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Se viene un tiempo peligroso

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Desde que se perfiló en el horizonte derrotado la falsa transición democrática por la que el pueblo pagó alto precio, fue de esperar que lo que se venía era la continuación de la venganza de los poderosos de todas las layas y tonalidades por ese intento de la Unidad Popular y el más grande político de todas las épocas, Salvador Allende.

Como sabemos, esa asonada criminal fue orquestada por el imperialismo estadounidense y los traidores locales como una pasada de cuentas por haber intentado algo más que un gobierno: la idea era hacer un país en el que los niños nacieran para ser felices. Y eso ya era mucho.

Entonces, para que nunca más siquiera se les ocurra, vino esa noche negra.

Por eso es que en algo más de treinta años el consenso democrático que se propuso como la superación de la dictadura, un nunca más que siempre sonó a cosa falsa, se ha demolido todo lo que sea organización de los trabajadores y del pueblo en general.




Se acabaron las consignas, los himnos y los corazones rojos.

Todo bajo la legitimidad de las leyes, incluidas aquellas de apariencia inocua pero que han escondido un ánima contrainsurgente, que, poco a poco, fueron minando la capacidad de las organizaciones populares y de trabajadores para hacer lo que debían.

Jamás en la historia los trabajadores y las víctimas del sistema habían estado tan expuestas a las arbitrariedades de los poderosos. Atrapados en leyes que limitan, niegan, prohíben y criminalizan su actuar, el pueblo llano, es decir esa masa endeudada y atrapada en la extensa red de mentiras y manipulaciones, no hace otra cosa que mirar sin ver.

Y, por cierto, pagar la cuota mensual.

De los partidos populares, alguna vez las vanguardias de la clase obrera que se proponían cambiar el mundo de fase, mejor ni hablar.

O, quizás, dos palabras al respecto.

Atrapados en su propio manglar de indefiniciones, ambigüedades y ausencia de una política que interprete desde el punto de vista de la gente una estrategia de superación de la cultura neoliberal, el Partido Comunista como histórico e inevitable partido de los desheredados, se instala en el sistema político, quizás el más corrupto de la historia, como un actor que, lejos de desequilibrar la hegemonía ultraderechista, le otorga un tinte legítimo que por su naturaleza, golpista y genocida, jamás tendrá.

Y dos: para ser comunista hay que ser pobre o saber lo que es eso.

Más allá de que las elecciones, perfectamente manipuladas por el dinero y el sistema de control de las conciencias abierto y clandestino, haya instalado la agenda ultraderechista por la vía del voto, asistimos a una evolución de las formas que adquieren las dictaduras que antes se imponían con tanques, bombardeos, asesinatos masivos, desapariciones, torturas y otras técnicas del dolor y la barbarie.

Ahora la dictadura parece que no fiera. Pero es.

El avance imparable de la agenta legislativa de este gobierno que tiene por eje la profundización a niveles jamás visto de una economía que hará pedazos lo que queda de país y envilecerá aún más a la gente desprovista, no tiene ningún tipo de contrapeso ni en el ámbito institucional ni en la perspectiva que siempre le quedaba a la gente: la movilización, la huelga, la protesta.

Incluso el reventón inorgánico y emocional sin destino.

La agenda de seguridad que utiliza a la delincuencia como base de su legitimidad y necesidad, es una batería de decenas de proyectos de ley que mezcla imaginativamente el necesario combate a las diversificadas formas que ha adquirido la delincuencia a gran escala, con, y aquí viene lo realmente peligroso, todo lo que sean las formas que históricamente ha adquirido la lucha y la protesta social y política.

Desde que el mundo es mundo.

La pelea callejera, la simple protesta, el corte del tránsito, hasta las más elementales maneras de expresar un descontento estudiantil, van a caer en las definiciones de delincuencia y terrorismo y, cual si fueran ambas acciones objeto de la más aguda persecución y castigo, serán tratadas como sinónimos.

Se sofistica de esa manera, con la anuencia de sectores de izquierda impávidos, la persecución tanto del descontento popular como a las ideas por una vía que se legitima en un sistema político carcomido por el chancro de la corrupción y la sinvergüenzura solo porque la izquierda sonámbula aún no toma las decisiones del caso.

Y patea el tablero.

Acostumbrados a que el enemigo tenga una fisonomía prusiana, vestida de un verde apaleador o de trajes caros, la ultraderecha ha sabido infinitamente mejor que la izquierda a leer las condiciones objetivas y subjetivas, ¿alguien se acuerda de esa nomenclatura?, y actuar en consecuencia.

La ultraderecha se adecuó a los cambios y, por sobre todo, base de toda la táctica en cualquier área, conoció, estudió, catalogó muy bien a su enemigo histórico y en vez del asesinato, la desaparición, la tortura y la prisión, optó por un arma mucho más eficiente: la ley.

Sobre todo, en su expresión hibrida tal como lo ha sufrido centenariamente el pueblo mapuche: ley y bala.

Lo realmente peligroso hoy puede también estar entre quienes se dicen amigos, compañeros, camaradas, hermanos, socios, y que se disimulan de lo más bien en esos seudónimos: centroizquierda, socialismo democrático, progresismo, pero que, en la suma, solo se acomodaron en el lugar en el que alguna vez estuvo la izquierda.

Y que quedó vacío.

Ya no existen dirigentes obreros en esas cúpulas. No existen pobres dirigiendo la cosa. No existe gente flaca a cargo de ministerios, con caras de perseguidos eternos, con ropas desgastadas y viviendo en barrios pobres. Si hasta ha habido una presidenta de la CUT, ese vetusto edificio que mira hacia La Moneda, que cambió el ejercicio de dirigente por una embajada.

De modo que, aquellos que puedan y/o quieran, es hora de ir tomando decisiones de manera que, aunque es tarde, no se espere a que sea más tarde aún y la nieve se derrita en La Parva.

 

Ricardo Candia Cares

 

 

 

 

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Ricardo Candia

Escritor y periodista

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