
La ventana de Overton y la ofensiva de la ultraderecha
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Los graves y repudiables comentarios emitidos en redes sociales por Ítalo Omegna, ex asesor del diputado Hans Marowski del Partido Nacional Libertario, quienes hicieron mofa del abuso sexual infantil y de menores con autismo, invitan a una necesaria reflexión. Este lamentable episodio permite analizar el fenómeno desde la perspectiva de la Ventana de Overton, un modelo politológico que describe el conjunto de ideas que la sociedad considera “aceptables” para el debate público en un periodo concreto.
Desarrollado en la década de 1990 por Joseph Overton mientras se desempeñaba en un think tank liberal estadounidense, este modelo postula que la aprobación de cualquier política requiere su tránsito completo a lo largo de la denominada ventana. A través de la intervención de diversos agentes —como activistas, dinámicas en redes sociales, controversias, memes o posturas políticas radicales—, las fronteras de lo aceptable en el debate público se van reconfigurando de manera paulatina. Por lo tanto, planteamientos que antaño se percibían como extremos o marginales logran integrarse de forma progresiva en la discusión política cotidiana, hasta ser asimilados por la ciudadanía bajo criterios de normalidad o sentido común. Ese es el gran cambio.
Por consiguiente, la importancia de esta retórica ultraderechista radica en el rol que está cumpliendo hoy en día en lo que se denomina la batalla cultural, que constituye uno de los ejes que las ultraderechas en el mundo han intentado impulsar desde hace ya varios años y que tiene su origen en la Nouvelle Droite francesa. Esto se evidencia tanto en las controversias protagonizadas por Ítalo Omegna como en las posiciones adoptadas por el Partido Nacional Libertario en torno al aborto. Un ejemplo de ello es el proyecto de ley “Escucha su corazón”, promovido por el diputado Cristián Urruticoechea —exgerente de la Fundación Nocedal, institución de orientación cristiana y vinculada al Opus Dei que se dedica a la formación técnica de jóvenes de sectores populares en Santiago desde hace tres décadas—. Esta propuesta cuenta con un precedente directo en la regulación implementada por Viktor Orbán en Hungría, la cual busca exigir a las mujeres que soliciten un aborto bajo alguna de las tres causales vigentes en Chile (inviabilidad fetal letal, riesgo para la vida de la madre o embarazo por violación) que escuchen los latidos fetales previo a la realización del procedimiento. Dicha iniciativa resulta profundamente cruel para cualquier mujer, con total independencia de si la gestación se originó a partir de una violación.
Por lo tanto, la ultraderecha chilena ha encontrado en la ventana de Overton un mecanismo estratégico clave, mediante el cual, a través de redes sociales y programas de televisión como “Sin Filtros”, va introduciendo gradualmente en la discusión planteamientos que en el pasado habrían resultado inadmisibles. En ese sentido, llama la atención cómo diversos personeros de izquierda terminan validando dicho espacio al aceptar participar en él, siendo que la lógica de confrontación y la dinámica interna suelen perjudicar sus posturas, mientras acrecientan la exposición de los voceros de derecha, que generalmente terminan imponiéndose en las discusiones.
Es de esta manera como ideas que en un principio eran marginales se van asimilando y acaban siendo vistas por la población como algo viable y sensato. Desde mi punto de vista, los programas señalados son sumamente dañinos para la democracia, porque debilitan la deliberación y ponen en riesgo el propio sistema democrático. Presentan la democracia como sinónimo de “desorden”, “caos” y “polémica” para instalar precisamente ese encuadre de que la democracia no sirve para nada, lo que, finalmente, conduce a la despolitización.
Hasta ahora, quiero destacar lo siguiente: todas estas polémicas señaladas están intentando desestabilizar la democracia chilena. Se trata de un proceso de erosión progresiva que se inicia con la impugnación de las colectividades políticas, avanza hacia el descrédito absoluto del sistema democrático y termina por validar modelos iliberales o liderazgos autoritarios, tal como ocurre hoy en Chile con la propuesta de José Antonio Kast. En definitiva, el objetivo de Kast, de su equipo cercano y de los partidos que lo respaldan es menoscabar la legitimidad institucional para abrir paso a la implantación de un régimen autoritario.
Huelga decir que lo que la ultraderecha está realizando es normalizar la provocación y la polémica. A través de planteamientos deliberadamente controvertidos, actores como Ítalo Omegna, Johannes Kaiser o el diputado Urruticoechea consiguen captar la atención de los medios de comunicación y hacer que sus ideas se discutan en programas de televisión, diarios, radios y redes sociales. Entonces volvemos a la idea inicial: ideas que en un comienzo eran controvertidas empiezan a abandonar la categoría de lo inadmisible y comienzan a entrar en el debate público.
De este modo, empiezan a relativizarse cuestiones que antes eran ampliamente reprochables, como la pedofilia o el abuso infantil. En ese sentido, estamos ante un nuevo escenario que la ultraderecha chilena busca implementar.
Por lo tanto, invito a los lectores a que, de ahora en adelante, fijen su atención en la estrategia comunicacional de las colectividades de ultraderecha, como el Partido Republicano y el Partido Nacional Libertario en particular, porque esta estrategia probablemente seguirá desarrollándose. Lamentablemente, las redes sociales y programas como “Sin Filtros” harán que este tipo de ideas continúen expandiéndose.
Para terminar esta columna, podemos decir que todo lo que he señalado con anterioridad puede vincularse con lo que plantea el sociólogo francés Pierre Bourdieu, para quien la ventana de Overton puede concebirse como una pugna intrínseca del campo político orientada a establecer los límites de lo institucionalmente “decible” frente a lo “impensable”. Por lo tanto, aquella fuerza política capaz de redefinir los umbrales del discurso aceptable consigue no solo expandir su capital simbólico, sino también alterar el abanico de opciones y proyectos en condiciones de disputar de manera efectiva el control del campo de la derecha. En ese sentido, el Partido Nacional Libertario, que se autoconcibe como la “derechita valiente” frente a la “derechita cobarde” (UDI o RN), busca consolidar la hegemonía del sector, incluso desafiando al partido que hoy lidera ese espacio, el Partido Republicano.
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Fabián Bustamante Olguín.
Doctor en Sociología. Académico asistente del Departamento de Teología, Universidad Católica del Norte, Coquimbo





