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¿Y dónde se encuentra la Inteligencia Artificial?

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Paul Valéry, el poeta francés, quizá aburrido de escribir poesía, dijo mientras bebía un café con cardamomo: “La persona desocupada es la más ocupada de nuestra sociedad”. También se le atribuye esta reflexión a Collete, poeta de su misma nacionalidad, lo cual no quiere decir, que el aburrimiento sea una condición de Francia. Bueno. Si en ese país se inventaron la guillotina, la Torre Eiffel y donde nació Brigitte Bardot, es mérito adicional, sentir admiración o sorpresa por semejante contribución a la humanidad. Todo este preámbulo, necesario o no, mientras la existencia de la vida tambalea y se desvanece, se realiza, con la aparición de la Inteligencia Artificial. Un obsequio perturbador, olor a muerte cedido al ser humano, por ellos mismos, destinado a destruirlo o entregarle herramientas de progreso. Si ahora, en distintas latitudes de la tierra, el hombre disfruta matándose entre sí, como si fuesen insectos, y lo que encuentra a mano, el tema de la Inteligencia Artificial, vendría a ser una oportunidad. Dirigida a valerse de ella y derrotar a quienes sueñan con presenciar el Apocalipsis. El asunto no se ve trágico ni burlesco para la ciencia, pues los entomólogos arguyen que sobrevivirán las cucarachas y quizá, las hormigas. Aquí se abre una disyuntiva: ¿temerle más al pasado que al futuro? Queda abierta el dilema.

¿Acaso la Inteligencia artificial, ha abierto las puertas del acabo de mundo o del inicio de otro? Ni Jehová, incluido su séquito de sabios y escribas, estarían en condiciones de entregar una respuesta aproximada a semejante disyuntiva. El Papa León XIV, cauteloso y atento al desarrollo de la humanidad, aboga por desarmar la Inteligencia Artificial ahora e impedir su desarrollo. Este artificio más bien servirá a los sinvergüenzas de siempre, a adquirir los bienes materiales a precios de huevo. En medio de este dorado frenesí, las parcelas celestiales alcanzarán desorbitantes precios. Bueno, si a usted no le alcanza su presupuesto para adquirir una propiedad exenta de contribuciones en el nuevo universo que nos aguarda, compre una vivienda en el infierno.  Ahí, se lo garantizamos, la calefacción es gratuita. “Y también los peajes”, me sopla al oído, el escritor Dionisio Albarrán, quien piensa escribir una novela, utilizando la Inteligencia Artificial.

Igual terror se produjo en la humanidad, cuando Gutenberg inventó la prensa. O Galileo Galilei, pronunció su famosa frase: “Y, sin embargo, se mueve”, al observar desde atrás, el laúd de una doncella, jamás tañido por manos intrusas, mientras subían las escalinatas de una iglesia gótica en Florencia.

Como la Inteligencia Artificial, aún no ha dado muestras de ser un artilugio llamado a destruir la humanidad, tal si fuesen armas nucleares, es nuestro deber mantenernos alerta. ¿O se trata de un juego, destinados a mantenernos atados al destino? Científicos de todas las latitudes han puesto el ojo sobre esta materia e infinidad de ellos, muestra pánico. Esa sensación del acabo de mundo, que a diario nos perturba. ¿Acaso vamos a ser sustituidos por máquinas robotizadas? Todo conduce a la perplejidad, ¿o se vive para expresar teorías? Como el ser humano es a menudo un eterno improvisador, concluirá por utilizar los robots u otro tipo de máquinas, en labores degradantes, nunca antes ideadas. Así, el más absoluto de los ocios, soñados por lo poetas, viene en camino de nuestra existencia.




 

Walter Garib

 

 



Walter Garib

Escritor

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