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Temucuicui bajo asedio: militarización, racismo estructural y la fabricación estatal del “enemigo interno” en Chile

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El violento allanamiento militar‑policial perpetrado en la madrugada del miércoles en la Comunidad Autónoma de Temucuicui no constituye un hecho aislado, sino un episodio más dentro de una larga historia de criminalización del pueblo mapuche y de consolidación de un modelo de seguridad que privilegia la fuerza sobre el diálogo, la propaganda sobre la justicia y la militarización sobre los derechos humanos. El testimonio de Jaime Huenchullán —comunero de Temucuicui— revela con crudeza la dimensión del operativo: tanques, vehículos blindados, ráfagas de disparos, viviendas allanadas, mujeres detenidas, un niño de cuatro años esposado al miedo, una lagmien embarazada trasladada como si fuera un botín de guerra. Y, sin embargo, lo más elocuente no fue la violencia, sino la celebración pública del operativo por parte de las autoridades políticas.

La construcción mediática del “ingreso triunfal” y el racismo institucional

El gobierno chileno presentó el operativo como una demostración de autoridad: “en ninguna parte del país el Estado puede no ingresar”, declararon altos funcionarios. La frase, repetida en medios, no es inocente. Es la reafirmación de una narrativa colonial que concibe al Wallmapu como un territorio a ser conquistado, no como un espacio donde habitan comunidades con derechos colectivos reconocidos internacionalmente.

La celebración oficial del allanamiento —mientras mujeres, ancianos y niños eran arrastrados fuera de sus casas— expone un racismo institucional que no necesita gritar para ser evidente: basta con observar qué vidas son consideradas sacrificables y qué violencias son consideradas aceptables.

Desde el primer minuto, la Fiscalía habló de cinco detenidos. Pero la comunidad insiste: fueron ocho. ¿Por qué tres de ellos —una mujer embarazada, un niño de cuatro años y su madre— desaparecen del relato oficial?




La respuesta es política: Reconocer su detención obligaría al Estado a admitir que su operativo violó convenios internacionales de protección de la niñez, de mujeres embarazadas y de pueblos indígenas. Invisibilizarlos es la única forma de sostener la ficción de una “operación limpia”.

La omisión no es un error: es una estrategia.

El operativo movilizó 400 efectivos, blindados, helicópteros y armamento de guerra. Sin embargo, el resultado judicial fue casi nulo:

  • De los cinco formalizados, cuatro quedaron en libertad.
  • Solo uno quedó en prisión preventiva.
  • Y los otros tres detenidos —la lagmien embarazada, el niño y su madre— ni siquiera fueron mencionados en la audiencia.

El Lonko Víctor Queipul Huaquil lo sintetizó con precisión: “El Estado prefirió un show ruidoso pero vacío antes que un proceso judicial serio.”

El objetivo no era investigar, sino producir imágenes de “mano dura” para consumo mediático, reforzando la idea de que Temucuicui es un territorio “peligroso”, “ingobernable”, “delincuente”. Una estrategia que se repite: detener para investigar, fallar en las pruebas, liberar… pero estigmatizar.

La militarización como política de Estado: continuidad más allá de los gobiernos

El Wallmapu se ha convertido en un laboratorio de seguridad donde se ensayan doctrinas que combinan contrainsurgencia, vigilancia territorial y control poblacional. La militarización no responde a hechos puntuales, sino a una lógica estructural:

  • proteger intereses forestales,
  • asegurar la propiedad privada sobre tierras usurpadas,
  • y mantener la ficción de un Estado homogéneo que niega la existencia de naciones preexistentes.

En este marco, Temucuicui es presentada como un “enemigo interno”, una categoría heredada de la dictadura que permite justificar cualquier exceso.

Ni instituciones de defensa de la niñez, ni organismos de derechos humanos, ni agencias estatales han condenado el allanamiento. La comunidad lo percibe como una señal inequívoca: cuando la violencia se ejerce contra mapuche, la indignación institucional se diluye.

El silencio también es racismo.

La línea que separa el espectáculo político de la tragedia humana se vuelve cada vez más delgada en Temucuicui. La comunidad lo advierte con una claridad que el Estado parece incapaz —o poco dispuesto— a asumir: en un operativo donde se disparan ráfagas en zonas habitadas, donde se irrumpe de madrugada con tanques y blindados, donde se detiene a una mujer embarazada y a un niño de cuatro años, la diferencia entre un “éxito operativo” y una catástrofe irreparable no es la pericia policial, sino el azar. Ese azar que, por ahora, ha evitado un desenlace fatal, pero que no puede seguir siendo el único dique de contención frente a la violencia institucional.

Cada ingreso militarizado en Temucuicui confirma que el Estado chileno ha optado por una estrategia que privilegia la demostración de fuerza por sobre la búsqueda de soluciones reales. La comunidad, sin embargo, no se repliega. Resiste desde la dignidad, desde la memoria y desde una convicción histórica que no se erosiona con allanamientos ni campañas mediáticas. Frente a un aparato estatal que insiste en reducir el conflicto a un problema policial, Temucuicui reafirma que la raíz del conflicto es territorial, política y profundamente histórica. No se trata de “controlar” un enclave, sino de reconocer un proceso de despojo que se extiende por generaciones y que sigue sin ser abordado con la seriedad que exige.

En este escenario, la comunidad insiste en enfrentar los procesos judiciales con pruebas y no con montajes, en denunciar la militarización que se ha vuelto rutina en el Wallmapu, en exigir la retirada de fuerzas armadas y policiales de su territorio ancestral y en recordar que la restitución territorial no es una consigna, sino un derecho reconocido en instrumentos internacionales que Chile dice respetar. Temucuicui no es el territorio violento que describen los discursos oficiales, sino un espacio que se defiende de un modelo que lo quiere subordinado, silencioso y despojado. La persistencia de la comunidad en sostener su autonomía, su identidad y su memoria colectiva es, en sí misma, una forma de resistencia frente a un Estado que continúa tratando el conflicto mapuche como un problema de orden público y no como la expresión de una deuda histórica que sigue abierta.

En el fondo, lo que está en juego no es solo la integridad de una comunidad, sino la capacidad del Estado chileno de abandonar la lógica colonial que ha guiado su relación con el pueblo mapuche. Mientras esa transformación no ocurra, cada operativo seguirá siendo un recordatorio de que la violencia estatal no es un accidente, sino un síntoma de un problema estructural. Y Temucuicui, lejos de ser un territorio derrotado, seguirá siendo un espejo incómodo para un país que aún no se atreve a mirarse de frente.



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Elena Rusca

Periodista, corresponsal en Ginebra

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