Política Portada Presidenciales 2021

Llamado a acción política ante la mayor amenaza de regresión democrática de los últimos treinta años

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En menos de seis meses la atmósfera política chilena ha mutado como una tormenta en un día soleado. El proceso político que parió en 2019 la revuelta popular estaba en plena marcha, la Convención Constitucional avanzaba pese a las no pocas trampas pero las expectativas en el corto plazo se mantenían en alto. Hasta que revienta la tormenta del 21 de noviembre, con un resultado electoral que invirtió de forma pasmosa las anteriores percepciones. El proceso de cambios, impulsado por la revuelta de octubre del 2019 y encausada en la Convención, se ha estrellado contra un muro de contención que ni los convencionales ni los partidos y organizaciones detrás de esas transformaciones fueron capaces de ver. Hoy, tras los resultados de las elecciones hay ciertos cabos sueltos que comienzan a formar una sucia madeja.

 

El triunfo de José Kast en la primera vuelta electoral no ha sido un hecho fortuito. Una campaña para frenar los procesos de cambios que los medios hegemónicos habían preparado y levantado desde inicios de año para generar una percepción de crisis política terminal. Desorden, barricadas, terrorismo, narcotráfico, delincuencia desatada más un diseñado desprestigio de la Convención que tuvo su punto más álgido y certero en el lamentable caso de Rojas Vade. Junto a la prensa corporativa hay que sumar a todo el establishment financiero, desde el Banco Central en adelante, para desacreditar a un Congreso que votaba a favor de los retiros de los fondos de pensiones. El auge de Kast en las encuestas es el efecto de esta panoplia de articulados desastres. Su campaña solo amplifica un miedo previamente instalado.

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El resultado de las elecciones es la confrontación. La reinstalación del Chile del SI y el NO, la polarización extrema. Tras el triunfo de Kast la derecha tradicional en todo su espectro se suma a su campaña sin grandes dudas. Asume un discurso propio de la guerra fría, con una altisonante advertencia al comunismo, a la pérdida de libertades, a políticas contra la propiedad privada, al adoctrinamiento, la persecución. Un guión viejo pero en tiempos confusos tremendamente efectivo. Es propaganda, es mentira, pero sirve para ganar elecciones.

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La mentira es la realidad mediatizada. Las fake news se difunden como la mejor propaganda política desde los medios para circular y reproducirse como un virus por las redes sociales. El elector, muchas veces ingenuo, políticamente ignorante y temeroso de su vida recibe esa información en su insoportable distorsión. La mentira, en estos casos, se lee como verdad. Es una atmósfera de ruidos ensordecedores que nublan los contenidos y anulan el sentido de la política.

 

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La derecha toda, salvo muy escasas y honrosas excepciones, ha apoyado sin titubeos a José Kast.  Se ha quitado una máscara de tolerancia que le resultaba incómoda. Ha cerrado filas no solo por un candidato más rentable políticamente que el malogrado Sebastián Sichel, sino que ha abrazado desde antes del 21 de noviembre una propuesta regresiva y negacionista. De la noche a la mañana la derecha chilena borra todos los difíciles avances en el respeto de los derechos humanos durante los últimos treinta años. Si en el discurso recoge el hoy artificioso guión anticomunista de la guerra fría, en los contenidos, en el sentido de la política, demuestra comodidad y carencia de vergüenza al arropar a un líder y un programa de abiertos rasgos de intolerancia fascista que reniega las violaciones a los derechos humanos. Aquella línea que dividía a la derecha de la ultraderecha no es más que una línea móvil, una expresión retórica.

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Esta derecha no es nueva. Es una vieja conocida, es el verdadero gen de la oligarquía chilena, que cruza toda nuestra historia y la riega de sangre con su intolerancia, la discriminación, el supremacismo de clase y la defensa de sus privilegios a cualquier precio. Este mismo gen se reproduce hoy, también, como bien observamos, no sólo en los votos por el Rechazo, sino, y principalmente, desde los movimientos de capital en los centros financieros, en la línea editorial descarada de sus medios de prensa, en todo el espectro de inversionistas y sus operadores políticos. La derecha se desnuda para exhibir su verdadero poder, que no es otro, como los chilenos lo hemos sufrido por toda la historia, que la violencia. Los elogios y cariños de Kast a las fuerzas armadas y carabineros responden a esta clásica estrategia.

 

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La propuesta de Kast es eso. El status quo neoliberal y oligárquico sostenido a la fuerza para mantener altas tasas de rentabilidad a los inversionistas y grandes corporaciones. El resto es la marcha atrás de la historia hacia estructuras premodernas. Es un diseño político primitivo que no se ha sostenido ni se sostendrá en el futuro. Los casos de Trump y Bolsonaro deberían servir como lección para comprender esta vía rápida hacia el enfrentamiento, el odio y la destrucción. En el caso del brasileño, lo que ha caracterizado su gobierno son los más de 600 mil muertos por la pandemia, el retroceso sostenido en el PIB, el aumento de la pobreza y la delincuencia, la destrucción acelerada de la Amazonía y la persecución de comunidades indígenas. Un proyecto político mesiánico y apoyado en mentiras inoculadas a las redes sociales ha derivado en esta escena desastrosa y de intensa tensión política. Un gobierno de Kast asegura ese destino a Chile.

 

En esta escena, el único voto posible es contra Kast y contra el modelo de país instalado por Pinochet y consolidado en la Constitución que tanto defiende. No solo en contra de su insistencia en reforzar el régimen neoliberal sino por ,y especialmente, en su reivindicación de la dictadura cívico militar y el discurso que niega o relativiza las violaciones a los derechos humanos. Votar contra Kast es defender a los pueblos originarios y los alcances hacia su autodeterminación y los avances democráticos, aunque sean escasos, de los últimos treinta años. Es darle curso y prioridad a los cambios canalizados a través de la Convención Constitucional.

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Votar contra Kast y la regresión es votar por Gabriel Boric más allá de si nos guste o disguste su programa.  El historiador Felipe Portales, tal vez uno de los mayores críticos a la transición chilena posdictadura,  ha puesto un comentario en estas páginas hace no tantas horas que llena de sentido este voto: “Es importante votar por Boric por una profunda razón ética y de derechos humanos: Impedir que llegue a La Moneda alguien que de acuerdo a sus credenciales como Kast lo más probable es que indulte rápidamente a todos los criminales de lesa humanidad, desmontando así el único triunfo de justicia logrado por las agrupaciones y ONG de DD. HH. contra la sistemática búsqueda de impunidad de los gobiernos de la Concertación. Si Lagos fue capaz de indultar al asesino que degolló a Tucapel Jiménez, ¡qué no será capaz de hacer Kast que ha defendido a Krassnoff y que ha sido ovacionado en Punta Peuco!…”

 

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No es el momento de darle curso a las divisiones ni a la discusión política. Es el momento de la acción ante la mayor amenaza de regresión democrática de los últimos treinta años. Votar por Boric y la continuidad de la Convención Constitucional, sí, pero principalmente para evitar el triunfo de Kast y el avance de la ultraderecha.

 

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Por Paul Walder

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Periodista El Clarín

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  1. Nancy Echague S. says:

    Felicitaciones !!
    Un analisis clarificador y necesario en estos dias algidos que no podemos permitir se transformen en tragicos.
    Un llamamiento con elevada elaboracion historica , politica y social.
    Gracias Paul.

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