Opinión política

Una sociedad sin palabras

(Homenaje a Dantón Chelén Franulic, (1941-2021) escritor y director de la Revista cultural  “La pluma del ganso”-México) 

 

 

En silencio una pareja ingresa a un café. Se trata de personas jóvenes que bien pueden ser novios o recién casados. Usan las mascarillas de rigor y portan bolsas donde llevan prendas, recién adquiridas en el “Mall”. Como hace algo de frío, visten ropas adecuadas. Se sientan a una mesa al fondo del local y con la cabeza agachada, manipulan sus celulares. Cualquiera diría que se han enemistados y concurren al lugar, para reconciliarse. El sitio parece el adecuado, pues hay intimidad. Ahí se escucha música electrónica, mezcolanza entre gritos, rugidos y cacareos, que de permanecer viva la folclorista Violeta Parra, se habría puesto a llorar. En sus celulares, los jóvenes escriben y ejecutan las operaciones necesarias, para enterarse de las novedades. Nada se dicen o comentan acerca de lo realizado ese día, mientras esperan ser atendidos. Ni siquiera hacen gestos de complicidad, sonríen o se miran, como solía suceder hace años. Menos aún, intercambian una mínima opinión o lanzan una pregunta. Por ejemplo, hablar del clima como recurso, cuando no se encuentra el tema adecuado de conversación. ¿O se trata de dos extraños que se conocieron en la calle, hace unos minutos? Al menos, deberían cogerse de las manos, mirarse a los ojos por algunos instantes. Nada entienden de la intimidad. ¿Acaso existe mayor demostración de amor que observarse en silencio, sonreír, hacer mohines y pronunciar palabras? No se formulan consulta alguna, ni siquiera meditan si va a llover o refieren cierta anécdota acaecida esa jornada. Bien se podría pensar que, nada de lo expresado aquí, les interesa.

Advertisement

¿Quiénes son? Representan la típica pareja de la clase media chilena, endeudada y que vive a saltos de mata. Esa tarde de compras, a modo de darse un gustillo extra, consumirán un refrigerio para reponerse. Bien puede ser un despilfarro, pues en la compra de la tienda, casi gastaron el sueldo de una semana. ¿Se sobrepasaron en los objetos adquiridos? ¿Cayeron en la tramposa tentación del consumismo? Mientras compraban, hacían apresuradas cuentas y cálculos en el celular. Llegaban a la mitad del mes y para vivir los 15 días restantes, pensaban recurrir a un préstamo en el banco o empeñar alguna joyita. En el barrio donde viven, se cerró una librería y ahí opera ahora, una casa de empeño.

En el café, alejados de la tienda, revisan en el celular correos y una serie de funciones denominadas en inglés, que han contaminado nuestro lenguaje y más bien lo han empobrecido. Como somos país tributario del imperialismo universal, se debe asumir desde hace siglos, esta inconmovible realidad. Han transcurrido algunos minutos y aparece una chica a tomar el pedido, luego de entregar el menú. Es el hombre quien rompe el silencio, para solicitar una taza de té y una porción de galletas. Ni siquiera ha consultado la lista de consumición. Su acompañante mueve la cabeza, sin dejar un segundo de observar el celular, mientras farfulla palabras, que nadie comprende. ¿Tiene importancia semejante actitud? Alguien que ama el silencio creador, podría defenderla al decir el proverbio hindú-árabe: “Si lo que vas a decir no es más hermoso que el silencio, no lo digas”.

Al cabo de unos minutos, llega el pedido a la mesa y la pareja, atrapada en la pantalla del celular, nada advierte. La machacona música, también contribuye en aislarla. Si la chica que atiende no indica que está servido el té, los jóvenes no levantarían la cabeza para saber si ha llegado la noche, llueve y deben regresar apresurados a casa. Beben la infusión a sorbos y picotean las galletas, sin siquiera observarse. La mudez de la pareja, pues la música persiste en su delirio de asesinar a Mozart, se mantiene incólume. Hay un claro desinterés por la presencia del ser amado, que al frente de uno, comparte un momento de intimidad.

¿Existen o cada uno de ellos se encuentra solo en mesas separadas, náufragos en el océano de una sociedad ramplona? Similar a un intruso, el celular se ha encajado entre ellos, convertido en indiscreto amante que surge de improviso y se empeña en divorciarlos. Se marchan tan silenciosos y extraños como llegaron, mientras manipulan el celular. Al llegar a una bocacalle, cruzan casi sin mirar y bien pudieron ser atropellados por un automóvil, pues el conductor también opera el celular. En la noche, si quieren seducir el esquivo amor, de seguro concurrirán al dormitorio, en compañía del celular. Si en él buscan estímulos, escenas libidinosas, destinadas a superar la apatía sexual, que permeó nuestras costumbres, se justificaría. Si en cambio, prefieren leer un correo donde se ofrecen descuentos hipotecarios del banco o deciden jugar al solitario, constituiría una rotunda imbecilidad.

Advertisement

Por Walter Garib

 

 

Advertisement

Advertisement
Síguenos:
error1
fb-share-icon0
Tweet 20

Escritor

Related Posts

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

El Clarín de Chile · Aviso legal Privacidad Política de cookies
Danzai Software