Política

Telescopio: Los “bizarros” de la izquierda

Como era de esperar, dirigentes cercanos al presidente electo, como Giorgio Jackson y Camila Vallejo, minimizaron el significado del rayado sobre los muros del local universitario que temporalmente ocupa el equipo político de Gabriel Boric. Sin duda era lo que correspondía. Los rayados habrían sido tres: “Libertad para los presos de la revuelta”, “No más SENAME” y “Boric amarillo”. Los dos primeros fueron de contenido político, en los hechos todos sabemos que un proyecto de ley, actualmente en trámite, busca indultar a esos presos, muchos de los cuales lo están por el abuso que la fiscalía ha hecho de la figura de la prisión preventiva. Eso ha resultado en que antes de ser juzgados, los acusados pueden pasar varios meses en prisión, y lo peor del caso es que en varias ocasiones los acusados han recibido una sentencia absolutoria por insuficiencia de pruebas o simplemente porque la policía había detenido a la persona equivocada. Tanto Boric como sus voceros han indicado claramente que apoyan esa iniciativa de indulto, aunque esa ley—lo más probable—no va a favorecer a quienes sí se les haya podido probar participación en actos delictuales como daños a estaciones del metro o a otros bienes públicos. Es muy difícil que la ley sea aprobada sin esa excepción, que por lo demás, si uno la examina más seria y reflexivamente, hace sentido.

En cuanto al SENAME, el programa de Boric contempla una radical reforma al presente sistema, por lo que mal se le podría achacar responsabilidad por las insuficiencias y desastres causados por esa agencia estatal desde su creación.

El tercer rayado es el menos político, es un mero insulto contra Boric, intentando descalificarlo incluso antes de que asuma su cargo, lo cual es un tanto irracional. Uno bien podría equiparar ese mensaje a una rabieta de cabro chico, aunque por otro lado, tampoco se la puede descartar ya que para algunos es su manera de hacer política.  Una manera de hacer política en una suerte de universo paralelo, en una especie de “reino del revés” como la simpática canción de María Elena Walsh,  donde “Nada el pájaro y vuela el pez”, “…los gatos no hacen miau y dicen yes”, y “dos y dos son tres”.

Por cierto que ese tipo de reacciones y actitudes no son nuevas en el vasto ámbito político de la izquierda, donde a veces se dan ejemplares de una fauna muy diversa. Por caracterizarlos de algún modo, los llamaría los “bizarros” de la izquierda. Se trata de algo que hemos visto desde siempre, en la época de la UP llegaron a tener un rasgo trágico cuando esos personajes de esa realidad paralela, afiliados a lo que fue la VOP (Vanguardia Organizada del Pueblo), asesinaron a Edmundo Pérez Zujovic, causando un serio problema al gobierno del presidente Salvador Allende.

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A esta altura creemos importante aclarar el término que utilizamos aquí. De acuerdo al Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, “bizarro”, que ha llegado a nuestro idioma desde el italiano, tiene tres acepciones: 1. adj. valiente (arriesgado).2. adj. Generoso, lucido, espléndido.3. adj. Raro, extravagante o fuera de lo común. Pero, de modo creciente, es este último significado el que aparece más comúnmente utilizado, tanto en los medios como en las redes sociales. Esto se debe, sin duda, a la influencia del inglés, en donde bizarre tiene precisamente ese significado.

Y es de esta acepción que aquellos—como el autor de esta nota—que en su niñez fueron ávidos lectores de historietas,  deben recordar a ese extraño personaje llamado precisamente Bizarro. Originado en 1958 en una de las historietas de Superboy (la versión juvenil de Superman), cuando un científico trató de hacer una copia del juvenil súper héroe. El resultado no fue el esperado ya que fue una copia no sólo imperfecta, con un rostro grotesco como si fueran pliegos de papel, sino que, aunque dotado de súper poderes, su mente subdesarrollada lo lleva a usar sus facultades en forma contraria a lo que sería lo racional. Bizarro, como fue llamado, luego ya apareciendo como adulto en entregas posteriores del comic, no es exactamente un enemigo de Superman, sino más bien una contraparte con una existencia paralela que a veces hasta aparece bienintencionada, pero que por la irracionalidad de su comportamiento—él actúa “al revés” de Superman—termina creando más problemas, algunos graves, y a veces, generando situaciones más bien ridículas.

Los “bizarros” de la izquierda son algo así también. Y como el personaje de la historieta, no aparecen necesariamente como algo malo, sino todo lo contrario, vienen coronados por el halo de la novedad. Esto lo vimos en las secuelas de la elección de la Convención Constitucional, cuando—muy merecidamente—los partidos y coaliciones tradicionales se vieron desplazados por la irrupción de movimientos sociales de base, formados por independientes que encarnaban los afanes de cambios profundos que animan a la mayoría de los chilenos. Sin duda ha sido saludable ver la aparición de esta sangre joven, con nuevos ímpetus y con ideas renovadoras.

