Opinión Política

Eso que mata, tortura y desaparece

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El diputado De la Carrera es un síntoma del poder de la derecha luego de cincuenta años de hegemonía.

Ese poder que corrompe y enferma.

En un punto, el saberse dueño de todo y considerando a todo el resto una tropa de usurpadores, se comienza a parecer a un grupo de patologías superpuestas en las cuales la transfiguración de la realidad, la mitomanía, una extrema agresividad y un descaro a prueba de desmentidos, pasan a ser condiciones exigibles y legítimas.

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Pues el odio que trasunta del diputado De la Carrera se parece mucho al que justificó lo hecho por la dictadura durante su despliegue.

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Eso no está muerto. Eso está ahí.

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Solo es aceptable que se extrañen de estas evoluciones de apariencia psicótica del diputado a las personas para quienes, efectivamente, creen que del año 1991 fue un tránsito democrático real.

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De haber sido así, la ultraderecha que propició y ejecutó muchos de los crímenes del tirano o estarían cumpliendo cabal prisión, o despachados a la sentina de la historia. Y no estarían teniendo el protagonismo que tiene avanzados tantos años desde aquella fecha.

Estos hechos que no son nuevos deberían generar comprensible pavura en sectores democráticos.

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Y en la izquierda, la necesidad de deshacerse de prejuicios, miopías, infiltrados y de la falta de visión que no sea la del corto plazo y la cosa poca.

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Es de recordar que lo De la Carrera no es un caso aislado.

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Obedece a un convencimiento puro de estos sectores respecto de quienes piensan de otra manera: que merecen castigos físicos, así sean propiciados en uno de los más altos y sacros altares de la democracia, como es la testera de la Cámara de Diputados, el lugar en que día a día se comulga con la constitución, las leyes y la patria.

Y cuando se dan las condiciones, y ya la democracia no sirve para sus intereses, entonces estos golpecitos provocadores, aunque no menos desprovistos de un odio reconcentrado, dan pasos a los corvos y las ametralladoras, a los vuelos de los helicópteros y las fosas clandestinas.

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De la Carrera es un aviso y una alerta temprana.

¿Es que sujetos como él y los que lo siguen y emulan mirarán su derrota por la televisión el día cuatro de septiembre a las ocho de la noche?

¿Es que saludarán republicanamente a quienes aparecerán como las cabezas visibles del triunfo del Apruebo en la noche del triunfo y la algarabía?

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Doble contra sencillo, se activará el plan E: Comenzar tempranamente a preparar las condiciones para conspirar contra la democracia que eventualmente se viene.

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(Los anteriores planes fueron. A: Lograr un acuerdo; B: Ganar la mayoría de la Constituyente; C: Ante la derrota, desprestigiarla al máximo; D: Ganar el plebiscito de salida.)

Y a menos que creamos lo que creen muchos, demasiados: que la ultraderecha se va a comportar como legítimo, caballeroso y democrático opositor al proceso de cambios que, eventualmente, podría desplegarse con base a la Nueva Constitución y utilizará solo las armas que entrega la legítima discrepancia política, estaremos en peligro.

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La historia de Chile es un continuo de buenas intenciones y traiciones en el que han perdido los de siempre: los que han creído y sus seguidores.

Ya se ha dicho que la Nueva Constitución no resuelve nada por sí sola: en el mejor de los casos debe ser entendida como el inicio real de la transición democrática que fue trampeada y falsificada luego de los militares.

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Y, si la transición democrática debe traer la buena nueva de una real democracia y ese proceso es empujado y defendido por una vasta y necesaria movilización popular, organizado, consciente, decidido, entonces hay que tomar en cuenta la alerta que nos trae el diputado De la Carrera: eso que mata está aún ahí.

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Por Ricardo Candia Cares

 

 

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Escritor y periodista

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