Crónicas de un país anormal

La derecha es derrotada en su propio feudo

En la historia de Chile no se ha encontrado algún antecedente de las sucesivas Constituciones en las cuales los ciudadanos en general hayan fijado ellos mismos sus propias reglas de convivencia ciudadana.

Es cierto que, por ejemplo, José Manuel Infante logró la aprobación de una Constitución federal, (1826), por la cual Chile se dividía en cinco regiones que se auto-gobernaban: Concepción, (permanente rival de Santiago fue, incluso, protagonista de una guerra civil en que participaban bandos de las dos regiones); Atacama, (que gozaba del auge minero); Coquimbo y Valparaíso, (esta última se había convertido en la capital económica de Chile).

La aristocracia penquista fue rival de la santiaguina: en el caso de primera, se consideraba la frontera militar entre Chile y el territorio mapuche; las regiones del norte del país se consideraban como el rico territorio minero de Chañarcillo.  Atacama, en la segunda mitad del siglo XIX, contaba con su propia bandera, (azul con una estrella amarilla en el centro).

La famosa Constitución federal tuvo breve existencia y, al final, fue dominada por la aristocracia santiaguina.

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Luego, Chile tuvo una original Constitución moralista, redactada por don Juan Egaña, que suponía que las leyes  determinaban la conducta de convivencia ciudadana. La Constitución de 1928, que tuvo la brillante y fuerte inspiración del gaditano José Joaquín de Mora,  fue redactada y  aprobada por las provincias.

El único antecedente en que el pueblo haya participado y aprobado una Constitución en Chile fue en 1925, después del golpe popular, del 8 al 11 de marzo de ese año, llamado “Congreso Constituyente de Asalariados e Intelectuales”; en este acontecimiento, los Constituyentes se dividieron en un 45% proletario, 20%  empleados, 20% profesores, 7% estudiantes, 8% intelectuales. El presidente de este Congreso, Hidalgo, y otros, brillaban como líderes indiscutibles de la izquierda chilena, entre quienes se contaban comunistas como Carlos Contreras Labarca; anarquistas, César Godoy Urrutia, Carlos Alberto Martínez; representantes de la FECH, (Meza, Fuentes, Vicuña, De María, incluso, por primera vez hubo representación feminista, con la profesora Amanda Labarca y Graciela Mandujano).

Los acuerdos logrados  por esta Convención fueron muy avanzados para la época, entre los cuales se establecía la separación entre la Iglesia y el Estado, por consiguiente, Chile pasaba a ser Estado laico; confiscación de los bienes de la Iglesia, a fin de construir viviendas populares; se declaraba el fin de la prostitución; en política internacional, se aplaudía la revolución rusa, (1917), así como el reconocimiento de la URSS; en el aspecto económico se optaba por la estabilidad monetaria; se eliminaba el ejército profesional , y a Chile lo defenderían los mismos ciudadanos de cualquier conflicto con otro u otros países.

En los años 30 del siglo pasado estaba de moda una concepción ideológica denominada “corporativismo”, lo aplicaba Benito Mussolini, y  también estaba incluido el pronunciamiento de la Iglesia, en la Encíclica Quadragesimo Anno, (redactada a los 40 años de Encíclica Rerum Novarum), y que adoptó el “corporativismo” como una forma de integrar a trabajadores y propietarios en una especie de armonía entre las partes, a fin de evitar la lucha de clases entre obreros y patrones, (doctrina propagada por Carlos Marx).

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Para algunos ciudadanos el Congreso Constituyente de la época debía surgir del sufragio popular; para otros, debía ser político-partidista; para un tercero, “corporativista”, que representaba a “Las fuerzas vivas de la nación”, como se las denominaba en ese entonces.

Arturo Alessandri reaccionó con rapidez ante el peligro de que fructificaran los acuerdos de los miembros del Congreso Constituyente y, entre gallos y media noche, convocó a una gran “asamblea”, que incluía a la casi totalidad de personalidades políticas nacionales, entre quienes se menciona a Eliodoro Yáñez, Francisco Bulnes, Germán Riesco, Emilio Bello, Emiliano Figueroa y, además, los comunistas Manuel Hidalgo, (posteriormente trotskista) y Carlos Contreras Labarca. En esta Asamblea, llamada la “comisión grande” había personajes de todos los partidos políticos: liberales, conservadores, anarquistas, comunistas, y de Federaciones de Estudiantes, la FECH…, y ningún político quería perderse la oportunidad  de “contribuir” en la redacción de una Constitución  para el “nuevo Chile”, pero la “Comisión grande”, sirvió de muy poco, pues muy pronto fue reemplazada por una “Comisión chica”, encargada de redactar la Constitución a la medida del Presidente Arturo Alessandri.

Estos precedentes, de corta duración, son más bien anecdóticos, y no cabe duda de que la oportunidad de formular una Constitución verdaderamente participativa y popular sea ahora, por primera vez en Chile, a pesar del bloqueo y las trampas de la derecha,  minoritaria, sea  una anhelada realidad para nuestro amado país.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

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19/05/2021

Bibliografía

Gonzalo, Vial, Historia de Chile, 1891-1973, Vol. III :536-537, Antillana.

 

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Historiador y cronista

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