Sin embargo, el reconocimiento del aporte de esos nuevos actores en el escenario político, no puede hacernos ignorar el hecho que, por otro lado, tanto entre los nuevos movimientos hoy presentes en la Convención Constitucional como entre los que han protagonizado gran parte del estallido social, también llegaron algunas “malas copias” de la izquierda a la que aspiraban a suplantar. El caso de aquel sujeto que se inventó un cáncer para despertar simpatías y ser elegido constituyente, un pre-candidato presidencial que consiguió las firmas ante un notario fallecido, apuntan precisamente a situaciones rayanas en lo ridículo, acciones comparables al del Bizarro del comic.

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Como ya señalábamos, esto no es un fenómeno nuevo, en aquellos años finales de la década de los 60, en el Pedagógico, más concretamente en el Departamento de Filosofía, vimos surgir a un curioso grupo anarquista, la Izquierda Revolucionaria Independiente (IRI) para quienes todos éramos unos “amarillos” (“El rojo ha desteñido, reivindiquemos el negro”, decían aludiendo a que su bandera era justamente negra).

Uno de los problemas centrales con estos “bizarros” de la izquierda es que justamente, por ser malas copias del ideal revolucionario al que quieren aspirar, adolecen de una serie de fallas. En primer lugar, su adhesión a la causa política de la revolución o del cambio social, es producto de un impulso emocional y por lo tanto no racional. Peor aun, en el caso del grupo que mencionábamos antes, algunos miembros del IRI: una vez ocurrido el golpe militar y el Pedagógico haber sido ocupado e intervenido, se hallaron muy cómodos con las nuevas autoridades.

En seguida, y debido a esa adhesión meramente emocional, estos “bizarros” en general desprecian la educación política. La formación intelectual es para ellos un asunto de burgueses. A lo más, sus ideas políticas son un barniz muy superficial, cargado de lugares comunes y consignas. Uno puede ver eso en los intercambios en Facebook y en otras redes sociales. Muchas veces escudan su desapego por la formación política y el estudio, en la excusa que “no han tenido la oportunidad” o incluso en que “son proletarios”. Una excusa sin mucho peso, ya que los proletarios con conciencia social siempre se han preocupado de aprender por su cuenta. Muchos grandes dirigentes del movimiento obrero han sido autodidactas.

En tercer lugar, y también como consecuencia de este desdén por la formación teórica, es muy común que estos “bizarros” sean muy propensos a asumir lo que ellos consideran su compromiso político, en la forma de un fanatismo muy parecido al de los fundamentalistas religiosos. Como bien se sabe, el fanatismo es una actitud que cuando se traslada a una acción o conducta, puede hacer degenerar hasta las más nobles causas.

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Por último, y como consecuencia de lo anterior, estos “bizarros” cuando llegan a estar en posiciones de poder, lo ejercen con arbitrariedad, arrogancia y, si esas posiciones de poder alcanzan su grado máximo—el control del Estado—son fáciles seguidores de aberraciones ideológicas, como fueron las prácticas de Stalin en la Unión Soviética, o de Pol Pot y el Khmer Rouge en Camboya.

Dicho todo esto, uno ciertamente debe mantener una actitud crítica incluso de las personas o dirigentes a los que apoya. Boric, en este sentido, no está exento de este principio, pero esto es algo que debe aplicarse sobre dichos o actos concretos—por ejemplo, en lo personal, no compartimos las opiniones que el presidente electo, cuando era candidato, ha expresado sobre el proceso político venezolano—y no especular a propósito de eventualidades que no han ocurrido, como algunos quieren anticipar.

Termino aquí pues este sincero, discreto, pero no menos fuerte llamado de atención: alguien—seguramente sin muchas luces ni más habilidades que las de usar un spray— garrapateó esa ofensiva frase contra quien todavía ni siquiera es el presidente en ejercicio. Ese tipo de actitud no tiene nada que ver con las justas reivindicaciones de la revuelta social de 2019, aun presentes en las movilizaciones populares, pues no es más que la expresión de un prejuicio. En el día de mañana esto puede terminar en acciones tan aberrantes como fueron las de la VOP en el gobierno de Allende, o en súbitos cambios de rumbo ideológico, donde los revolucionarios de este momento se convierten en los fascistas en otra instancia, cuando la acción allí les puede parecer más excitante y que responde mejor a sus impulsos emocionales. Lo que ha ocurrido muchas veces a quienes buscan la acción por la acción misma, más que de manera informada y para refrendar un proyecto político claro.

 

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Por Sergio Martínez (desde Montreal, Canadá)

 

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Desde Montreal, Canadá

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