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Las reinas Victoria e Isabel II hegemonizan la historia británica durante los siglos XIX y XX y parte del XXI

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Hay acontecimientos tan importantes que ninguna persona, por muy ínfimo que haya sido su papel como testigo de estos hechos, puede mantenerse incólume ante vivencias tan importantes, como también hacer que fluyan los recuerdos, (en mi caso particular, mi infancia estuvo marcada por la “anglofilia”: mi madre era fanática de aquello que los franceses denominan “les petites histoires”, y conocía en detalle la vida, pasión y muerte de los reyes y nobles, tanto de Francia como de Inglaterra).

En plena guerra mundial, como escaseaba la bencina, mi madre optaba por pasearnos en bicicleta, en cuyo canastillo lucía una gran bandera británica, (mis padres eran fanáticos de los aliados, como antes lo fueron los republicanos españoles).

En 1953, con 12 años de edad me maravilló la coronación como monarca de la joven reina Isabel II, y recuerdo haber dibujado las fastuosas ceremonias de esta coronación. También fui testigo de la visita de esta monarca a Chile, durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, (1968), en que aún éramos jóvenes “bellos y democratacristianos”.

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La Reina Victoria, (1819-1901), llamada la “abuela de Europa”, pues la mayoría de los monarcas del Continente eran sus descendientes, gobernó 63 años. A diferencia de Isabel II, que gobernó siete décadas, le correspondió  Reinar después del derrumbe del Imperio, que fue reemplazado por la Comunidad Británica de Naciones, mientras que la Reina  Victoria figuraba a la cabeza del poderoso imperio británico, el más importante en la historia de la humanidad.

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La reina Victoria estaba casada con Alberto de Sajonia Gotha, de quien siempre estuvo muy enamorada a tal grado que, incluso, después de su muerte, (1861), mantuvo intacto el aposento de su amado esposo, (al fin de su vida se le achacan amores con su sirviente hindú).

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Un aspecto interesante en la historia de estas dos monarcas se centran en las relaciones políticas con sus Primeros Ministros que, en el caso de Victoria, ella profesaba una especial simpatía por Benjamín Disraeli, a quien consideraba inteligente y espiritual, como también una fuerte antipatía por William Gladston,  que lo rechazaba como rudo y desagradable.

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Durante el reinado de Isabel II hubo catorce Primeros Ministros: el primero, Winston Churchill, (1951-1955), quien se constituyó en su verdadero maestro en política cuando la joven reina empezaba su largo período en la realeza. Posteriormente ejercieron en ese cargo Anthony Eden, (1955-1957), y   Harold Mac Millar, (1957-1963), y otros.

Al comienzo, tuvo malas relaciones tanto con Tony Blair, como con Margaret Thatcher: el primero gobernó durante el período del accidente automovilístico, en Puente del Alma, en que perdió la vida la princesa Lady Di, hecho por el cual la monarquía británica llegó a su más bajo nivel de desprestigio. En el caso de la Primer Ministra, Margaret Thatcher, famosa por su neoliberalismo radical, la llevó, incluso, en su exaltación del individualismo, a negar la existencia de la sociedad.

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Isabel II, en sus setenta años de reinado, tuvo que enfrentar conflictos familiares, entre ellos el divorcio de su hijo Carlos y Diana y, recientemente, la rebeldía de su segundo nieto, el príncipe Harry, y su renuncia a sus derechos de la monarquía, (casado con la joven norteamericana Meghan Markle).

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Carlos III tiene un nombre de destino trágico en la historia inglesa: Carlos I fue decapitado debido a la antipatía que le tenía el parlamento inglés a causa de la aplicación extrema del derecho divino de los reyes, es decir, “el Rey sólo puede rendir cuenta a Dios”. La figura de Carlos I ocupará un lugar fundamental en el siglo XVIII, (incluso, en el Consejo de Ministros, de Versalles, estaba antes de la Revolución Francesa, un cuadro que mostraba la escena de la decapitación del Rey de Inglaterra, y se auguraba como un presagio lo que ocurriría con Louis XVI, en la guillotina).

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A diferencia de las otras monarquías, la británica ha sabido conservar el cariño y prestigio ciudadano; en el caso español, la otra Isabel II de España, fue derrocada, y murió muy tristemente en el exilio. En la actualidad, el Rey emérito, Juan Carlos I está, en la práctica, exiliado y muy desprestigiado. En el siglo XVIII la monarquía parlamentaria inglesa era el modelo inspirador de los filósofos políticos.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

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10/09/2022

 

 

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Historiador y cronista

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