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Chile: la remoción masiva de jueces y el retorno de las sombras institucionales

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La advertencia llegó desde Ginebra, pero el temblor se sintió en Santiago. La Relatora Especial de la ONU sobre la independencia judicial, Margaret Satterthwaite, alertó que los procesos de remoción abiertos contra 56 jueces y juezas por la Corte Suprema de Chile constituyen un riesgo grave para la independencia judicial y vulneran garantías esenciales del debido proceso. No es un episodio aislado: es un síntoma de una tensión estructural entre poder judicial, opinión pública y gobernanza democrática en un país que aún busca estabilizar su arquitectura institucional tras años de crisis.

El origen del conflicto: una facultad excepcional convertida en mecanismo masivo

La Corte Suprema chilena abrió en junio 56 cuadernos de remoción contra magistrados cuya conducta ya había sido examinada y resuelta mediante procedimientos disciplinarios previos. La figura constitucional utilizada —la remoción por “mal comportamiento”— está prevista en el artículo 80 de la Constitución, pero su contenido nunca ha sido definido con precisión. La experta de la ONU lo señala sin ambigüedades: “no establece criterios objetivos para determinar cuándo una conducta es lo suficientemente grave como para justificar la remoción”.

La ausencia de criterios claros convierte una facultad excepcional en un instrumento potencialmente discrecional. La duplicación de procedimientos —disciplinarios ya cerrados y remociones abiertas sobre los mismos hechos— erosiona la seguridad jurídica y abre la puerta a presiones externas. En palabras de Satterthwaite, el proceso “parece no cumplir con las garantías del debido proceso y no establece la posibilidad de apelación”.

Este punto es crucial: sin apelación, la Corte Suprema se convierte en juez y parte, sin contrapesos institucionales. La independencia judicial, principio básico del Estado de derecho, queda expuesta.




El contexto político: escándalo, presión mediática y respuestas institucionales desproporcionadas

El detonante inmediato fue un escándalo por el uso indebido de licencias médicas por parte de funcionarios públicos. La indignación social, amplificada por medios y redes, generó un clima de sospecha generalizada hacia el aparato estatal. En ese contexto, la Corte Suprema activó su facultad extraordinaria de remoción.

La Relatora Especial advierte que esta reacción puede estar orientada a “acallar el debate público” más que a fortalecer la integridad judicial. La remoción masiva aparece así como una respuesta política a una crisis mediática, más que como un mecanismo técnico de corrección institucional.

La historia latinoamericana ofrece ejemplos de cómo las presiones públicas pueden traducirse en intervenciones sobre el poder judicial. Chile, que durante décadas construyó una reputación de estabilidad institucional, enfrenta ahora un dilema: cómo responder a la demanda social de transparencia sin sacrificar la independencia de sus jueces.

El vacío normativo: una arquitectura judicial sin contrapesos

El artículo 80 de la Constitución chilena es un dispositivo ambiguo. No define “buen comportamiento”, no establece criterios de gravedad, no regula la relación entre remoción y disciplina, y no contempla apelación. Este vacío normativo permite que la facultad excepcional se utilice de manera expansiva.

La experta de la ONU propone elementos mínimos para cualquier proceso de destitución judicial:

  • Revisiones individuales, no purgas masivas.
  • Órganos independientes, no entidades políticas.
  • Derecho a audiencia imparcial y revisión judicial.
  • Prohibición de destituciones generalizadas.

Nada de esto está garantizado en el procedimiento chileno actual.

La situación revela una fragilidad estructural: el país carece de un Consejo Superior de la Judicatura independiente, como existe en otros sistemas. La Corte Suprema concentra funciones disciplinarias, administrativas y jurisdiccionales, lo que genera tensiones entre control interno y autonomía judicial.

Independencia judicial: un pilar en riesgo

La independencia judicial no es un privilegio corporativo: es una garantía para la ciudadanía. Sin jueces protegidos frente a presiones políticas, mediáticas o institucionales, el sistema de justicia pierde su capacidad de actuar como contrapeso del poder.

El principio de inamovilidad —protegido por normas internacionales— existe precisamente para evitar que los jueces sean removidos por decisiones que incomoden a actores poderosos. La remoción masiva, sin criterios claros, sin apelación y sobre hechos ya juzgados, vulnera ese principio.

La advertencia de la ONU no es retórica: señala un riesgo real de erosión democrática.

Chile en el espejo internacional

La crisis ocurre en un momento en que Chile intenta recomponer su institucionalidad tras el proceso constitucional fallido, las tensiones sociales y la polarización política. La confianza pública en el sistema judicial ha sido golpeada por escándalos, demoras y percepciones de desigualdad en el acceso a la justicia.

Pero la solución no puede ser la remoción masiva de jueces. La Relatora Especial lo dice con claridad: “Chile debe encontrar formas más efectivas de fortalecer la confianza pública en el sistema judicial y rechazar las medidas disciplinarias retroactivas y de alcance general.”

El país enfrenta un desafío: reformar su sistema judicial sin debilitarlo.

Una crisis que exige reformas estructurales

La advertencia de la ONU debería ser el inicio de un debate profundo sobre la arquitectura judicial chilena. Entre los temas urgentes:

  • Definir legalmente el concepto de “buen comportamiento”.
  • Establecer criterios objetivos de gravedad.
  • Crear un órgano disciplinario independiente.
  • Garantizar apelación en procesos de remoción.
  • Evitar duplicación de procedimientos.
  • Blindar la independencia judicial frente a presiones coyunturales.

Sin estas reformas, la remoción masiva puede convertirse en un precedente peligroso.

El riesgo de una deriva institucional

La apertura de 56 cuadernos de remoción no es solo un episodio administrativo: es un síntoma de una tensión profunda entre poder judicial, opinión pública y gobernanza democrática. La advertencia de la ONU llega en un momento crítico, cuando Chile busca reconstruir su institucionalidad.

La independencia judicial es un pilar de cualquier democracia. Cuando ese pilar se debilita, todo el edificio institucional se vuelve vulnerable. La remoción masiva de jueces, sin criterios claros y sin apelación, abre una grieta que Chile no puede permitirse.



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Elena Rusca

Periodista, corresponsal en Ginebra

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