
El ejemplo de la República Democrática del Congo
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La República Democrática del Congo (RDC) es un país africano cuyas exportaciones están compuestas en un 90 % por bienes extractivos, fundamentalmente cobre y cobalto. En lo que respecta al cobre, la RDC se ha convertido en el segundo productor mundial —desplazando a Perú de dicho lugar—, mientras que en el caso del cobalto se posiciona como el primer productor del mundo.
Recientemente, el gobierno de la RDC anunció una decisión estratégica que prohíbe, con efecto inmediato, la exportación de cobre y cobalto en forma de concentrados (el procesamiento primario del mineral) para obligar a que las ventas al exterior se realicen únicamente como minerales refinados.
En la actualidad, la RDC ya exporta el 82 % de su cobre en forma de refinados y solo el 18 % restante como concentrados. Por lo tanto, el país ha aprovechado activamente las potencialidades de industrialización asociadas a la minería extractiva. Esta reciente medida busca incrementar aún más el porcentaje de cobre procesado localmente. La refinación genera mayor valor agregado, más ingresos fiscales y salarios más elevados que la simple venta de concentrados, situando además a la RDC como un actor con mayor peso y poder de negociación en la cadena global del mineral.
Chile, en cambio, siendo el principal productor mundial de cobre, exporta entre el 55 % y el 60 % de su producción en forma de concentrados, y solo entre un 40 % y un 45 % como refinados.
Tras su independencia, la RDC nacionalizó sus yacimientos y ha operado desde entonces combinando la producción estatal con la privada mediante un sistema de concesiones temporales que deben renovarse y renegociarse cada 25 años, a diferencia del modelo chileno.
China cuenta con la presencia más relevante de concesiones en la RDC, tanto en la explotación de cobre y del cobalto, y es el principal comprador del mineral producido. A cambio de ellas, el Estado congoleño ha exigido a las empresas chinas la construcción de hospitales, obras de infraestructura y plantas de refinación. Esto refleja una notable capacidad de negociación por parte del gobierno de la RDC para captar tributos y regalías, así como la disposición de las empresas extranjeras a negociar cuando los retornos de inversión son elevados.
Esta posición hegemónica de China en la producción y comercialización del cobre en la RDC ha generado importantes presiones por parte de otros países, fundamentalmente de Estados Unidos, para obtener concesiones mineras en el país, aunque la mayoría de estas iniciativas aún se encuentran en etapas de negociación.
Todo lo anterior evidencia diferencias sustantivas con el modelo implementado en Chile. En el caso chileno, las empresas privadas han obtenido concesiones de duración indefinida a costos muy bajos, situación que solo se ha comenzado a ajustar mediante la implementación del royalty minero. Además, Chile no ha aprovechado su liderazgo en la producción mundial para avanzar hacia la industrialización del mineral, registrando un retroceso histórico en la instalación de nuevas plantas de fundición y refinación en su territorio.
Si Chile no redefine su política respecto al procesamiento y refinación local del cobre, si no exige mayores contraprestaciones a las mineras extranjeras en materia de impuestos e infraestructura, o si se avanza en la privatización total o parcial de Codelco, el país enfrentará a corto plazo una pérdida sustancial de su influencia en la cadena de valor global del cobre, en favor de empresas y gobiernos extranjeros.
Sergio Arancibia





