
La escuela no puede rendirse a la sociedad que tenemos
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“Según como sea la escuela, así será la nación entera”, advirtió Gabriela Mistral. No es solo una frase pedagógica. Es una advertencia eminentemente política.
Hoy estamos haciendo exactamente lo contrario de lo que esa advertencia sugiere. Estamos metiendo en la escuela los valores y la identidad de una sociedad enferma: desconfiada, violenta, individualista, en soledad, sin empatía, autoexigida y carente de afectos.
Se repite con demasiada facilidad que la escuela es el espejo de la sociedad. Esa afirmación, que suena realista, es en el fondo una forma de rendición. Es aceptar que la educación no puede cambiar nada, que solo reproduce lo que somos. Es un conformismo inaceptable.
La historia demuestra lo contrario. Hace cien años, cuando se estableció la educación obligatoria, Chile no decidió reflejar su realidad, decidió transformarla superando la oposición de la aristocracia. Decidieron salir del analfabetismo, elevar el nivel cultural, construir un país distinto. Si en ese momento hubiésemos aceptado que la escuela debía ser el espejo de una sociedad ignorante, hoy seríamos un país mucho más precario, más desigual y con menos oportunidades.
La escuela no está para reflejar la sociedad. Está para mejorarla.
La violencia en contextos educativos es una preocupación generalizada avalada por algunos hechos dramáticos y la consecuencia es que se instala una lógica de control. Más vigilancia, más sanción, más atribuciones disciplinarias. Puede tranquilizar a la población, pero no resuelve el problema.
Cuando la lógica de la seguridad entra a la escuela, desplaza a la lógica de la educación. La confianza es reemplazada por la sospecha. El vínculo por el control. La convivencia por la prevención del riesgo. El otro deja de ser un compañero y pasa a ser una amenaza potencial. Se normaliza la desconfianza como forma de relación. Se instala la vigilancia como mecanismo de orden. Se naturaliza la idea de que convivir es peligroso.
Es una política pública atractiva, populista y prácticamente inútil. Ya ocurrió con Aula Segura, volverá a suceder con Escuela Protegida. Se insiste en lo mismo con nuevas medidas de “mano dura” y “disciplina, que apuntan a revisar, detectar, castigar. Es una forma de entender la sociedad profundamente equivocada. Es una solución cómoda que delega la responsabilidad en otros en vez de convocar a un trabajo en comunidad para recuperar la humanidad que debe prevalecer en los espacios educativos.
Educar es formar personas. No es producir resultados ni preparar mano de obra. Formar personas implica desarrollar empatía, autocontrol, respeto, capacidad de diálogo, pensamiento crítico y sentido de comunidad. Implica aprender a vivir con otros.
Cuando el objetivo único de la educación se reduce a rendimiento, disciplina y control, el resultado es bajo rendimiento, dudosa disciplina y disfuncionales, violentos y desconectados. Personas que no pueden convivir en sociedad: leen, pero no comprenden y compiten, pero no colaboran. Ese modelo puede ser eficiente en lo económico, pero es profundamente precario en lo social.
Si continuamos por esta senda, la escuela terminará siendo un apéndice del sistema de seguridad. Y tengamos bien claro que ni los docentes, profesionales de la educación, administrativos ni auxiliares serán los carceleros.
La escuela no debe reflejar la sociedad que tenemos. Debe construir la sociedad que necesitamos.
Marcelo Trivelli





