más modestos nos revelan que el 60% de los niños mueren antes de llegar a los siete años. Esa espantosa mortalidad es el resultado de condiciones sociales y económicas. La miseria y las preocupaciones contribuyen igualmente a producirla. En medio de la miseria, la higiene es imposible, y la falta de higiene es mortal para el recién nacido. A esto se añade la superstición –esa hija desnaturalizada del sentimiento religioso- que hace que el padre, desde el fondo de su miseria, no divise un porvenir mejor para su hijo que la muerte al nacer. En el bajo pueblo la muerte del hijo es una fiesta” (Grez; p. 324).

 

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HENRY SEWELL (Ingeniero de minas británico, escrito en 1886)

 

“En Chile se conserva la tendencia a trabajar las minas como se hizo 50 años atrás, sin ninguno de los muchos e importantes sistemas mecánico-automáticos que ahora se usan en todas las naciones civilizadas; es decir, haciéndolo todo con puro trabajo manual (…) El agua es hasta el día de hoy sacada a la superficie en bolsas el cobre es molido, sobre las espaldas de los seres humanos, en muchas minas. Y hay cientos de casos donde los minerales son sacados de igual forma. En muchas minas chilenas el cobre es molido a martillazos y lavado a mano” (Salazar; p. 64).

 

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EUGENIO CHOTEAU (Ingeniero francés, Informe sobre las minas de Coquimbo en 1887)

 

“Socialmente estudiado este punto, creo que es un crimen de lesa humanidad enterrar en un subterráneo a un ser humano durante tantas horas consecutivas. A la bestia no se la hace trabajar más de ocho horas y esto, dándole alimento y cuidándola, pero al trabajador sólo se le da por alimento el hierro y los gases deletéreos y malsanos que se aspiran en la atmósfera de las minas. Esta es una de las causas que producen la tisis en esos abnegados hijos de las montañas (…) En las minas de cobre del Norte Chico se está generalizando para esta clase de trabajos el sistema de emplear niños menores de diez años, lo que es muy perjudicial para la nación, pues este futuro ciudadano gasta su salud en un trabajo pesado y aprende también el robo, porque pierde el decoro viéndose registrado desde tan pequeño (…) El minero generalmente duerme sobre cueros de oveja o sobre sacos, casi nunca duerme en un catre, a excepción de los casados; no se desnuda y rara vez se lava a no ser los domingos. Se reúnen seis u ocho y duermen todos juntos en una sola pieza” (Ramírez; pp. 104, 110 y 121).

 

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VICENTE DAGNINO (Memoria de Prueba, Facultad de Medicina de la U. de Chile, 1887)

 

“Las diversas comisiones encargadas de recorrer las ciudades procurando el aseo de las habitaciones, y que se han visto obligadas a penetrar en aquellos antros inmundos cuyos misterios tal vez desconocían, han levantado el grito señalando las detestables condiciones higiénicas en que viven nuestras clases obreras y proletaria; han presenciado la desnudez, el hambre y las enfermedades; han visto al hombre en peores condiciones que las bestias” (Ramírez; p. 120).

 

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TEODORO CHILD (Viajero estadounidense, escritos en 1890)

 

“Los pobres viven en conventillos antihigiénicos y casuchas que manifiestan un abandono aún más miserable que el del campesino ruso. Para los peones la vivienda es, realmente, una prueba en que el sobreviviente ha debido pasar por las críticas penalidades de la infancia y, gracias a esto, la mortalidad entre las clases pobres es enorme” (Leopoldo Castedo.- Chile. Vida y Muerte de la República Parlamentaria; Edit. Sudamericana, Santiago, 1999; p. 27).

“Aparte de Inglaterra, no hay país donde la distinción de clases sea tan marcada como en Chile. Hay hombres blancos y el rebaño humano, los criollos y los peones: los primeros, señores y amos indiscutidos; los segundos, esclavos resignados y sumisos. Es un hábito en Chile no dar siquiera las gracias a un (empleado) doméstico o a un peón después que hayan prestado un servicio, se le considera como un ser absolutamente inferior” (Hernán Godoy.- El carácter chileno;  Edit. Universitaria, Santiago, 1981; pp. 258-9).

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“EL ALFA” (Diario de Talca, describiendo la situación laboral de la mujer en 1890)

 

“En esos talleres de moda se hace trabajar a las operarias durante doce horas diarias, desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche; lo que es una enormidad y no tener conciencia ni sentimientos humanitarios (…) y, sin embargo, la remuneración que se abona por tan pesado servicio no alcanza a la mayor parte de las obreras ni para comer” (Ramírez; p. 108).

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“LA OPINIÓN” (Diario de Valparaíso, sobre la “fama” mortífera de Chile; 14-2-1895)

 

“La Compañía ‘La Equitativa’ de Nueva York ha resuelto no hacer nuevos seguros en nuestro país, a causa de la excesiva mortalidad a que está expuesta la población de Chile”.

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ANDRE BELLESORT (Escritor francés, en 1897)

 

“La República (de Chile) se compone de una clase que lo posee todo y de otra más numerosa, que no posee nada. Lo que admira es que esta última nada exija tampoco. De este modo, en esta joven República, que parece la mejor organizada de América del Sur, se encuentra una plebe tan miserable, tan falta de esperanza, que no tiene ni bastante energía ni bastante conciencia para manifestar ninguna aspiración” (Guillermo Feliú Cruz.- 1981-1924. Chile visto a través de Agustín Ross; Edic. de la Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, 2000; p. 120).

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