Latinoamérica

Dilma Rousseff: La ultraderecha es un peligro para América

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La ex presidenta de Brasil Dilma Rousseff considera que América Latina enfrenta un momento difícil en la geopolítica global, donde los grupos de ultraderecha han tomado fuerza y la integración de las naciones es compleja.

Sin embargo, acota, los triunfos de Andrés Manuel López Obrador en México (2018), Alberto Fernández en Argentina (2019), Luis Arce en Bolivia (2020) y Pedro Castillo en Perú (2021) brindan a la región una perspectiva esperanzadora porque encabezan proyectos progresistas que luchan por erradicar uno de los mayores cánceres: la desigualdad.

Rousseff, una de las figuras más emblemáticas de la izquierda en la región, visita la Ciudad de México para participar en el séptimo Encuentro del Grupo Puebla –que agrupa personalidades progresistas de América Latina y España–, el cual se desarrollará martes y miércoles en esta capital.

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En ese contexto, abre un espacio en su agenda para ofrecer una entrevista a La Jornada, en la que analiza la actualidad geopolítica de la zona y los riesgos para su soberanía; hace un balance de los gobiernos progresistas, de sus errores y de los ataques que sufren desde las élites conservadoras; y advierte de la consolidación mundial de grupos de ultraderecha, aliados al neoliberalismo, y del incremento de la desigualdad: Es increíble que el país más rico del mundo, Estados Unidos, también tenga hambre.

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Férrea opositora a la dictadura militar impuesta a partir del golpe de Estado de 1964 en su país, detenida en 1970 y torturada durante sus tres años de reclusión, la ex mandataria brasileña ubica la necesidad de una integración latinoamericana para reforzar la defensa de sus intereses y a la vez sostener relaciones firmes y en igualdad, no sólo con Estados Unidos, sino con la Unión Europea y Asia, en particular con China.

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Destaca la relevancia de la secuencia de gobiernos populares y progresistas a partir de inicios del actual siglo: Néstor Kirchner y Cristina Fernández (Argentina), Tabaré Vázquez y José Mujica (Uruguay), Luiz Inácio Lula da Silva y ella misma (Brasil), Hugo Chávez (Venezuela) y Evo Morales (Bolivia), por mencionar algunos. Pero, dice, faltaba una nación por sumarse a esa línea.

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Teníamos una gran ausencia: México. Por eso, una de las cosas más importantes que ha ocurrido en la historia reciente de América Latina es el triunfo de un gobierno popular democrático y con una política de reducción de la desigualdad, de reafirmación energética y de combate a la corrupción de los grandes grupos económicos: el de Andrés Manuel López Obrador.

Prevé un triunfo de Lula en Brasil para las elecciones del próximo año, inclusive en primera vuelta. Con la suma de esos gobiernos populares, afirma, la dura realidad que hoy enfrenta la región podrá comenzar a transformarse.

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La educación es, sin duda –dice–, el principal elemento para que Latinoamérica deje atrás su histórica pobreza y desigualdad. Los estados deben invertir en este rubro. Podemos seguir exportando alimentos, proteínas, minerales, pero no exclusivamente hacer eso, hay que agregarle valor a partir de la educación.

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Los desaciertos

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No pasa por alto los errores de los regímenes progresistas en la región. Aunque acota que éstos son inherentes a la condición humana y a la vez el principio del aprendizaje.

El más grave es que pensamos que la democracia estaba garantizada, principalmente en los países que pasaron por dictaduras militares. Pensamos que era una conquista permanente y la dimos por hecho. No nos dimos cuenta de que no era así, que la democracia es algo que se conquista sistemáticamente.

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Uno más de los desaciertos de estas administraciones es la relación con Estados Unidos y el peso de las élites neoliberales que buscan la obtención de sus propios intereses y se han aliado con sectores de ultraderecha que aprovechan inconformidades sociales para tomar poder.

Otros son los golpes no detectados por los gobiernos. “Recientemente en América Latina se han dado golpes –o intentos– derivados del fin de la guerra fría, que son todo menos blandos. En realidad son duros por las consecuencias para nuestros países. La dictadura militar corta todo: la organización, el parlamento, el sistema judicial, la prensa; es un golpe que destruye las condiciones democráticas de forma explícita. Pero este nuevo tipo de golpe carcome al Estado por dentro, usa las estructuras de la democracia, como el legislativo y judicial, para derrocar gobiernos. Nosotros (la izquierda) no percibimos que eso estaba ocurriendo en esta proporción”.

Esta estrategia, refiere, se dio contra los presidentes Manuel Zelaya, en Honduras (2009); Fernando Lugo, en Paraguay (2012); contra ella, en Brasil (2016); Evo Morales, en Bolivia (2019), y la reciente amenaza contra Pedro Castillo, en Perú.

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Pero también hay otra táctica para la que tampoco se tenían respuestas desde los gobiernos progresistas: el llamado lawfare. Con esto, dice Rousseff, se atacó a Lula, a Cristina Fernández y a Rafael Correa (Ecuador). “Usan los medios jurídicos (inmediatos) para medrar los liderazgos populares, que tardan años en construirse. ¿Quién será el siguiente? Esto también lo minimizamos, no imaginamos que después de la guerra fría vendrían este tipo de prácticas”.

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Una tercera falla que delinea es que en ocasiones el Estado no desarrolla una relación productiva con el sector privado. Lejos de confrontarse, argumenta, deben enfocarse los objetivos hacia la construcción de un modelo social de desarrollo y donde los corporativos cumplan con sus impuestos. Que pague más quien tiene más.

Ubica a los liderazgos populares progresistas como un contrapeso contra esos grupos de interés que intentan retomar el neoliberalismo y los proyectos que benefician a pocos. Pero necesitan la organización y el respaldo popular. Es muy importante la acción conjunta de grupos políticos y sociales.

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No deja de lado su crítica al reciente papel de la Organización de Estados Americanos (OEA) y cómo se han creado esfuerzos alternos, como la Unión de Naciones Sudamericanas o la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños para cumplir un papel que ésta nunca cumplió: la representación efectiva de los intereses latinoamericanos.

No es que hoy la institución sea mala, lo malo es el uso que se le está dando, la forma que se la apropiaron y cómo la conducen. Fue capaz de inventar una historia sobre Evo Morales, fue la forma más clara del intervencionismo estadunidense. La OEA debe atender las expresiones de cada país y saber a dónde va. Si no, es un carro ingobernado o gobernado por intereses oscuros.

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Fuente: La Jornada

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